Crónicas Urbandinas

La Paz, desde su nombre, es ficción…

Cuento a varias manos. ¿Se animan?

Posted by estido en 9 mayo 2007

Propongo un juego/desafío: escribir un cuento a varias manos.
El método sería el siguiente:
Hoy postearé el primer párrafo. Cualquiera podrá escribir el segundo párrafo en los comentarios. Bueno, ya que no podrán incluirse todos los párrafos, cada día (o cada dos), asumiré la función de editor/dictador y elegiré uno para añadirlo al texto (en este mismo post). Entonces, cualquiera podrá escribir el tercer párrafo, y así sucesivamente hasta que alguien escriba el párrafo final. El título lo escogeremos después, mediante referéndum vinculante.
Esperemos que funcione y que salga algo bien. AHORA NOS TOCA EL SÉPTIMO PÁRRAFO:

Mira y remira la foto, nocturno ritual que repite desde hace varias semanas, como esperando que ese rostro le diga algo, aunque sea “andate a la mierda”, porque más que el fin de la relación, le angustia el no saber si hubo fin. Y mientras gasta el retrato con su mirada lagrimeante, se maldice por no poder vencer su orgullo y discar los siete dígitos que podrían ponerle fin al suspenso que lo agobia. “Dos, siete, cinco, uno, uno, seis, uno”, se repite mentalmente, como dándose impulso para tomar el teléfono, llamarla y gritarle: “te amo”. Pero no, antes de que el valor llegue a ser tal, repudia la idea y vuelve a clavar la mirada en esa otra que no lo mira, porque cuando le sacó la foto ella prefirió mirar al cielo y no a la cámara. Y sólo descuida la vigilancia cuando está viniéndole el bajón y necesita ponerse otro toquecito de coca, porque eso sí, “la coca hay que consumirla de a poquito, así es más rica y el sobre dura más”, se recuerda a sí mismo, tratando de convencerse de que lo suyo no es vicio pues puede controlarlo. Sin embargo, cuando en su sobre no quede ni media línea, le vendrá una tembladera insoportable, sudará su nerviosismo empapando la ropa y le atacará una depresión que, por la cantidad que consumirá durante la noche, no desaparecerá hasta por lo menos pasado el mediodía, cuando su cuerpo le exigirá descanso y él se lo concederá, sin sospechar que la pesadilla que padecerá durante el sueño trastornará, de manera definitiva e implacable, su vida y la de Matías.

***

Matías, su hermano, su cuate del alma, su mejor amigo desde colegio, era el único que se había bancado todas sus borracheras, sus desputes, sus fracasos. Hace unos meses logró conseguirle la pega en el Ministerio, donde Martín podía entrar y salir cuando quería, sin que nadie le reclamara nada, e igual recibir su platita a fin de mes. Sólo Matías estaba a su lado cuando él necesitaba ayuda. Ya ni sus padres querían saber de él; ella menos: se había marchado sin dejarle ni una nota, sin explicaciones, sin peleas, simplemente se fue. Lo único que le quedaba de Lorena eran algunas fotos de la época en que todo había empezado a derrumbarse, de cuando empezaron la rutina y las peleas.

***

La noche y la cerveza tan claras y frías como le gustan, la espuma evaporándose mientras Lorena se encuentra sentada en la misma mesa donde por primera vez se encontraron; la ventana le muestra a las personas que pasan, todas arregladas, como si la ciudad fuera una fiesta a la que todos están invitados. Lorena, distante de lo que sucede en el bar, esbozando una sonrisa enigmática, piensa en lo que hizo hoy, “por fin me desligué de ése”, se dice a sí misma. De pronto, gotas de lluvia golpean la ventana contigua a su mesa; ella, sin siquiera darle importancia, mira su pequeño maletín, protegido entre sus piernas. Nunca fue de las personas que llevan muchas cosas, sólo lo necesario, porque, como solía decir, “uno nunca sabe cuándo y hacia dónde destino nos hará volar”. Repentinamente, un cosquilleo cerca del codo que tiene apoyado sobre la mesa le indica que su teléfono está vibrando; mira la pequeña pantalla, el identificador le hace saber quién está del otro lado de la línea, con un movimiento de pulgar acepta la llamada y escucha su voz: “Te quiero, necesito verte”.

***

Ella no responde y el silencio se apodera de ese instante. “¿Hola, hola?”, insisten desde el otro lado; sin embargo, Lorena apaga el celular. “Lo hecho, hecho está”, se dice. Como quien quiere coquetear con el pecado, desliza sus manos sobre el maletín, lo abre y extrae del fondo un denario de oro. Era el obsequio de su primer aniversario, aquel que le había costado al desdichado tantos meses de trabajo. “Una joya de gran valor”, diría cualquier orfebre. Lorena, sin apartar la mirada de la preciada joya, seducida por su brillo y lucidez, se susurra a sí misma: “¡Si!, con esto alcanza”. Mientras aquel pequeño baile de amor y traición va sucediendo, un sujeto, arropado contra la lluvia y el rostro casi cubierto, ingresa al local. Atraviesa el umbral y, sin mirar a nadie, parece reconocer a Lorena; se aproxima y se sienta frente a ella, quien, apenas saliendo de su letargo, alcanza a levantar la mirada, al tiempo que pronuncia: “¿Matías?”.

***

“No. ¿Usted cree que don Matías vendría en persona?”, exclama el recién llegado, finalizando su pregunta con una risita fingida. “Bueno, no he venido ha conversar, señorita, sólo me han mandado a recoger lo que tiene para don Matías. ¿Sería tan gentil de dejarlo en el suelo mientras usted hace uso del baño?”. El reloj apenas marca el transcurrir de cinco segundos, pero Lorena siente que han pasado cinco minutos. Finalmente, reacciona; guarda el denario en el maletín y se levanta, empujándolo por debajo de la mesa, mientras se dirige a la mesera: “¿Dónde queda el baño?”.

***

Lorena se arregla el cabello sin conciencia de sus actos, apenas pinta sus labios y sus manos recorren su blusa arreglando un desorden inexistente. El cabello peinado. Los senos firmes. “No pudo ser de otra manera”, piensa con ironía. “Después de todo, es por su bien”, y apenas se convence. Sale del baño y vuelve a la mesa, el maletín ya no está en su lugar; acomoda el vaso y la botella de cerveza que tiene enfrente antes de sacar otra vez su denario. “Un objeto de gran valor”, dice ahora en voz alta, sin inmutarse por la explosión estridente que sacude las ventanas. “Después de todo, es por su bien”. La calle se llena de curiosos. El tiempo es inclemente. Sus manos sirven la última copa y el celular brilla con tres llamadas perdidas.

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Divagaciones de un aprendiz

Posted by estido en 4 mayo 2007

La semana previa al 4º Encuentro Bloguero Urbandino, junto con Roberto Cáceres y Aldo Medinaceli participamos de un encuentro de escritores en Tacna-Perú. Allá, además de las charlas, lecturas y discusiones, también sucedieron extraños sucesos que dentro de poco convertiré en una croniquilla para que se entere todo el mundo, antes de que las malas lenguas hagan llajwa mi honra. Por el momento, pongo a consideración la ponencia/testimonio que leí el primer día del mencionado encuentro.
Divagaciones de un aprendiz
¿Habrá, acaso, algo que pueda vincular las literaturas peruana, chilena y boliviana? Con lógica urbandina, de cholo trasnochador, se podría afirmar categóricamente: “El castellano, ¿o no?” Y claro, el taxista que me dio tan sabia respuesta, malhablando el idioma cervantino, con el bollo de coca inflando el cachete, ha debido crecer con el Chavo del 8, las novelas de Talía y, ¿por qué no?, con Laura en América, alimentando su experiencia idiomática y su saber lingüístico, mientras en el aula una vetusta profesora, digna defensora de las reglas gramaticales, se desgañitaba impartiendo las normas que hacen del castellano una de las lenguas más complejas del mundo.

Este primer párrafo, a todas luces rebuscado, sin ninguna información que ilustre el amplio saber de los académicos aquí presentes, no tiene por fin metaforizar algo que ya es bien conocido: que el castellano es tan diverso como la papa, tan ambiguo como la fiesta, tan riguroso como las dictaduras, aunque tan libre como el mercado, mas no el del capitalismo indolente, sino más bien como el del mercado de barrio, donde la carnicera puede entender lo que la pituca requiere, donde la verdulera puede dialogar con el esposo castigado, donde las palabras le hacen gambeta al diccionario y donde el idioma, imperfecto e incompleto, hace evidente que Babel no fue un castigo divino, sino un regalo diabólico.

¿Dónde se habla el mejor español? De hecho, en España, no. Es que la “madre patria” está compuesta de muchas patrias, todas con sus propias lenguas; es decir, todas con sus propias visiones de mundo. Muchos suelen decir que en La Paz cualquier hispanohablante puede comunicarse sin ningún problema. Obviamente, yo, con un halo patriotero, debería corroborar dicha afirmación; sin embargo, y sin muchas vueltas, no me queda más, por honestidad literaria, que sacarlos de su error. Si en La Paz el castellano se entiende, es porque en La Paz el castellano no se habla.

“Borracho está este tipo”, deben pensar muchos, al escuchar mi contradicción argumentativa; pero antes de que saquen las piedras y procedan a la lapidación, pídoles, en nombre de la Ñ, que me permitan defender mi punto.

Según una consulta que hice con los honorables miembros de la Real Academia de la Lengua Española, el verbo “estir” no existe. Si yo transmitiera esta información oficial al taxista que dio el pie para iniciar esta verborrea, él, con su sabiduría y lógica urbandina, me diría que “che, viejito, tus honorables se han estido”. Y ahí está lo sorprendente: yo le entendería. “Sí, hermanito, se han estido”, le respondería. Y esa sería mi respuesta porque, a pesar de no ser parte del cervantino buen hablar, el verbo “estir” es parte del urbandino buen entender.

“Mi esposa se ha escapado con el jardinero”, confiesa un paceño cornudo; “es que tu matrimonio se ha estido”, le replica otro, no tan cornudo, pero igual de paceño. Ahora bien, eso no se puede traducir facilonamente como “el matrimonio se ha jodido”, porque aunque rimen, estido y jodido no son sinónimos. Tampoco se puede entender que el matrimonio ha terminado, porque cabe la posibilidad de que la esposa, luego de domar el catre con el jardinero un par de días, decida volver al hogar, donde el paceño cornudo la recibirá como al hijo pródigo, perdonando sin esperar disculpa, de tal forma que el matrimonio aún continuaría, estido, pero continuaría.

¿Cómo se puede explicar, entonces, que algo se ha estido? Lamentablemente, no se puede; el verbo estir es inefable, pero entendible. Y del mismo modo, en La Paz hay muchos otros vocablos y expresiones que “oficialmente” no pertenecen al idioma castellano, aunque ese mal hablar no perjudica el bien entender. Cosa similar ocurre en Perú, Chile, Ecuador, Colombia, etc. Cada país, cada ciudad, cada pueblo latinoamericano se comunica a través de sus propias versiones del español, nutridas, lógicamente, de sus particulares visiones de mundo, sus herencias ancestrales y algunos aportes foráneos. Entonces, contradiciendo al taxista, podríamos decir que lo que vincula nuestras literaturas, el común denominador que las hace tan latinas, es, precisamente, lo que no forma parte del castellano; la incesante y rebelde labor de destrucción idiomática. Pero ojo, no destruimos para luego tendernos sobre las ruinas, sino más bien para volver a construir, una y otra vez, sin la pereza que nace cuando la perfección se asume como cierta.

Y gran parte de la responsabilidad de esta constante destrucción recae sobre los escritores. Por eso decidí dedicarme a la literatura, algo de terrorista porto en el subconciente. Y más allá de la literatura académica, de la que sigue bajo el yugo de la dictadura gramatical, prefiero la que se ha rebelado, la que destruye y construye sin descanso, esa que no sólo se vale del papel, esa literatura que también se hace en las paredes o en las charlas de cantina. Gracias a ella descubrí que La Paz es todo, menos paceña, y que ese todo es más paceño que La Paz, porque el diálogo incesante de las culturas que pueblan mi ciudad, no sólo inventa ficciones cotidianas, sino también ficciones históricas, cuando no existenciales, nutriéndose de las múltiples voces, por tanto, palabras, que configuran ese espacio imaginario vigilado por el Illimani. Y a mí, como aprendiz de escritor, sólo me queda defender esa diversidad, mandar al diablo el “todos somos iguales”, porque mentira es, no somos iguales, y eso es lo maravilloso y mágico de La Paz; además que, en el fondo, es también el pilar de muestro oficio, pues la literatura, para hacerse, decirse, imaginarse, escribirse o inventarse, necesita, pues, de aquellos que han decidido ejercer la palabra, el compromiso militante para defender y perpetuar en, con y desde el lenguaje, la imposibilidad de lo absoluto.

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Recuento de los daños… ¡yaaaaaaa!

Posted by estido en 4 mayo 2007


Yastá, ya pasó el 4º Encuentro Bloguero Urbandino. Fue una linda y concurrida velada, en la que extrañamos a los habituales concurrentes, pero en la que tuvimos la oportunidad de conocer a blogueros y blogueras que antes no habían asistido. Estuvieron la Cane, la Jefa, Sakura, Jota-B, el Chuqui, Sergio Antezana, la Claritss, el Estido, entre los que recuerdo, porque comprenderán que después del levantamiento de cadáveres, muchas neuronas quedaron nomás difuntas. Obviamente, no puedo olvidar al cumpa Marco, quien compartió sus poemas, su humor y su guitarra con nosotros. Al final, Pedro Grossman dio todo de sí para cerrar la temporada de actuaciones con su monólogo “Jacinto”, haciéndonos vibrar a todos los presentes.

Espero que más pronto que tarde podamos organizar el quinto encuentro; por lo pronto, les dejo algunas fotitos de lo ocurrido el lunes. Un abrazo a todos.




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4º ENCUENTRO BLOGUERO URBANDINO

Posted by estido en 25 abril 2007

Después de haberle dado reposo a nuestros hígados durante cuatro meses, es momento de que volvamos a reunirnos. Además, este Cuarto Encuentro Bloguero Urbandino tendrá un invitado especial: nuestro querido cumpa MARCO MONTELLANO, quien leerá fragmentos de su poemario Narciso tiene tos.

La cita es el lunes 30 de abril, a las 19:30, en el ETNO-café. El programa es el siguiente:

19:30 Bienvenida con cohetillos y coctelitos multicolores.
20:00 Lectura a cargo del cumpa Marco Montellano.
20:30 Ronda de secos de ajenjo.
21:00 Última presentación del monólogo “Jacinto”, del actor urbandino Pedro Grossman.
21:30 Farra general.
23:30 Levantamiento de cadáveres.

Quedan invitados todos los blogueros, lectores y eventuales curiosos.
Caballeros: Traje informal
Damas: Sin traje

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Casta

Posted by estido en 20 abril 2007

Husmeando en el disco duro, encontré este textito, que es el primer cuento que escribí en mi vida.
CASTA
Arsenio Miranda era el soltero más distinguido y cotizado del pueblo; sus padres poseían varias hectáreas de tierra, casas en la capital, caballos e incluso un auto, cosa que era un lujo y una extravagancia en esas épocas. Pero aparte de la fortuna que poseía su familia, él tenía méritos propios para ser el dueño del corazón de la mayoría de las mujeres de Lomas Verdes, incluidas cinco de mis siete hermanas.

Tenía un porte atlético y un rostro agraciado que en la infancia fue el causante de la burla de sus compañeros de juegos, ya que tenía la hermosura de una niña, pero en su juventud, adornado con una barba muy bien recortada, fue la envidia de los hombres del pueblo, lampiños de raza. Se destacó como el mejor alumno en la escuela, tocaba la guitarra como los artistas que escuchábamos en la radio y cantaba mejor que ellos. Por si todo eso no bastara, no había mejor pugilista que él, y se valía de esa aptitud para salir en defensa de las jovencitas que se veían asediadas por algún paisano pasado de copas en las fiestas del pueblo. En resumidas cuentas, y según la mayoría de las mujeres, incluyendo las casadas, su único defecto era el nombre, pero a pesar de ese desliz bautismal, Arsenio era la gloria de Lomas Verdes.

Arsenio tenía 23 años y nunca se había comprometido seriamente con nadie porque sus padres jamás habrían consentido que su “príncipe”, como le llamaban, se hubiera casado con alguna de las muchachas del pueblo, pero eso sí, no tuvo reparos en ofrecer su cuerpo a ninguna mujer, por más niña o anciana que fuera, tal como ocurrió con Doña Pasiva Vda. de Beristal, una encantadora ancianita de 74 años, abuela de Néstor Beristal, en ese entonces el mejor amigo de Arsenio.

Doña Pasiva fue, mientras vivía su esposo, una dama elegante que frecuentaba todos los acontecimientos sociales del pueblo -bastante pocos en honor a la verdad-, alegre y bulliciosa, la típica persona que habla casi gritando para hacer notar su presencia. Pero después de que su marido pasara a mejor vida -tal vez a peor, dependiendo sus pecados-, sólo se dejaba ver en las misas matinales, los sábados de feria y en los festejos patrios, siempre vistiendo de negro, sin rastros de pintura, lo cual dejaba al descubierto los inmisericordes estragos causados por el tiempo y las penas.

Arsenio, como mejor amigo de Néstor, acompañaba a éste a la casa de su abuela para visitarla y a nadie causó sorpresa que Arsenio fuera solo cuando Nestor cayó enfermo y tuvo que recluirse en cama dos semanas. Sin embargo, alguna lengua anónima empezó a hacer circular rumores sobre una supuesta aventura del joven Miranda con la anciana, y como ocurre en estos casos, nadie había visto nada, pero todos sabían todo.

Debido a que la amistada de ambos no sufrió cambio alguno, yo pensé que Nestor no se había enterado de que el repentino cambio de actitud de su venerable abuela se debió a una apasionada noche -¿o varias?- junto a Arsenio. Y es que el cambio no fue algo sutil, ya que la anciana, que solía vestir un luto riguroso y sólo se dejaba ver en contadas ocasiones, empezó a asistir a todo acto público elegantemente vestida, perfumada y pintada como una jovencita; pero a las pocas semanas se encerró en su vieja casa y jamás se volvió a saber algo de ella. Muchas personas aseguraron que los padres de Néstor la mandaron a un asilo en la capital, y otras tantas, que la viuda había pasado a mejor vida y por no asumir los gastos del entierro, sus desalmados parientes ocultaron el fatídico hecho dejando que el cadáver se hiciera polvo en su vieja casona.

En una noche de copas, común entre los solteros del pueblo, aprovechando que al calor de las mismas me portaba más locuaz y desinhibido, le pregunté a Arsenio qué es lo que le pudo atraer de una mujer que tenía arrugas hasta en las nalgas; sin perder la sonrisa, se acercó a mi oído y me dijo: “Lo hice por compasión, como con todas”. Esa respuesta me encolerizó, ya que en ese momento me di cuenta de lo pretencioso y soberbio que era. Él no pensaba tener nada serio con ninguna mujer porque se creía “pariente de Dios” y consideraba que ninguna mujer era digna de su persona, pero en su estúpido razonamiento se creía muy bondadoso y compasivo por el hecho de acostarse con cuanta mujer se lo pidiese. Y la cólera se convirtió en furia incontenible al recordar que cinco de mis hermanas estaban locas por él y que tal vez ya se lo habían pedido. Sin poder contenerme, me abalancé sobre él y aunque lograron separarnos, suerte mía, desde ese día quedó sentado que Arsenio Miranda y yo éramos enemigos.

Un día, de esos en los cuales la monótona vida de un pueblo parece ser el destino final de la vida de sus habitantes, Néstor Beristal regresó de pescar acompañado de una tímida muchacha que aseguraba estar buscando a su padre, ya que su madre había fallecido en un accidente y lo único que le pudo decir antes de expirar es que su padre vivía en Lomas Verdes. Esta muchacha era encantadora de pies a cabeza, tenía el pelo negro y largo, perfectamente rizado, sus ojos del color de la miel, los labios más finos que jamás se habían visto en el pueblo, usaba faldas largas a pesar del calor reinante, pero la humedad que su cuerpo emanaba hacía que se le pegaran a sus firmes muslos, causando revuelo en todos los hombres que la vieron llegar a la plaza. Para rematar, su nombre era Casta.

–¿De dónde salió esta mujercita? -preguntó Arsenio a Néstor.
–Parece que viene de la capital en busca de su padre -le contestó-. La encontré caminando hacia el pueblo cuando regresaba de pescar.
–¿Y quién es el padre de esta hermosura?
–No lo sabe, tampoco sabe el nombre, pero dice que alguna vez vio una foto de él y que así podrá reconocerlo.

Después de contestadas todas sus preguntas, Arsenio decidió presentarse a la jovencita.

–Disculpe si la molesto, señorita, pero me he enterado de su terrible historia y no puedo más que ofrecerle mi ayuda para encontrar a su señor padre -dijo Arsenio, con un inusual aire de inocencia.
–Le agradezco su interés señor…
–Arsenio Miranda, para servirle con toda devoción.
–Le reitero mis agradecimientos, señor Miranda, pero creo que la única forma de encontrar a mi padre será tocando puerta tras puerta, viendo la cara de todos los hombres con edad para tener una hija de 19 años.
–Pues yo soy el único que tiene un coche en el pueblo y me sentiré honrado de servirle de chofer, además de que conozco a todas las familias del lugar, lo cual puede facilitarle las cosas. Le ruego acepte mi humilde ayuda.
–Muchas gracias; estoy sola en el mundo, la ayuda de un caballero decente como usted me viene caída del cielo -respondió Casta, esbozando una enigmática sonrisa.

Las palabras de Arsenio eran las de un ejemplar caballero, caritativo y solidario, dispuesto a ayudar una joven en apuros, cosa que sorprendió a todas las personas que lo conocíamos bien. Él era muy “compasivo”, pero de bondadoso y solidario no tenía nada. Rápidamente un rumor corrió por todo el pueblo, y es que un día saturado de monotonía era la ocasión precisa para que los rumores se extendieran y se deformasen. “Parece que apareció la media naranja de Arsenio”, murmuraban las bocas de todos.

Ajenos a estos comentarios, Casta y Arsenio se dedicaron toda la tarde y parte de la noche a buscar al padre de la muchacha, pero la búsqueda resultó infructuosa porque ninguno de los arrugados rostros que vio Casta se parecía al del hombre que alguna vez su madre le había enseñado en una fotografía. La dulce joven descargó todas sus lágrimas en el poderoso pecho de Arsenio, parecía que la vida había terminado para ella. Arsenio la abrazaba y acariciaba tiernamente su cabeza, y algunos que vieron la escena aseguran que también llegó a derramar unas cuantas lágrimas. Él le ofreció alojamiento en su casa, y aunque sus padres no aceptaron de buen gusto la iniciativa, tuvieron que ceder ante los deseos y el buen corazón de su “príncipe”.

Nadie sabe qué pasó en la casa de los Miranda esa noche, pero al día siguiente la sorpresa de los habitantes de Lomas Verdes fue mayúscula al enterarse de que Arsenio Miranda y Casta Lacretti contraerían matrimonio ese mismo día. Los padres de Arsenio hicieron todo por convencerlo de que esa muchacha, por más bella que fuera, no le convenía, pero de nada sirvió, él había tomado una decisión definitiva. Entonces optaron por hablar con el padrino del novio, Nestor Beristal, para que éste disuadiera a su hijo de lo que ellos consideraban un capricho que traería consecuencias funestas para la familia.

–Néstor, no entiendo cómo pudiste aceptar ser parte de este disparate -dijo, casi gritando, don Narciso Miranda.
–Don Narci, tiene que entender que Arsenio es mi mejor amigo y que no puedo negarme a oficiar de su padrino -replicó Nestor, con una gran sonrisa que denotaba su complacencia ante la inminente boda.
–Por lo visto, estás feliz por el desdichado rumbo que está por tomar la vida del que dices ser amigo -poniéndose el sombrero, Don Narciso trataba de ocultar los ojos vidriosos, pero su voz delataba que el llanto estaba a punto de brotar de ellos-. Sobre tu conciencia pesarán las desgracias que a mi hijo le tocarán vivir.

Dicho esto, Don Narciso se alejó, casi arrastrando los pies, mirando a la tierra como si estuviese implorando que se abriera y lo metiera en su vientre.

La ceremonia empezó ni bien se hizo presente el cura del pueblo vecino, faltando veinte minutos para las seis de la tarde, si mal no recuerdo. Nunca la iglesia había estado tan concurrida, parecía que absolutamente todos los pobladores de Lomas Verdes habían acudido a presenciar el inesperado matrimonio; incluso los dos presos de la celda de la comisaría, maniatados y con dos guardias de escolta, eran parte de la concurrencia. Tuvieron que sacar los bancos al traspatio de la iglesia, porque ese era el único modo de que la sofocante cantidad de gente entrase a saciar su curiosidad; únicamente dejaron el de la primera fila, donde estaban sentados los inconsolables padres del novio, quienes no sólo parecían estar totalmente opuestos al matrimonio de su hijo, sino también parecían presentir alguna desgracia, que de hecho ocurriría minutos después. Don Narciso y doña Arsenia Miranda no cesaban de rogar a su hijo que cambiara de determinación, amenazaban con desheredarlo, con quitarle el apellido e incluso con suicidarse, pero Arsenio parecía estar hipnotizado y ni siquiera prestaba atención a las palabras del sacerdote, porque no dejaba de contemplar la hermosa figura de Casta. Al darse cuenta de que su “príncipe” se casaría con la bastarda y que la deshonra caería sobre el dignísimo apellido Miranda, adoptaron la fatal decisión de quitarse la vida justo cuando su hijo pronunció el “sí, acepto”. El espanto fue general, las señoras se desmayaban, cayendo unas sobre otras, los niños gritaban, las jóvenes se tapaban los ojos, no faltó algún desequilibrado que reía a carcajadas y, en medio de toda esa barahúnda, de esa tragedia impensable, se escuchó la atronadora voz de Arsenio:

–¡Padre, usted no se mueve de su lugar! -gritó con las cejas tan juntas que parecían una sola-. Esta boda se terminará de celebrar, porque nada ni nadie evitará que esta noche haga mía a esta mujer.

Todos se quedaron atónitos ante esa insensible y desquiciada actitud, el silencio se apoderó de la iglesia y los cuerpos con las sienes perforadas de Don Narciso y Doña Arsenia Miranda permanecieron sentados, como si siguieran presenciando la boda de su único hijo.

Terminada la insólita ceremonia, Arsenio cargó a su esposa con todo el poder de sus brazos y se la llevó hasta su casa, sin siquiera dar una mirada a los cadáveres de sus padres. La gente se recuperó del asombro y organizó el velorio en la misma iglesia. En medio de los llantos -algunos sinceros, otros de rigor-, los presentes comentaban a media voz lo que acababan de presenciar, nadie hallaba una explicación lógica al súbito cambio de Arsenio, por lo cual la superstición pueblerina, muchas veces sabia, fue la única capaz de explicar semejantes acontecimientos. La mitad del pueblo aseguraba que Arsenio había sido poseído por el diablo y la otra afirmaba que Casta era el diablo.

Durante tres semanas y cuatro días, los flamantes esposos no mostraron la cara, y los vecinos afirmaban que nunca habían escuchado a dos amantes hacer tanto bullicio a toda hora del día. Después de ese lapso, salieron para dar un paseo por la plaza; Casta era la viva imagen de la felicidad, radiante y más hermosa que nunca, pero Arsenio ya no era el mismo, había perdido bastantes quilos, extrañamente estaba lampiño y crecientes arrugas comenzaban a formarse en su rostro.

Algunos días después, cuando volvía de pescar, me encontré a Casta, quien cargaba una pequeña maleta en la mano, caminando con dirección al pueblo vecino. No pude evitar la curiosidad, o más bien la atracción, y me acerqué a ella.

–Buen día señora Miranda -la salude sin poder sacar los ojos de su escote-. ¿Dónde se dirige tan temprano?
–Buen día -me contestó, sin disimular la gracia que le causaba la dirección de mi mirada-. Me voy del pueblo.
–¿Cómo, y Arsenio? ¿Es que se pelearon?
–Nada de eso, simplemente ya hice mío a ese hombre, ahora voy en busca de otro.

Ese mismo instante, ante esa respuesta, la imagen de inocente y desdichada jovencita con la cual llegó al pueblo quedo destrozada y desterrada de mi memoria.

–Pero parecían tan felices…
–La felicidad no existe si no hay vida, y ese pobre ya esta casi muerto -una sonrisa se dibujó en sus tentadores labios.
–Pero Arsenio va a sufrir mucho -y otra apareció en los míos.
–Es problema de él, de todas formas yo jamás lo amé, es un simple fanfarrón soberbio que nunca amó a nadie hasta que me conoció y aún así lo negó, lo importante es que me sacié de él.
–Pero si no lo amaba, ¿por qué se casó con él?
–Por venganza -mientras pronunciaba estas palabras su semblante adquirió una expresión de felicidad siniestra-. Por venganza.

Y dicho esto se alejó poco a poco de mi vista, del pueblo y de la vida de Arsenio.

Pasó mucho tiempo hasta que Arsenio volvió a salir de su casa, y no lo hizo por voluntad propia, sino porque llegaron funcionarios de un banco de la capital a embargarle sus propiedades, debido a que su padre, que en paz descanse, había realizado importantes inversiones para lo cual había recurrido a créditos bancarios y al fallecer nadie había cubierto el importe de la deuda.

Así pasaron los días, los meses y los años, hasta el presente, donde escuchar todo mi relato y creer que el borracho que descansa en la plaza del pueblo, sucio, con el cuerpo que parece un saco conteniendo a unos huesos por derrumbarse y que por las noches duerme al pie de las tumbas de sus padres, en compañía de las ratas, era el gallardo Arsenio Miranda, resulta difícil, pero para los que conocemos su historia resulta comprensible. Y para ser honesto, yo sólo llegué a comprender esos extraños acontecimientos pocos años atrás, en el velorio de Néstor Beristal, cuando intentando ir al baño, por equivocación entré en el que fuera su dormitorio y me quedé petrificado al observar, en la mesita de noche, un retrato de Casta, o mejor dicho, de Doña Pasiva Vda. de Beristal en su juventud.

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3D en La Paz

Posted by estido en 12 abril 2007

El cine tridimensional es, básicamente, sólo una ilusión óptica. En la Ínclita, además de los lentecitos bicolores, para captar las imágenes en 3D de las pocas películas que llegaron en este formato, el espectador tenía que usar, y muchísimo, la imaginación. No había mayor diferencia entre ver el filme con o sin las dichosas gafitas rojiazules, pues la tercera dimensión sólo aparecía por instantes y de manera borrosa.

La mayoría salíamos puteando, sintiéndonos estafados y, sobre todo, jodidos, pues nos parecía demasiada desigualdad que el tercer mundo estuviese condenado a la segunda dimensión. Sin embargo, luego de alguna de esas proyecciones truchas, un amigo daltónico me dijo, inflando el pecho, que él sí había podido percibir la tercera dimensión. Yo, como buen cholo envidioso, le repliqué: “Qué bien, hermanito; pero sería mejor que pudieras percibir los colores del semáforo, y mucho mejor todavía, que pudieras vestirte solo, sin que tu mamá te combine la ropa”. Obviamente, luego de notar que el cuatecito lagrimeaba, le pedí disculpas: “Perdoná, hermanito, es que estoy puteando porque yo no he visto nada; además, tu viejita siempre te lo combina bien tus trapos”.

Una vez se anunció la proyección de una porno en 3D y, como no podía ser de otro modo, junto con el Junior decidimos acudir al estreno. Como aún éramos menores de edad, para prevenir cualquier contratiempo que nos pudiera poner en vergüenza pública, fuimos a comprar las entradas a las tres de la tarde (la película se iba a proyectar a las siete de la noche). Como yo tenía cara de viejo, me vendieron los boletos sin ningún problema y luego nos fuimos a caminar y comer para hacer hora. Faltando quince minutos para las siete, llegamos al cine, donde había una larguísima fila en la boletería. Sin mirar a los costados, tratando de ocultar la cara, nos dirigimos a la puerta de ingreso. Yo entré primero y apresuré el paso para refugiarme de las miradas curiosas, pero antes de que pudiera perderme en la oscuridad de la sala, la vocecilla nerviosa del Junior me detuvo: “Willyyyyyyyyyyy, Wiiiiiillyyyyy, ven un cachito”. Cuando compramos las entradas, pensamos que todo ya estaba resuelto; si no nos habían pedido carnets, asumimos que tampoco lo harían al ingresar. Sin embargo, el tipo de la puerta no pudo dejar de notar que el Junior tenía (y aún tiene) cara de adolescente pajero, por lo que le pidió que demostrase su mayoría de edad. Entonces, engrosé la voz y fruncí el ceño para decirle al tipo: “No hay problema, es mi sobrino, viene conmigo”. Me miró y esbozó una sonrisa antes de gritar: “Felipeeeeeeee, devolveles su plata a estos changos, no pueden pasar”. Y con dos tomates en vez de rostros, tuvimos que ir hasta la ventanilla del Felipe, quien nos devolvió nuestros billetitos, en medio de la carcajada general de los viejos calenturientos de la fila.

Otra ocasión, no menos vergonzosa ni menos frustrante, acudimos a la premier de una película de Freddy Krugger en 3D. Las pesadillas donde el quemado asesinaba a medio mundo nunca me asustaron, pero, ingenuamente, creí que talvez con la tercera dimensión alguito me harían temblar. Obviamente, ya en los primeros diez minutos me di cuenta que eso no pasaría, por la sencilla razón de que, una vez más, el 3D había sido un blef. Seguramente los dueños del cine estaban concientes de que mucha gente protestaría por el engaño, cosa que ha debido impulsarlos para ingeniar un 3D, sin tecnología alguna, pero con picardía urbandina. Así, disfrazaron de Freddy a un tipo, quien se acercaba a la gente distraída para meterles un susto de dimensión mayúscula. Yo escuchaba los gritos y pensaba: “Qué les pasa a estos huevones, si esta película no asusta nadita”. En esas reflexiones andaba cuando sentí dos toquecitos en el hombro; instintivamente, me di la vuelta y me topé con el disfrazado, quien se acercó a mi cara agitando los brazos y gritando como endemoniado. Lógicamente, casi me da un paro cardiaco y, con los ojos cerrados, a tiempo de gritar como monja manoseada, reaccioné golpeando al Freddy trucho con mi botella de coca cola hasta que, ya sujeto por otros espectadores, pude calmarme y escuchar al infeliz, que seguía atontado en el piso, suplicar clemencia: “Perdón, jefe, perdóooon, chiste era”.

Desde hace una década, por lo menos, que ya no volvieron a ofrecerse películas tridimensionales en la Ínclita. Supongo que la ingenuidad urbandina llegó a su máximo nivel y, por fin convencidos de que la tercera dimensión no existe en el tercer mundo, los cholos de este hueco dejaron de acudir a las salas que lucraban con esas mamadas. Sin embargo, debo confesar que todavía tengo la esperanza de ver una porno en 3D, claro que ahora no iría con el Junior.

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Un año más, por favor

Posted by estido en 8 abril 2007

Corría el año 1986; junto con mis padres vivía en Puerto Suárez, localidad fronteriza del departamento de Santa Cruz. Se iba a disputar el tercer partido para definir al Campeón Nacional de la Liga Profesional del Fútbol Boliviano, pues en los cotejos jugados en tierras colla y camba, los elencos locales habían derrotado a los visitantes; por tanto, Cochabamba iba a recibir a The Strongest y Oriente Petrolero en su estadio, el Félix Capriles, donde uno de los dos daría la vuelta olímpica y el otro lloraría en los vestidores.

La televisión nacional no llegaba hasta ese rincón del país, y obviamente los canales brasileros no iban a transmitir ningún partido de nuestro fútbol; sin embargo, la onda corta de la radio Panamericana podía ser sintonizada, aunque no nítidamente, para seguir las acciones de la final. Junto con mi viejo nos acomodamos en torno al receptor y compartimos la emoción, el nerviosismo y la alegría de un partido que el Tigre dominó de principio a fin, aplastando a los refineros con tres goles y manteniendo la valla invicta, con una inspirada actuación del caudillo Galarza, que esa noche incluso se dio el gusto de atajar un penal. The Strongest se coronó Campeón y en Puerto Suárez se escucharon las explosiones de los petardos que un par de collas, padre e hijo, hicieron reventar para hacer explícita su algarabía.

Dos décadas y un año han pasado desde entonces. El Tigre ha tenido sus momentos buenos y malos, pero jamás he dejado de sentir orgullo por su garra e historia. Hoy se festejan los 99 años de mi equipo, del equipo de mi viejo. El próximo año, el del Centenario, seguro habrá una fiesta gigante y espero que el cáncer no se porte choli y permita que mi padre esté a mi lado para festejar juntos, como lo hicimos ese lejano 1986.

¡VIVA EL TIGRE, CARAJO!

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Nadie manda en la memoria

Posted by estido en 5 abril 2007

Poco antes de jalar el gatillo, aún vislumbró la posibilidad del perdón, pero la desechó inmediatamente, pues sabía que su memoria no tendría igual misericordia y jamás le otorgaría la paz del olvido. La decisión ya había sido tomada: cerró los ojos y disparó.

“Nadie manda en el corazón”, le dijo Frida, intentando calmar sus temores y distraer sus escrúpulos. “En el corazón, no; pero la voluntad nos obedece”, contestó Edy, apartando torpemente el rostro ante el intento de caricia que ella quiso ofrecerle. Frida se molestó por esa actitud, y dado el contexto, su enojo era justificable, pues estando ambos en la cama, desnudos y todavía estremecidos por el orgasmo previo, resultaba hipócrita que Edy le saliera con semejante ataque de moralidad.

Frida tenía treinta y siete años; Edy, veintidós. Sin embargo, los quince años de diferencia no eran el problema; tampoco representaba un obstáculo perturbador el hecho de que ella estuviese casada, pues si bien la sociedad seguramente condenaría esa relación, la opinión de los demás nunca había sido relevante en las determinaciones que Edy asumió durante su vida. Pero su padre no era cualquier persona; el viejo jamás se había comportado con él como un progenitor típico, sino más bien como un gran amigo, un cómplice, un compinche. Por eso, Edy siempre había respetado y considerado los consejos y observaciones del Pato.

El doctor Patricio Heredia atendió el parto de su esposa y, de ese modo, fue el primero en sostener a Edy. El recién nacido lloraba entre las manotas del doctor Heredia, y éste, llorando también, le susurraba una promesa: “Hijo, llorá todo lo que puedas, porque te prometo que nunca más, mientras yo viva, volverás a hacerlo”. La niñez del doctor fue dolorosa; su padre lo golpeaba a diario, ya que siempre lo culpó por la muerte de la madre, quien había fallecido al dar a luz. Cuando se independizó y llegó a tener éxito en su profesión, tuvo la suerte de encontrar una mujer que, además de hermosa, supo hacerle olvidar las miserias del pasado. El doctor quería que su hijo jamás tuviera que depender del olvido, por eso se esmeró en darle una vida cuidadosamente llena de detalles felices, incluso tragándose su propio sufrimiento cuando, a los pocos meses de nacer Edy, su mujer fue asesinada por un asaltante desquisiado.

En ella pensó momentos antes de lanzarse del puente: “Ya es hora de que volvamos a estar juntos”. El funeral fue bastante concurrido, no sólo porque el doctor había forjado amistades sinceras y gratitudes eternas, sino también porque todos conocían la maravillosa relación que había tenido con su hijo, y estaban seguros de que Edy necesitaba todo el apoyo posible en ese infausto momento; él no había perdido a su padre, al doctor Patricio Heredia, sino a su hermano, a su entrañable Pato.

Dos años antes, causó sorpresa entre el círculo de allegados que el doctor anunciase un nuevo matrimonio; pero a nadie sorprendió que el padrino fuese Edy. Obviamente, todos habrían condenado que la flamante señora Heredia decidiera divorciarse, mas no cambiar de apellido. Qué importaban los demás. “En las malas, nadie te dará una mano; o sea que cagate en lo que la gente opine de tu vida”, le había dicho muchas veces el doctor. Pero no era la condena social lo que le preocupaba a Edy, sino la condena paterna. Era la primera vez que pensaba en el Pato como un padre; claro que Frida era ajena e insensible a tales conflictos internos. Ella se había casado con el doctor por interés, porque deseaba colgar para siempre el uniforme de enfermera y hacerse cargo de los deberes –y beneficios– sociales de la mansión Heredia.

Diez meses de encamadas clandestinas, de orgasmos sufrientes, esa tarde llegaron a su límite; Edy decidió acabar con la infamia e irse del país. Frida no lo aceptó, no lo entendió. Ruegos, amenazas, juramentos; intentó todo, pero Edy se levantó de la cama sin ceder un milímetro de su posición. Se vistió apresuradamente y salió del cuarto. La oscuridad del pasillo estaba contaminada por la tenue luz que escapaba a través de las rendijas del dormitorio principal; se frotó los ojos para asegurarse que veían la claridad de su culpa y, una vez asumida la certeza de su visión, lentamente se acercó hacia el cuarto de su padre.

Abrió la puerta y lo vio sentado en su vieja mecedora. No necesitaba hacer preguntas estúpidas: “¿A qué hora llegaste?” “¿Escuchaste algo?” “¿Nos viste?”. La expresión del Pato era una respuesta anticipada. Se postró a sus pies e imploró perdón, llorando por segunda vez en su vida. “Hijo, no te preocupes, nadie manda en el corazón; si la amas, tienes mi bendición para ser feliz con ella”, le dijo a tiempo de limpiarle las lágrimas con sus manotas. Hablaron más tiempo y el doctor siempre repitió su bendición. Cuando el silencio y la oscuridad se apoderaron de la casa, el doctor salió de ella y se zambulló en el bullicio y claridad del espacio que divide el puente de la avenida.
Al retornar del funeral, Edy se encerró en el cuarto de su viejo. Husmeó en el ropero y sacó el revólver. La voz del Pato retumbó en su memoria: “Nadie manda en el corazón”; pero ni esa bendición le servía para perdonarse a sí mismo. “Tampoco en la memoria”, pensó.

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Sábado futbolero

Posted by estido en 31 marzo 2007

Todo barrio paceño que se respete debe tener una cancha de tierra; el césped es para maricas, los verdaderos jugadores prueban el tamaño de su destreza y el diámetro de sus cojones en las ligas barriales, donde prima una regla: el balón puede pasar, el futbolista no. Para ser defensor en una liga barrial no se necesita ser buen futbolista, sino tener una complexión física que, si no amedrenta a cualquier delantero, por lo menos asegure que el atacante no saldrá ileso al intentar desvirgar la portería del equipo que se defiende.

Aunque resulte difícil de creer, las categorías infantiles son las que más peleas originan; sin embargo, los problemas no ocurren dentro de la cancha, sino en las tribunas, pues los orgullosos y triunfalistas padres que acuden a alentar a su progenie son lo más parecidos a los barrabrava argentinos que se puede encontrar en la ciudad del Illimani.

Marido y mujer, debidamente ataviados con los colores que su vástago defiende, dejan fluir su espíritu futbolero sudaca insultando al rival y a los árbitros. Los hombres del pito ya están acostumbrados a la hijoputedada semanal y no hacen caso a las soeces palabras que, proviniendo de la tribuna, aluden a la honorabilidad de las gestoras de su existencia; pero los progenitores del equipo adversario no tienen la misma paciencia, por lo que responden con igual procacidad cuando se sienten agredidos por las arengas rivales.

“Reventalo a ese mariconcito”, grita un panzón, antes de sorber de la lata roja de cebada fermentada, para que su retoño tenga la confianza y el permiso de quebrar el fémur de un promisorio valor del balompié nacional. Obviamente, el padre del “mariconcito” reacciona airado y, instintivamente, responde: “¡A mi hijo no le vas a decir maricón, cholo de mierda!” Lo cual, dentro del ambiente futbolero, necesariamente exige una réplica, aunque esta sea baja y malintencionada: “¿Estás seguro de que es tu hijo?”. Entonces, la mujer agraviada reacciona clavándole el codo a su marido y conminándolo a defender su honor mancillado: “¡Cómo vas a permitir que ese cholo me insulte así! ¡Hazle escupir sus dientes!”. Pero el marido, notando que el ofensor parece guardia de putero, prefiere tomar asiento y dejar pasar el “comentario”, diciéndole a su doña, para salvar su orgullo de macho: “No le hagas caso, reynita; ¿para qué lo voy a humillar delante de su familia?” Sin embargo, la doña del otro se siente segura del potencial físico de su cónyuge, por lo que no duda, ante la inercia del ofendido, en meter más leña a la hoguera: “Ya se ha orinado ese payaso, andá a plantarle un sopapo”. Y claro, el rey de la casa infla el pecho y se dirige a cumplir las órdenes de la reyna, haciendo crujir los nudillo mientras avanza hacia el tembloroso tipo que está siendo empujado por su esposa, no sólo con los brazos, sino también con palabras hirientes: “¡Parate, mierda, dale un cabezazo para que aprenda a respetarme! ¿O acaso no tienes bolas?”. “Tengo bolas”, piensa el doncito, “y las quiero seguir teniendo”, pero ni siquiera tiene tiempo para esgrimir una disculpa cuando un puñete le reconfigura el tabique nasal, dejándolo tendido a los pies de su mujer, quien, además de no socorrerlo, tiene la desfachatez de gritarle: “¡Gracias a Dios que mi hijo se parece a su padre!”

Lo que el iracundo agresor no ha previsto, debido a la calentura y el aliento de su esposa, es que la solidaridad de los demás padres de la hinchada aflorará al ver a su compañero caído y, aprovechando que el instante les permite ejercer el derecho al waykaso, saltarán sobre él para dejarlo más chueco que rifle de alasitas, originando una trifulca campal de la que no importa quiénes resultarán vencedores, pues los pequeños futbolistas seguirán persiguiendo a l balón y pateándose las canillas hasta que el árbitro pite el final del encuentro, que será, precisamente, el momento que algún padre le echará la culpa por el descalabro y, ante la mirada atónita de sus hijos, la hinchada de ambos bandos corretearan al pobre infeliz para desahogar sobre su humanidad la bronca de no haber podido quebrarle la boca a algún hincha rival o no haber podido meter mano ninguna de sus esposas.

En las categorías juveniles, la hinchada está compuesta por novias y concubinas. Estas suelen ser más discretas, sobre todo, porque no prestan atención al partido y sólo se dedican a comentar los últimos chismes del barrio. Además, cuando el partido acabe, sea cual fuere el resultado, saben muy bien que serán despachadas, pues los futbolistas, como manda la tradición urbandina, deben festejar el triunfo, llorar la derrota o compartir el empate con, por lo menos, diez fardos de cerveza, hasta que el alcohol impulse una nueva contienda, esta vez pugilística, que determinará al verdadero triunfador del sábado futbolero.

El domingo, los ganadores del encuentro boxístico llevarán a sus novias o concubinas al Parque Triangular, aún ebrios y vestidos con las casacas ensangrentadas, prueba de su hombría y amor al equipo, a tomar unos raspadillos con empanadas de queso. Los perdedores, con los ojos morados o la boca sin dientes, llevarán a sus novias o concubinas a la misa, donde prometerán, debidamente arrodillados, nunca más volver a perder una puñeteadura con los cholos del otro equipo.

El sábado siguiente, otros serán los rivales, otras serán las mujeres desenmascaradas, otros serán los k’asaventanas, otros serán los creyentes, pero no variarán las ganancias de los urbandinos vendechelas, siempre prestos a satisfacer el apetito hepatico de los bravos futbolistas barriales.

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Sólo fue un corazón

Posted by estido en 25 marzo 2007

Sólo fue un corazón, nada más; asimétrico, exageradamente rojo y, para rematar, atravesado por una flecha torcida o, quién sabe, por un alambre de anticucho. Estaba mal dibujado en una hoja cuadriculada que, se notaba, había sido arrancada torpemente de una carpeta. Sin embargo, si algo bueno se puede recordar de esto, el papel desprendía una fragancia paradójicamente exquisita. Digo paradójicamente, porque en realidad el aroma era desagradable, pero dejar de olerlo resultaba imposible, pues despertaba algo similar al apetito, un antojo inefable que no podía ser satisfecho por ningún alimento u objeto de mi mundo.

Sólo fue un corazón oloroso, nada más. A mis trece años, ¿qué más podía ser? Y que conste que yo no era ningún mojigato; de hecho, desde mis diez, me masturbaba diariamente con las películas porno que mis viejos utilizaban para el precalentamiento. Las descubrí por casualidad, mientras registraba su cuarto buscando algunos pesos para comprar el ron que había prometido a mis amigos. La desnudez de una mujer no era ninguna novedad para mí, aunque jamás la había visto en persona.

Sólo fue un corazón mal dibujado, nada más; al centro, con mala letra y pésima ortografía, llevaba inscrito: “Tati y Hernesto”. Cuando desdoblé el papel y lo vi, inmediatamente giré la cabeza para ubicar a su autora; me topé con su rostro sonriente y me hizo un guiño. Completamente colorado, volví a posar la vista en el corazón y eludí la desfachatada coquetería de la Tati. Esforzándome porque fuera visible, hice un bollo con el papel y lo boté a un costado.

Sólo fue un corazón, arrugado y despreciado, nada más. Y así debió quedarse, en el suelo, para ser barrido por el conserje; sin embargo, cuando las clases terminaron, disimuladamente levanté el bollo y lo guardé en el bolsillo. Después, en casa, volví a mirar el corazón y fue entonces cuando me percaté del olor que desprendía. Esa noche, dormí con el papel pegado a mi nariz. Al día siguiente, en el primer recreo, al salir del baño me esperaba la Tati. “¿No te gustó el corazón?”, me preguntó. Colorado nuevamente, no sabía qué responderle. Obviamente, su pregunta implicaba otra. Sí le decía que me había gustado, indirectamente también le decía que ella me gustaba.

Sólo fue un corazón, una declaración gráfica de amor, nada más. Pero, ¿por qué me lo dio? Nunca me había fijado en ella, sólo éramos compañeros, ni siquiera amigos. La tati era la más alta y gorda del curso; eso, sumado a que también era la mejor alumna, la convirtió en la chica menos popular y, por ende, la más solitaria. No podía gustarme, no debía gustarme. “No”, fue lo que debí contestar a su pregunta, pero dije “no sé”, dando pie a otra pregunta y a otra respuesta ambigua –“¿Por qué no sabes?”, “No sé”–, enredándonos así en un ping-pong infantil e incómodo. Cuando el timbre sonó, indicando el final del recreo, le pregunté de dónde había sacado el perfume que le puso al corazón. “De aquí”, me contestó, tocándose levemente la entrepierna.

Sólo fue un corazón, besado por sus labios secretos, nada más. No pude concentrarme durante las clases, pues mi mente no dejaba de imaginar a la Tati restregando el papel en su vagina. El timbre del segundo recreo interrumpió mis fantasías. Esta vez la busqué yo; la encontré en la biblioteca. Cuando me vio, esbozó una sonrisa triunfal y dio un par de palmaditas sobre la silla que estaba a su lado, invitándome a sentarme junto a ella. “¿Te gustó mi olor?” Obviamente, sin dudarlo, contesté: “Sí”. Luego, cambió de tema y me habló de un montón de cosas que, ese momento, me resultaban estúpidas, pues yo quería seguir hablando del corazón oloroso. A partir de ese día, todos los recreos iba a la biblioteca para estar con ella, esperando que el tema que me interesaba volviera a surgir en alguna de nuestras conversaciones.

Sólo fue un corazón tirado a la basura, nada más. Pero yo me enfurecí cuando, al no encontrarlo, le pregunté a mi madre si lo había visto y ella me dijo: “¿Ese papel sucio? Ah, sí, lo vi, pero pensé que era basura y lo boté”. Sin embargo, fue el pretexto perfecto para volver a hablar con la Tati sobre el asunto. Le conté lo que había pasado y le pregunté si podía darme otro. “¿Por qué?” “Porque me gusta tu olor, ya te dije”. Ella miró a su alrededor –comprobando algo que no necesitaba comprobación, pues durante los recreos nadie en su sano juicio estaría en la biblioteca–, giró su silla hacia mí y, levantándose la faldita, me dijo: “Puedes oler”. Ya se imaginarán qué ocurrió después.

Sólo fue un corazón, nada más; pero cambió mi vida y la de ella. La Tati tenía catorce años, y a mí me faltaban dos meses para cumplirlos, cuando nació nuestro hijo. Por culpa de ese corazón mi vida se fue a la mierda. Con el tiempo y las privaciones, la Tati adelgazó bastante; seguramente, los compañeros que entonces se burlaban de mí por haberme metido –y supuestamente para siempre– con semejante ballena, luego han debido envidiarme, porque a mis dieciocho años yo tenía una esposa escultural, mientras ellos apenas comenzaban su vida sexual. Y yo me sentía bien, aun cuando tuve que dejar el colegio y trabajar como bestia; mi hijo era un niño precioso y la Tati era un mujerón. “Me voy con el niño”, me dijo un día, acabando con mi estado de felicidad; se había enamorado de otro. Lloré y supliqué, pero ella no se conmovió. “Tú eras un gorda horrible, yo nunca hubiera estado contigo si no fuera por el corazón que me mandaste, porque así me enredaste y me abriste las piernas para atraparme”, le dije, impulsado por el dolor de alma que padecía. “Sólo fue un corazón, nada más”, me replicó, “como los que les di a varios chicos del curso; contigo tuve mala suerte y me embaracé. No hagas un drama sin motivo, sólo fue un corazón, nada más”. Ahora, ya con la cabeza fría, creo que estaba en lo cierto: sólo era un corazón. Lamentablemente, era mi corazón. Su dibujo fue como una premonición, pues ella botó mi corazón a la basura, sin sentir ningún remordimiento. No niego que quise matarla, pero ¿qué habría logrado con eso? Yo quería que ella sufriera como yo sufría ese momento, quería que su corazón se desangrara durante toda su vida; por eso lo maté a él. Cuando la Tati vio su cuerpo inerte, tendido en el suelo, con el orificio sangrante en el pecho y su corazón, pisoteado y escupido, a su costado, ha debido sentir un dolor tan jodido como el mío.

“Sólo fue un corazón, nada más”, le dije con ironía, “¿de qué lloras?”. Creo que me insultó, no lo recuerdo bien, porque mi mente estaba concentrada en disfrutar de su dolor; sí, concientemente estaba disfrutando de su sufrimiento, olvidándome del mío, hasta que tres palabras suyas me devolvieron a la realidad: “¡Era nuestro hijo!”. Intenté matarme; obviamente, fallé. Ya pasaron treinta años de aquello, faltan dos días para cumplir mi condena, pronto estaré libre. Tanto tiempo encerrado me ha servido para reflexionar bien sobre lo ocurrido; sé que me equivoqué, jamás debí matar a mi niño. Pero pasado mañana enmendaré mi error: iré a la casa de la Tati para entregarle, envuelto en un papel de carpeta, el corazón de su esposo
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¡Cambiemos el escudo!

Posted by estido en 19 marzo 2007

Dice que el escudo nacional no había sido lo suficientemente representativo, por lo que se hace necesario realizarle algunas modificaciones; por ejemplo, en lugar de las hojas de laurel ponerle hojas de coca. Y claro, muchos compatriotas orientales pegan el grito al cielo, pues señalan que la hoja sagrada no los representa. Entonces, surge también la iniciativa de remplazar a la llamita por un animal más selvático, considerando que la mayor parte del territorio boliviano está conformada por trópicos y valles. “Ah, no. Eso sí que no”, replican airados algunos compatriotas alteños, quienes se sienten plenamente representados por tan noble animal.

Por primera vez en mi vida, reflexioné sobre la importancia de tener un símbolo patrio con el que me sienta identificado y representado. Mirándolo detenidamente, llegué a la conclusión de que no me identifico con muchos elementos del escudo nacional. Empezando por los cañones y terminando por el Cerro Rico. No sólo por pacifista, sino también por realista, creo que cañones y bayonetas están por demás, dado que jamás hemos ganado guerra alguna y estamos muy lejos de poder aguantarle un sopapo a cualquiera de nuestros vecinos. Por otra parte, a pesar de toda la riqueza e historia del Cerro Rico, no se puede negar que estéticamente el Illimani se vería mucho mejor en el emblema patrio.

Además, la llama, la palmera, el sol, etc., presentes en el centro del escudo, me parece que configuran un paisaje muy campestre, y siendo yo un urbandino neto, me sentiría más representado por un paisaje citadino. Es decir, preferiría que la llama fuese remplazada por un minibús; la montaña, por un edificio; la capilla, por una cantina; el verde prado, por la cancha del Tigre; la palmera, por un anaquel; y el haz de trigo, por una salteña. Así ya estaría mejorcito y sólo restaría añadirle un lema, cuyo tenor sugiero sea el siguiente: “Que se rinda su abuela, carajo”. Con esas ligeras modificaciones, mi bolivianidad se exacerbaría cada vez que mis vista se posare sobre un escudo tan mío.

Lógicamente, no faltará el contreras que se oponga a mi propuesta. Sin embargo, como soy previsor, he pensado que se debería aumentar el tamaño del escudo, por lo menos en un 7.200%, para que así todos puedan incluir elementos que los representen e identifiquen, de tal forma que al final podamos tener un escudo bien pluri-multi, boliviaaaaaaaaano, algo así como un emblema achuqisaqueñizadamente chapaco con destellos camba-collas.

Qué han dicho, bien la he craneado, ¿no ve? Y como la inspiración se ha hecho carne en mí, he seguido meditando sobre otros aspectos, como el nombre del país, por ejemplo. “Bolivia” deviene de “Bolivar”, cosa que me parece abominable. Lógicamente, mi fanatismo no llega al extremo de sugerir “Tigrivia” para rebautizar a la patria. Sin embargo, luego de analizar, escribir, reescribir y sudar sangre, he podido crear un nuevo nombre para nuestro país, uno que sí reflejará su diversidad e incluso tendrá un toque poético: República Mediterránea Indoeuroafroamericana Amazónicovallunoandina del Corazón del Sur. ¡Caraspas! Bien suena.

Todavía me falta pensar cómo deberían ser la bandera y el himno, pero denme un par de semanas y ya lo tendré todo definido. Con todos esos cambios, nuestro país va a tener, por fin, una identidad común. Ahora bien, respecto a otros temas, como la pobreza, la discriminación, la mortalidad infantil, el desempleo, la corrupción, etc., todavía no he pensado nada. Además, tampoco debería hacerlo, porque para eso tenemos a nuestros constituyentes.

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Equis

Posted by estido en 16 marzo 2007

Nada raro había en su actitud; en la librería, los encargados estaban acostumbrados a sujetos que ingresaban sin saludar, hojeaban libros por más de una hora y después salían sin despedirse ni comprar nada. Lo inusual fue notado cuando, estando a punto de cerrar, uno de los empleados lo encontró sentado sobre el piso, al pie del estante que exhibía textos de geografía, llorando en silencio con amargura contagiosa, dejando las huellas de su tristeza, manchas transparentes de humedad salina, sobre las páginas del atlas universal que tenía entre sus manos.

“Sólo por esta noche, Mario, ten compasión”, le había dicho a su esposo dos semanas atrás, cuando llegó a casa con Equis para darle cobijo temporal. Él aceptó con la condición, sin embargo, de que fuera la última vez que Karina involucrase el hogar con cuestiones de trabajo. “Gracias; será la última vez, te lo prometo. Eres un ángel”, dijo ella, visiblemente emocionada, y materializó su gratitud con un beso tan tierno como fugaz, pues inmediatamente corrió a preparar el cuarto de invitados para que Equis durmiese algo antes de pasar a la mesa.

La policía demoró más de media hora su arribo a la librería; en el ínterin, los empleados de mataron el tiempo abrumando con preguntas al sujeto que, para ese entonces, ya consideraban demente. “No sé, no sé”, era lo único que éste contestaba, cada vez más angustiado a medida que el interrogatorio se multiplicaba en voces y tonos. Los oficiales hicieron su trabajo con inusual delicadeza, quizá por haber percibido, al hacer contacto con la gélida piel del extraño, cuán frío puede ser el dolor verdadero. Sin prisa, lo acomodaron en la patrulla, apuntaron algunos garabatos en las libretas y partieron hacia sus dependencias.

Hace catorce días exactamente, en esta misma cocina, Karina derrochaba simpatía y diligencia, atendiendo a su esposo y a su invitado, durante la primera cena que Equis habría de compartir con ellos. Mario intentó entablar conversación y denotó cierta molestia ante el mutismo de Equis. Karina tomó su mano y lo calmó explicando los detalles del caso, hablando más fuerte que de costumbre, como dando ánimos a Equis para que interviniera en la charla y contara su propia versión. “Tienes que tener paciencia, Mario, él está perturbado; aún no sabemos por qué. La policía lo remitió a nuestra oficina, pues ellos no sabían qué hacer con él. Al parecer, ha perdido la memoria, porque a todo lo que se le pregunta, sólo responde ‘no sé’. Puede ser un bloqueo temporal por un shock traumático, eso lo confirmaremos mañana con los psicólogos de la oficina. En fin, el caso es que todas las camas del refugio estaban ocupadas, no teníamos otra opción más que devolverlo a la policía, pero…” “Pero tú creíste que ese no era un buen lugar”, interrumpió Mario, “y preferiste traerlo a casa, ¿cierto?” Ella, con picardía, simulando vergüenza, hundió la cabeza entre los hombros para responder, casi murmurando, “Síp”.

Paciente: Se desconoce su nombre; figurará como X.
Fecha: 07/12/06
Hora: 13:41
Primera sesión

Es difícil penetrar la coraza con la que se protege, pero es evidente que su silencio es un grito de auxilio. No recuerda cómo se llama, ni de dónde es. El último, o en este caso, el primer recuerdo que tiene se remonta hasta hace apenas dos días. No sabe cómo llegó a la librería, asegura no conocer (¿o no recordar?) las calles. Imitando a los demás, empezó a recorrer los estantes y a hojear los libros. Cuando tuvo plena conciencia del vacío de su memoria, tomó un atlas y empezó a buscara algún nombre, algún dato que le permitiese recordar dónde estaba o de dónde proviene. Al no obtener resultados, se desesperó y comenzó a llorar. Sabe, por tanto recuerda, leer; sin embargo, escuela, maestra, libros, útiles, tareas, etc., no significan nada para él. A priori, puedo decir que su amnesia es real.

Mario, absolutamente solo, conectado a la máquina respiratoria más por cumplir con la legalidad que por intentar salvarle la vida, pues su condición ya no merece esfuerzos médicos, está conciente de que le restan pocas horas de vida. Aunque se sentía preparado para abandonar este mundo, hoy ha sido atacado por la nostalgia. Su mente lucha por encauzar los pensamientos hacia cualquier cosa que no sea ese agujero negro que los atrae y amenaza con llevarlos a otros tiempos y lugares. Ha luchado, exitosamente, durante cuarenta y seis años contra el magnetismo de la memoria; pero hoy está cansado, ya no puede enfrentar otra batalla. Sus pensamientos comienzan a flotar sobre imágenes pasadas y convergen en esa odiosa conjugación verbal que había prometido nunca emplear: hubiera. Si hubieras escuchado las explicaciones de Karina, Mario, antes de delatar tu inseguridad y dejarte arrastrar por los celos, hoy no estarías agonizando en la soledad de este hospital remoto.

No hay nadie en la habitación de huéspedes, está deshabitada como el resto de la casa. Fue aquí mismo, hace ocho días, donde Karina por fin pudo hacer contacto con Equis. Había entrado para anunciarle que la cena estaba servida y lo descubrió dibujando, con trazos torpes y apresurados, un par de enormes ojos sobre la superficie de la pared. Al verla, Equis interrumpió su tarea e instintivamente guardó el lápiz en un bolsillo; nervioso, la miraba directo a los ojos, con una expresividad temerosa y suplicante, dejando que ella interpretase la disculpa en el sonido del silencio y le diera sentido con su respuesta: “No tienes por qué disculparte, es un dibujo precioso”. “¿De quién son esos ojos?”, le preguntó con dulzura; “De ella”, contestó Equis, y así iniciaron su primer diálogo, en formato interrogatorio, ella preguntando y él respondiendo. “No sé quién es, sólo siento que ella es de donde vengo”; “No, no creo que sea mi madre, es una sensación distinta”; “No, no puede ser mi esposa; recordaría su cuerpo”; “No, …”

¿Y si hubieras sido más sincero? Si de verdad te hubiera interesado su trabajo, habrías estado a su lado, colaborándola; podías hacerlo, trabajabas en la Fiscalía. Con un par de llamadas habrías hecho lo que su oficina demoraba meses en hacer. ¿No tenías tiempo? No mientas; sí lo tenías, pero menospreciabas su labor, la considerabas un pasatiempo de ama de casa, una actividad sin valor real, es decir, económico. Si hubieras discado esos siete números, si hubieras hablado con el Coronel para agilizar las investigaciones, habrías podido saber quién era Equis y llegar a casa más temprano. Otra habría sido la historia, Mario, tu historia. Aunque siendo realistas, ¿acaso tienes una historia?

Paciente: X.
Fecha: 13/12/06
Hora: 10:23
Cuarta sesión

El método empleado hoy ha alterado al paciente. Se proyectaron ciento veintiocho diapositivas de distintos rostros (no se pudieron completar las doscientas planeadas), pidiéndole a X que dijese lo que le llamaba la atención de cada uno de ellos. Al cabo de las ciento veintiocho diapositivas, él había mencionado orejas, labios, lunares, cicatrices, mejillas, cabello, barba, arrugas, etc., sin que hasta ese instante hubiera señalado los ojos de ninguno de los rostros proyectados. Entonces, al preguntarle por qué no le llamaba la atención las miradas de las personas, respondió “porque ninguna es la de ella”. Sin embargo, no supo contestar quién era “ella”, y ante mi insistencia sobre el tópico, se desestabilizó emocionalmente y comenzó a golpearse la cabeza. Tuvimos aplicarle un sedante, pues no hubo otra forma de calmarlo. De todos modos, por fin hemos encontrado una puerta hacia su subconsciente y, por ende, hacia su memoria. La próxima sesión recurriremos a la hipnosis.

Hace dos días, en esta cama que aún permanece destendida, Karina y Mario hicieron el amor durante ocho minutos; luego, echados de espaldas, mirando el tumbado celeste, conversaron sobre Equis. En realidad, Karina creyó conversar y Mario simuló hacerlo. “Gracias por haber permitido que Equis se quedara más tiempo en la casa”, dijo ella con sinceridad. Él, disfrutando el relajamiento post eyaculatorio, maquinalmente le contestó, “De nada, vida, tú sabes que admiro tu trabajo”. Sin querer, él le dio pie para que ella comenzase a hablar largamente sobre los avances en el caso de Equis. “El psicólogo de la oficina ha logrado averiguar muchas cosas hipnotizándolo, ¿sabes? ¿Te acuerdas del dibujo que hizo hace algunos días en la pared? Pues resulta que son los ojos de una mujer que él ama. Al parecer, es algo así como un amor platónico o como una obsesión, aún no se sabe con exactitud. Según el doctor, podría ser que ella lo haya rechazado o que él jamás se haya atrevido a confesarle sus sentimientos. En todo caso, lo importante es que se pudo averiguar que la mujer es recepcionista de alguna institución estatal, porque dice que él siempre menciona toparse con su mirada en una sala donde hay una inmensa fotografía del Presidente. Por eso, el doctor cree que Equis también podría ser funcionario público. ¿Será que tú puedes mover tus influencias para que la policía indague si en alguna repartición estatal un empleado ha abandonado el trabajo sin ninguna explicación?” Mario, que en ese momento ya estaba casi dormido, sólo atinó a decir, “Claro, vida, mañana mismo haré unas llamadas”.

Si hubieras tomado el teléfono, Mario, y llamado al Coronel para ayudar a Karina, habrías averiguado la identidad de Equis. Pero talvez no fue tu culpa, ¿verdad? Sí, la culpa es de la secretaria. Si ella no hubiera entrado justo cuando intentabas tomar el teléfono, con ese escote desvergonzado, la minifalda pegada a esas piernas carnosas y bronceadas, contoneándose descaradamente y fingiendo hacer caer los documentos sólo para agacharse a recogerlos y presentarte un primer plano de sus generosas nalgas, tú no habrías dejado el teléfono para, en una acción relámpago que ya se había hecho costumbre entre ustedes, poseerla sobre el escritorio, el sofá y, finalmente, la alfombra, durante treinta y cuatro minutos, mismos que hubieran sido suficientes para hacer la llamada y enterarte de todo.

Paciente: X.
Fecha: 20/12/06
Hora: 15:45
Séptima sesión

El método de hipnosis ha dado resultados positivos. Definitivamente, su amnesia es producto de un shock, probablemente debido a la muerte o desaparición de la mujer cuya mirada lo perturba. Cuando insistí que mencionara más detalles sobre los ojos de “ella”, X comenzó a temblar, pero aun así no dejé de presionarlo. Dijo que “ella” ya no lo miraría más, que ya no volvería a la oficina, que se había ido a otra parte porque no podía amarlo. Esto también indica que él tiene un sentimiento de culpa. Quizá X le declaró su amor poco antes de que “ella” desapareciera y él asocia esa ausencia con la imposibilidad de ser correspondido. En todo caso, ya estamos cerca de penetrar sus barreras. Estimo que con un par de sesiones más lograremos saber quién es (¿fue?) esa mujer y, por ende, quién es X.

La policía ha precintado las puertas de ingreso a la casa para preservar la escena del segundo crimen cometido ayer. Karina, que ahora está en la morgue, hace veinticuatro horas había llegado con Equis, intentando consolarlo infructuosamente, pues ni siquiera sabía cuál era el motivo de su evidente tristeza. “¿Qué tienes? ¿Te afectó la sesión de hoy? ¿Recordaste algo?” Sus preguntas no obtuvieron respuesta, por lo que prefirió dejarlo descansar y comenzó a preparar la cena. De pronto, Equis entró en la cocina y dijo: “Ella no me quería. Nadie me quiere”. Karina se sobresaltó al escucharlo, pero no demoró en acercarse y abrazarlo, con sincero afecto y ternura maternal, mientras le decía: “No sé nada de ella, pero sí sé que debe haber mucha gente que te quiere; de hecho, yo te quiero”. Equis la abrazó con mayor fuerza, la miró con lascivia directo a los ojos y, con un tono amenazador, le dijo: “Demuéstramelo”.

Si hubieras hecho la llamada que prometiste hacer, Mario, te habrías enterado que el mensajero del Ministerio de Justicia había matado a la secretaria del ministro y que no se conocía su paradero. Si la hubieras hecho, hoy no te estarías preguntando “por qué no le creí, por qué dudé de ella”. Pero qué más da; no la hiciste y tampoco le creíste. No le creíste porque ni siquiera la escuchaste; llegaste a casa, entraste a la cocina, la viste arrodillada, con el miembro de Equis en la boca, y se nubló tu conciencia, se perdió entre los vapores que generó el calor de la ira en tu cerebro. ¿Y si hubieras perseguido a Equis? ¿Por qué lo dejaste escapar? Te vio y echó a correr, pero tú no hiciste nada por impedírselo; enfocaste tu furia en Karina, que seguía arrodillada, llorando y, seguramente, sintiéndose a salvo con tu presencia. No, ni siquiera la escuchaste, sólo empezaste a golpearla. Claro que ahora sí recuerdas algunas de sus palabras, ¿no? “Mario, no me pegues”. “Él me obligó, me iba a matar”. “Mario, por favor…” También debes recordar sus ojos, lagrimeantes, suplicantes, rígidos, enfocados en los tuyos, cuando dio el último suspiro mientras tus manos apretaban su cuello. Ahora recuerdas eso porque te pesa la conciencia. Durante muchos años no te pesó, no obstante la vida miserable y clandestina que tuviste después de matar a Karina y huir del país hasta este rincón del mundo. Si no hubieras visto las noticias aquella noche, hace dos semanas, Mario, no te habrías enterado de nada y, probablemente, no estarías postrado en esta cama. A pesar del tiempo, lo reconociste. Era Equis, no cabe duda, esposado, siendo exhibido por los policías como trofeo. ¿Qué dijo la presentadora? “Fue detenido Bernardo Ramírez, psicópata que asesinó a dieciocho mujeres…” Algo así, no lo recuerdas muy bien. Pero la noticia te hizo recordar las palabras de Karina, su mirada suplicante… Luego, el infarto y esta agonía. Qué ironías tiene la vida, ¿no? Aquí, en esta sala, en este hospital, en esta ciudad, en este país, tú eres Equis.

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De historia y fantasmas

Posted by estido en 6 marzo 2007

Todo urbandino sabe muy bien que por la calle Jaén circulan fantasmas de diversas especies y géneros. No se trata de creer o no, sólo de saber; e incluso no creyendo, este conocimiento causa un nosequé cuando uno camina por esta calle, pasada la medianoche, y no hay ni un perro a la vista.

La Jaén es la única calle que se conserva prácticamente igual desde la colonia. Irónicamente, en nuestra modernidad, es la única no colonizada. En sus aproximadamente cien metros, alberga casas que, alguna vez, fueron habitadas por insignes paceños, entre ellos, don Pedro Domingo Murillo, protomártir de la Independencia que murió colgado por haber instaurado, junto con otros valientes, el primer gobierno criollo autónomo de la América hispana. Con la soga en el cuello, según la historia oficial, llegó a pronunciar su famosa y profética frase: “Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar”. Cuestionador como soy, siempre me costó creer este episodio histórico, pues por más valiente que sea un ser humano, me imagino que cuando se está por estirar la pata (de manera tan cruel, además), es imposible improvisar una frase poética; a lo sumo, don Pedro ha debido gritar: “Váyanse a la mierda, españoles hijos de puta”, cosa que sería absolutamente lógica en un verdadero cholo urbandino.

Según la historiografía no oficial, la inmortal frase habría sido acuñada por algún dramaturgo anónimo que puso en escena, ya cuando Bolivia era república, la dramatización de la Revolución paceña de 1809, y así ha debido quedar inscrita en el imaginario urbandino, pasando luego a los textos oficiales de historia. Esto me parece creíble, pues sí puedo imaginarme a un actor, interpretando a don Pedro, expresando esa elaborada metáfora, con voz firme y correcta dicción, sobre el patíbulo montado en el escenario, cautivando a las urbandinas de entonces, muchas de las cuales han debido prolongar su cautiverio entre las sábanas del actor.

Sobre las versiones que señalan que don Pedro, en realidad, fue un traidor y cobarde, prefiero no hablar, pues el pobre ya tiene demasiado con la estatua que en su honor erigieron en la plaza principal de nuestra urbe, a la que, además, bautizaron con su apellido. Digo esto porque, según algunas versiones, la estatua en cuestión no corresponde con la figura del protomártir, sino más bien con la de un torero español, dado que habría habido una confusión cuando se embarcó la efigie hacia esta ciudad, pero como el acto de descubrimiento ya estaba organizado, los gobernantes de esa época prefirieron pasar por alto el error y procedieron con el programa y los discursos. Habida cuenta de que el traje de torero es muy similar a la vestimenta masculina de la moda colonial, nadie ha debido reparar que en nuestra plaza principal tenemos la estatua de un impostor, y cosa similar ha debido ocurrir en el pueblo del matador, donde la efigie de don Pedro debe ocupar un lugar preferencial y aledaño a la plaza de toros.

Obviamente, todos tienen el derecho de creer en las versiones oficiales y dudar de las que aquí presento. De hecho, yo tampoco las tomaba muy en serio, y jamás lo habría hecho de no ser porque, hace algunos años, me encontré con un amigo en una cantina de la Pérez Velasco, quien me contó un extraño suceso que acababa de acontecerle. Antes de referirme a su relato, debo aclarar que este amigo (le llamaré Juan para proteger su identidad) sólo lee las páginas deportivas de los diarios; su ignorancia es tan grande, que durante mucho tiempo creyó que Pedro Domingo Murillo era un gringo que en realidad se llamaba Peter Sunday Littlewall, hasta que, por pena, tuve que confesarle que esa historia sólo fue una broma colegial que le jugué cuando quiso copiarse mi examen de sociales; luego de la confesión, se enojó bastante y no me habló muchos años, pero su molestia no se debió a que lo hubiera hecho quedar como pelotudo, sino porque por fin entendió la causa de su reprobación en sociales.

En fin, el caso es que la madrugada de un martes, a eso de las 04:30, me encontraba merodeando las cantinas de la Pérez, buscando algún conocido para seguir lastimando el hígado. Cuando estaba saliendo de una de ellas, apareció Juan, completamente pálido y tembloroso. Después de abrazarme con efusividad extraordinaria, me dijo que necesitaba un trago urgentemente, y ya que nuestras urgencias coincidían, ingresamos a la cantina sin perder tiempo.

Luego del primer seco, recién le pregunté por el motivo de su notorio nerviosismo. “Es que acabo de encontrarme con un fantasma –me respondió–, y no cualquier fantasma, viejito, sino el de don pedro Domingo Murillo”. Obviamente, no le creí, pero ya que él iba a pagar las cervezas, puse cara de cojudo y le dije: “¡Noooooo! ¡Puuuuucha! Y dónde, cómo, qué te dijo, qué te hizo, qué has hecho, contame pues”. “Ha debido a ser las dos y media, más o menos. Yo estaba bajando por la Jaén, luego de dejarla a mi negrita en su casa, cuando vi acercarse a un tipo vestido bien chistoso y pensé que era alguien que se estaba recogiendo de una fiesta de disfraces. Como no tenía fuego para encender mi pucho, cuando ya estaba a mi lado le pregunté si él tenía fósforos. ‘No tengo’, me ha dicho; ‘que huevada’, yo le he dicho. Entonces, medio que se ha enojado y ha empezado a putearme por mi forma de hablar, ‘es una barbaridad como hablan los jóvenes’, ‘deberías lavarte la boca con alcohol’, ‘qué tipo de padres te habrán criado’, y así un montón de pajas más que me hicieron avergonzar un ratito, pero tanto me ha reñido, que yo también me he emputado y le he contestado: ‘Y vos, qué te crees, quién eres para sermonearme, mejor andate nomás, si no vas a tener que recoger tus dientes con cucharilla y tu disfraz de torero va a quedar llenito de sangre’. El tipo se puso colorado de rabia y se vino contra mí, pero yo me adelanté y le lancé un puñetazo. Ahí fue cuando me di cuenta que el tipo era un gasparín, porque mi puñete atravesó su cara y el que me dio él atravesó la mía. Hermanito, ahora sí, con experiencia, te puedo asegurar que ya sé de dónde viene la frase ‘fruncir el culo’; verdad había sido, no es sólo por decir, sino que en serio se frunce; me ha dado tal miedo, que se me frunció, pues. Me puse de rodillas ante él, rezando y pidiendo perdón. ‘No tengas miedo, levantate’, me ha dicho, ‘ya viste que no te puedo hacer ningún daño’. Yo le hice caso y así empezamos a charlar. Me dijo quién era, qué es lo que había hecho por la patria, cómo lo habían ahorcado, y todas esas cosas que vos has debido leer en los libros, ¿no ve?”. “Claaaaro –le dije, siguiéndole la corriente–, pero mejor que leer la historia, a vos te la ha contado el mismísimo Pedro Domingo Murillo”. “Sí pues, hartas cosas me ha contado. Además, él también me ha pedido perdón por haberme puteado tanto. Me dijo que estaba de mal humor, que siempre se pone así cuando pasa por la Plaza Murillo y ve su estatua, porque dice que en realidad no es su estatua”. Al escuchar eso, dejé de fingir la cara de cojudo, porque en serio la tenía. Ese dato, el de la estatua, Juan sólo sabría si hubiera leído ciertos textos históricos de difícil acceso, pero como ya dije, él no es nada afecto a la lectura. Recién entonces le creí, y le pedí que me contase con más detalle las cosas que don pedro le había contado, pero el muy desgraciado, al notar mi interés, se puso arrogante y no quiso hablar. “Ahorita no, viejito, para qué vamos a discutir sobre temas históricos –me dijo–, otro día te voy a ilustrar un poco”. Me contuve las ganas de contestarle y me fui de la cantina, casi corriendo, hacia la calle Jaén. Me quedé allí, transitándola de ida y vuelta, hasta que salió el sol, sin haberme podido encontrar con el ilustre fantasma.

Desde entonces, frecuento los boliches aledaños a esa calle, pues tengo la esperanza de que alguna noche don Pedro se me aparezca y me aclare algunas dudas históricas, además que quiero comprobar si efectivamente el miedo puede hacer que el culo se frunza.

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La joroba de Tristán

Posted by estido en 26 febrero 2007

Tristán caminaba con el cuerpo putrefacto de su hermano en la espalda, pidiendo limosnas a los viandantes, tal como lo había estado haciendo doce de los diecisiete años de su vida; claro que antes, hasta hace unos días atrás, lo hacía en compañía de Jerónimo, es decir, del todavía vivo Jerónimo, pues lo que ahora quedaba de él, más que compañía, resultaba un estorbo. No es de extrañar que el negocio se fuera en picada, ya que el mal olor y las moscas que rondaban a los hermanos, al vivo y al muerto, ahuyentaban incluso a los que hasta entonces habían sido clientes fieles. Y no es que esas almas caritativas fueran de las que se desaniman ante los cuadros grotescos que ofrece la ciudad, o que hubieran sido del tipo melindroso, que se asquean ante la menor presencia de olores transgresores de sus buenas costumbres olfativas; si no que, y convengamos en que tenían toda la razón, un muerto hediendo en las calles no es algo que inspire piedad; en todo caso, repulsión es lo único que puede provocar.

Cuando ambos nacieron, sus padres, un par de alcohólicos callejeros incapaces de soportar tremenda carga, decidieron ahorcarlos y tirarlos a un basural. No se sabe si fue por falta de fuerzas, o por algún rastro de piedad paternal, que los cordones con los que ajustaron los cuellos de los bebés no cumplieron con su cometido, permitiendo que el aire poco oxigenado de esta urbe inundase sus pequeños pulmones, rescatándolos de la muerte para darles la oportunidad de tener una vida, si es que así se le puede llamar a lo que tuvieron. No obstante, debido a los segundos dramáticos durante los que fue privado de óxigeno, Jerónimo quedó condenado a un retraso mental que habría de reflejarse también en un escaso desarrollo corporal. Pero no nos adelantemos. Estábamos en el frustrado intento de homicidio. Ya en el basural, los cuatro pulmones comenzaron a trabajar a ritmo acelerado, de tal forma que los pequeños, uno después de otro, despertaron a la vida. El que sería Tristán, mostrando desde entonces sus cualidades vocales, gritó con tanta fuerza que ahuyentó a los perros carroñeros que se habían aglomerado olfateando un buen bocado, y al mismo tiempo logró despertar al que sería Jerónimo, quien se unió al llanto, formando así un dúo chillón que logró atraer la atención de la Diputada.

María Inés Gandarillas del Olmo, así se llamaba la Diputada. En sus años mozos fue una destacada profesora de historia, con un prestigio tan grande, que incluso llegó a ser condecorada por un militar que se había lanzado a la aventura de ser presidente. Mucho prestigio, mucha inteligencia, pero poca belleza. Sin embargo, su fealdad física no fue el motivo por el cual no pudo jamás encontrar pareja, sino más bien ese su avinagrado carácter, que le hacía insultar, aunque involuntariamente, a todo aquel que se acercaba con fines de conquista. Tal vez por la soledad, o quizá porque el vinagre le llegó al cerebro, doña María Inés comenzó a mostrar signos de una demencia que le acarrearía a perder su empleo, su prestigio, su casa y su nombre. En efecto, chiflada ya, la profesora se acercaba todos los días a las puertas del parlamento para lanzar arengas desenfrenadas, aunque no exentas de coherencia, que le hicieron ganar el mote de “la Diputada”. Así, rebautizada por la ciudad, fue como encontró al par de huérfanos que lanzaban alaridos por el hambre y el frío en medio del basural en el que ella habitualmente buscaba su cena. Esa noche no sólo encontró alimento, sino también el remedio a su soledad, o mejor dicho, un par de remedios, a los cuales tuvo por bien ponerles como nombres Tristán y Jerónimo, quién sabe por qué motivos.

Nadie habría podido imaginar que en el costal en el que guardaba algunos trapos, la diputaba también guardaba los ahorros de toda su vida; claro que a esas alturas, debido a una devaluación galopante, ya no significaban gran cosa. Obviamente, para esa mente alterada, los billetes no tenían mayor valor que el de suave relleno para una rústica almohada; sin embargo, ya con Tristán y Jerónimo a su cargo, le sirvieron para comprar leche durante el primer año de vida de los niños. Después, resignando su dignidad, se dedicó a pedir limosnas en la calle y de esa forma logró mantener, aunque no de buena manera, a sus pequeños. El hogar de esa extraña familia fue una antigua casona, condenada a la demolición, del casco viejo de la ciudad. Así, en medio del peligro de un potencial derrumbe, vivieron cinco años en los que compartieron la pobreza y la desgracia. La desgracia, precisamente, fue la que separó sus vidas, pues las fuertes lluvias que se registraron el año en curso debilitaron por fin los cimientos de la casona, causando su derrumbe y sepultando entre los escombros a la Diputada. Condenados a vivir por un destino inclemente, Tristán y Jerónimo se salvaron del peso de los adobes gracias a que habían salido al basural cercano para evacuar vejigas e intestinos.

Los huérfanos, entonces más huérfanos que nunca, se asustaron al ver el desastre y corrieron calle abajo envueltos en llanto. Mejor dicho, Tristán corrió, pues por motivos ya explicados, Jerónimo no se desarrolló física ni mentalmente, por lo cual era su hermano quien tenía que cargar con él. Tristán, que no era ningún tonto, rápidamente aprendió a sobrevivir en las calles, buscando portales de iglesias o casas donde pasar la noche y pidiendo limosnas a cambió de las canciones cambiadas de letra que entonaba en alguna esquina. Voz no le faltaba, pero el chico era desorejado, y su hermano, siempre en la espalda, no ayudaba mucho con los alaridos que lanzaba cuando empezaba el canto. De todas formas, la gente siempre les daba dinero. Más que por el canto lo hacían por pena. Claro que pena era el segundo sentimiento que provocaban, pues el primero era rechazo. Verlos no era nada agradable: el uno, un esmirriado cabezón, y el otro, un remedo de enano siempre colado a la espalda del hermano.

Así pasaron los años sin mayor inconveniente. Tristán cambió la voz, aunque nunca llegó a ser afinado, y Jerónimo, si bien creció un poco, nunca dejó de ser una caricatura grotesca y babeante empotrada en la humanidad de su único pariente. El dinero que la piedad les dejaba bastaba para que pudiesen comer y vestirse, claro que pensar en buscar un cuarto era algo demasiado alejado de sus posibilidades. Sin embargo, eso nunca fue un problema, pues ya conocían demasiado bien la ciudad y sabían en qué lugares había portales algo abrigados donde pasar las noches. Sus figuras se hicieron tan habituales en las calles, que hasta parecían parte del paisaje citadino. Jamás nadie se dio cuenta de que los niños ya eran un par de adolescentes de diecisiete años, pues para todos simplemente eran Tristán y Jerónimo, los eternos limosneros.

La rasca-rasca era una prostituta gorda, de unos cuarenta años de edad, aunque aparentaba más de cincuenta. Trabajaba más de diez años en las calles, pues en el bulín en el que se había iniciado ya no requerían más de sus servicios. Su madre, que había tenido que dedicarse a la prostitución para poder mantenerla, no tuvo más remedio que instalarse en el prostíbulo con su pequeña hija, pues no podía pagar un alquiler. Así, Lucía creció en medio de borracheras y sexo. Cuando cumplió los trece años, era una niña bien desarrollada, que tal vez a fuerza de ver escenas muy ardientes, el calor se le pegó en el cuerpo y le comenzó a escocer su sexo. El barman del local, un tipo joven y macizo, la descubrió una tarde frotándose la entrepierna, entonces, muy comedido, ofreció su asistencia para calmarle la comezón. De esa manera, Lucía, siempre que su madre entraba a la pieza con algún cliente, aprovechaba para pedir a alguien que la rascase. Lucía se hizo puta por gusto y a los quince años era la más cotizada del establecimiento. Claro que no ganó mucha plata, pues a decir verdad, más que el dinero, lo que le interesaba era calmar sus escozores. Adicta al sexo, probó de todo. Lo hizo con ciegos, con travestis, con niños, con mujeres, con ancianos, con dos, con tres, hasta con cinco al mismo tiempo. No importaba quién, lo que ella más deseaba era que la rascasen. Con tanto trajín, envejeció prematuramente, y a la rasca-rasca no había quién la quisiera rascar, ni siquiera gratis, por lo cual perdió su puesto en el lenocinio. Comenzó a trotar las calles y se hizo muy popular entre aquellos que no podían pagar más de cinco pesos por una vagina caliente.

Una madrugada, mientras retornaba a su esquina después de hacerse rascar tres minutos, se topó con Tristán y Jerónimo, quienes buscaban algún portal para pasar la noche. Se acercó a ellos, ya con la comezón en ascenso, y los llevó a su cuarto. Ellos no pronunciaron palabra alguna, simplemente se dejaron llevar y aceptaron las palabras cariñosas que ella les prodigaba, tal vez porque era la primera vez en doce años que alguien les hablaba de esa forma. La rasca-rasca los desnudó con dulzura y examinó sus miembros. El de Jerónimo no daba para mucho, pero el de Tristán, ese sí que le parecía bueno. De todas formas, no privó a su lengua del sabor de ninguno y pronto se tendió en el catre acomodando a Tristán encima de ella. Le indicó cómo debía moverse, cuándo debía acelerar y cuándo calmarse, y Tristán fue un buen alumno, obediente y sumiso. La rasca-rasca no daba más de placer. El bien dotado miembro de Tristán la rascaba muy profundo, y además, ver a jerónimo masturbándose en la espalda de su hermano le provocaba orgasmos múltiples que hacía mucho no tenía. Y es que si bien lo había hecho con muchos, de todas las razas y colores, de todas las edades y tamaños, jamás lo había hecho con unos siameses. Fue la experiencia de su vida. Así, Tristán y Jerónimo encontraron, además de un techo donde vivir, a la única mujer que habría podido aceptarlos en su cuerpo. Eso al menos por dos años, ya que una injusta batida policial determinó que la rasca-rasca fuese encarcelada, y el desgraciado par quedó nuevamente en la calle, cosa que no fue muy traumática para ellos.

Volvieron a la rutina que conocían bastante bien: pedir limosnas, buscar comida, buscar portales donde pasar la noche, pedir limosnas, buscar comida… Pero como es sabido, es muy difícil que la rutina no sea alterada nunca, siempre ocurre algo que perturba la monotonía, aunque sea algo pequeño. Pero dada la azarosa existencia del desdichado par, no fue pequeño lo que trastornó sus vidas. Jerónimo había cumplido su ciclo en este mundo, talvez porque toda su energía siempre había ido a parar a su hermano, fue como una especie de batería que Tristán cargaba en la espalda. El caso es que Jerónimo cayó en un letargo natural que en un par de días devino en sueño perpetuo. No se puede decir que Tristán no haya sufrido la pérdida de su hermano, pero, endurecido por la vida que llevó, trató de ver el lado positivo del luctuoso suceso. Luego de llorar casi fingidamente unas horas, se dio cuenta de que con el enano muerto ya no tendría que preocuparse por él, es decir, la alimentación, la vestimenta y, sobre todo, las idas al baño. Además, el difunto, según pensaba, podría acrecentar la lástima y, por ende, las limosnas. Por último, por fin podría cumplir uno de sus máximos anhelos: dormir de espaldas.

Como ya se sabe, las suposiciones de Tristán fueron erradas. En vez de recibir más caridad monetaria, el negocio se desmoronó tan pronto como los olores del cadáver comenzaron a traspasar los trapos que lo envolvían parcialmente. Tristán, sin dinero, se alejó del centro citadino y se refugió en los basurales de la periferia, el único lugar donde su olorosa carga pasaba desapercibida y podía buscar alimento. Maldiciendo su suerte, el cementerio ambulante parecía resignado, por primera vez en su vida, a dejarse morir, de tal forma que se postró en medio del basural y así pasó dos días enteros, casi sin probar bocado. Entonces, quizá por algún recuerdo incrustado en su subconsciente, al ver una jauría que merodeaba a su alrededor, como esperando el momento preciso para el ataque, se le ocurrió la forma de deshacerse del difunto. Se armó de un palo y esperó unas cuantas horas, tratando de no moverse en lo más mínimo, hasta que la jauría atacó. Con el palo logró alejar a los canes de su cuerpo, pero obviamente, no hizo nada por proteger los putrefactos restos de Jerónimo. Mordida a mordida, en cuestión de minutos, los perros consiguieron quitar la mayor parte de la fúnebre joroba de Tristán, hasta que éste comenzó a sentir dolor, por lo cual, nuevamente hizo uso del palo y, no sin gran esfuerzo, logró ahuyentar a los carroñeros.

Contento, y unos quince quilos más liviano, se fue al recinto de duchas públicas en el que unas tres o cuatro veces al año solía darse el lujo de un baño de cuerpo entero, claro que antes lo hacía acompañado. Se refregó la espalda tanto como pudo, porque lo que quedaba del cuerpo de Jerónimo también hacía parte de su área sensitiva, y debido a las mordidas previas era una labor muy dolorosa. Tristán cambió de anatomía, pero no de oficio, siguió siendo limosnero, mas tuvo cuidado de instalarse en una zona donde no fuera muy conocido. Pero eso, cosa que él no sabía, no era importante, pues si la ciudad aún recordaba a los siameses, era ya muy poco; y si bien alguien habría pensado que su rostro era familiar, nadie se habría imaginado que el jorobado fue, alguna vez, miembro del dúo de los siameses chillones. Empezó a ganar dinero nuevamente, pero no tanto como cuando lo hacía en compañía de su joroba viviente. Pasados unos días, como era de suponerse, los escasos restos de Jerónimo no por mínimos dejaron de descomponerse, y la infección poco a poco empezó a invadir el organismo de su portador.

Sin fuerzas para cantar, sin ánimo siquiera para estirar la mano esperando la caridad citadina, el cuerpo de Tristán había cedido paso a la fiebre, que traía consigo alucinaciones que le provocan un sinfín de sensaciones, todas aterradoras. Pero bien dice el dicho que al final del túnel siempre está la luz, pues en medio de esas horrorosas fantasías febriles, se le apareció la Diputada, vestida con el trajecito de dos piezas raído con el que solía ir a ejercer sus labores legislativas. No sin esfuerzo, lo levantó y, a guisa de muleta, le ayudó a caminar brindándole afectuosas caricias y palabras. Tristán apenas distinguía las figuras de la gente que lo cruzaba, pero escuchaba muy claramente sus voces. Todos le saludaban, le daban ánimos, felicitaban a su madre por tener un hijo tan especial. Tanto cariño le dio ánimos para por lo menos caminar sin arrastrar los pies.

La rasca-rasca, luego de permanecer seis meses tras las rejas, salió del panóptico casi corriendo para averiguar qué había sido de sus muchachos. Pero no se confunda el lector, pues lo que parece compasión y un amor casi maternal, no era más que la desesperación por la comezón que no le habían podido quitar ni los guardias, ni alguna que otra compañera de reclusión. Sobra decir que la vetusta ninfómana casi enloquece al enterarse que el casero había despachado a los hermanos cuando, a los pocos días de ser detenida, él se acerco a cobrar el alquiler y el “par de engendros”, como él los llamaba, no supieron cumplir con la obligación. Sin embargo, como no es cosa fácil encontrar un techo tan barato, se tragó los ajos y cebollas con los que hubiera querido responderle, y entregándole todas las propinas, por así decirlo, que había recibido de los guardias, recuperó la llave de su cuarto. De no haber estado tan enojada con el casero, de seguro que no habría dudado en pedirle una rascadita, pero en ese estado, y además añorando los placeres que le brindaban los siameses, se aguantó el escozor y salió a buscarlos.

No le fue fácil dar con Tristán, pues como sabemos, él tuvo que cambiar de barrio; mas sin desmayo caminó por varias horas hasta que encontró al muchacho, sentado en la acera, utilizando un poste de señalización como apoyo para no caerse, temblando convulsivamente y sudando la fiebre que lo carcomía. Sin reparar en la joroba, lo levantó como pudo, trastabillando un poco, hablándole cariñosamente como para darle ánimos. Él la miraba, o por lo menos eso parecía, porque en realidad su mirada estaba fijada en un punto lejano, que el cuerpote de la rasca-rasca no llegaba a tapar. Le dijo “mamita, por fin vuelves”, y la gorda, sin entender las palabras, le seguía la corriente, “sí, hijito, ya nos vamos a la cama”. Mientras caminaban, el peso de Tristán sacaba de equilibrio a la rasca-rasca, de tal forma que parecían una pareja de alcohólicos caminando sin rumbo. No faltó algún moralista que los insultó, alguna vieja beata que se santiguó ante ellos antes de decirles algunas verdades, o algunos muchachos malignamente traviesos que se acercaban a piropear a la mujerzuela y felicitar al jorobado por la conquista. La rasca-rasca, que no tenía desvaríos febriles, sentía algo parecido a la vergüenza, aunque bastante mezclada con odio, por lo cual apresuró el paso para llegar rápido a su refugio.

Recién ahí, con gran sorpresa y mayor decepción, se dio cuenta de la falta de Jerónimo. Inútiles fueron sus preguntas, pues Tristán sólo repetía “mamita, ya no me dejes”, y se aferraba al obeso brazo de la prostituta, mientras ella, dejando de lado la averiguación, lo desnudaba casi furiosamente. A pesar de haber visto muchas atrocidades durante su vida, no pudo menos que empujar al muchacho, haciendo muecas de asco, al reparar en lo que quedaba del pobre Jerónimo: apenas unos huesos, que parecían los restos de unas alas, recubiertos de carne podrida. De lo demás, solo quedaba una gran herida purulenta y hedionda que se había extendido hasta la base del cuello. Prácticamente se quedó muda por el espanto que le provocó esa visión, y lo único que delató su estado de turbación fue el copioso vómito que impelió su estomago. Tan fuerte fue esa reacción física, que estuvo a punto de ahogarse, pero un desmayo oportuno hizo cesar los espasmos. Del desmayo pasó al sueño, favorecido éste por el esfuerzo que había realizado horas previas. Cuando despertó, casi a la media noche, por un momento pensó que todo había sido una pesadilla; pero al prender la luz, la esperanza onírica se desvaneció. Tristán yacía en la cama, de espaldas, luciendo una sonrisa rígida que, de alguna manera, indicaba que su muerte había sido tranquila. Vanos fueron los intentos de la rasca-rasca por hacer reaccionar al cadáver, Tristán había cambiado de estado dos horas atrás.

Olvidándose, cosa milagrosa, de su comezón, la rasca-rasca se devanaba los sesos tratando de pensar cómo librarse del cadáver. Su inmensa figura no pasaba desapercibida jamás, y ni qué decir si estuviera cargando un cuerpo. Claro que lo que tenía la rasca-rasca, alguna enfermedad tal vez, no era cosa que pudiera estar inactiva por mucho tiempo; así es que la comezón, que por primera vez en su vida no había sido calmada en veinticuatro horas, recrudeció con tal violencia, que prácticamente se desgarró la ropa y se arrojó sobre el frío cuerpo de Tristán. Se refregó contra él, tratando de sentir el miembro encogido del difunto; lo lamió de pies a cabeza y, no sin sorpresa, se dio cuenta que le agradaba bastante su nueva pareja. Claro, era de esperarse, nunca lo había hecho con un muerto. Definitivamente tocada, se dedicó a sus prácticas necrofílicas por varios días, sin preocuparse por conseguir alimento, apenas saliendo al patio a procurar agua para calmar la sed. Pecando de ser algo indolentes y desagradables, podríamos decir que la dieta le sentó bastante bien, pues perdió mucha grasa y hasta se empezaron a notar las curvas que la habían hecho tan cotizada décadas atrás. Claro que, parafraseando el dicho popular, no hay bien que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.

Al forzar la puerta por no obtener respuesta cuando fue a cobrar el alquiler, el casero recibió un furibundo impacto pestilente, pues el hedor que en esa pieza se había acumulado parecía estar esperando la menor oportunidad para escapar del encierro. Entonces, se dio cuenta inmediatamente de lo que pasaba. Sin entrar en la habitación, se fue a dar parte a la policía. Los oficiales llegaron dos horas después, cuando ya se había formado un pequeño contingente de curiosos alrededor del cuartucho, todos cubriendo debidamente sus narices y bocas con pañuelos o trapos. Imitando la precaria protección del gentío, los uniformados entraron en la habitación. Los cuerpos estaban desnudos, la rasca-rasca, recostada sobre su costado izquierdo, abrazaba a Tristán. Sus rostros estaban tan juntos que la lengua de la mujer, petrificada en esa postura, tocaba la comisura de los labios del muchacho, de tal forma que se asemejaba a un puente a través del cual los gusanos circulaban de un cuerpo a otro. Era tal la cantidad de estos bichos, que en la boca de Tristán se había formado una especie de ovillo viviente, en el cual no se distinguía ni principio ni fin de ninguno de los que lo formaban, sólo se apreciaba el movimiento continuo, hasta rítmico, en el que las delgadas figuras estaban sumidas, frotándose unas con otras, compartiendo humedades, lo que hacía imaginar que los gusanos, más que para alimentarse, estaban ahí disfrutando de una descomunal orgía.

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Croniquilla carnavalera

Posted by estido en 21 febrero 2007


Yastá, ya pasó el carnaval, esito nomás sería. Los saldos que deja recién serán conocidos en los próximos días, cuando las autoridades presenten las estadísticas sobre accidentes, peleas y delincuencia; cuando los ejecutivos de la Cervecería Boliviana Nacional reciban el informe de ventas y se chupen con Chivas Regal para festejar el éxito; cuando don Evo se haga un chequeo médico para verificar si su cadera no se ha descoyuntado por tanto baile; cuando algunas señoritas suden frío por el atraso menstrual; cuando algunos señoritos suden frío al recibir una llamada que les informe que son culpables del atraso menstrual; cuando…

En lo que a mí respecta, el carnaval me dejó tres amigos más, 15% menos de hígado, alrededor de 13.759 neuronas muertas y la desaparición de un celular que aún no termino de pagar. Poniendo todo en la balanza, debo decir que el saldo es positivo, ya que después de muchos años festejé el carnaval como se debe: transgrediendo.

Aparentemente, lo que voy a relatar en las siguientes líneas traiciona el propósito de este blog, pues no hablaré sobre las carnestolendas urbandinas, sino más bien sobre la inmensa e intensa fiesta que se vivió en Oruro (donde la vida es duro); sin embargo, creo que al final se notará que no soy ningún traidor y que la Ínclita sigue siendo la protagonista de mis garabatos.

En Oruro la fiesta comenzó el viernes por la noche. Una verbena popular recibió a los carnavaleros de todo el país y del exterior, quienes se concentraron en la plaza principal y sus alrededores para hacer un calentamiento necesario, previo a la maratónica jornada del sábado. El frío no fue impedimento para la algarabía general; cosa extraña, sin embargo, fue que no pudimos encontrar ni un solo puesto que ofreciera bebidas calientes, aunque el singani ayudó mucho para entibiar la sangre. A eso de la una de la mañana, una señora apareció ofreciendo “café calentitoooo, caféeeee”, pero su oferta no fue correspondida por la demanda, ya que a esa hora el alcohol había establecido el monopolio del mercadeo de líquidos. No pude menos que solidarizarme con esa noble doña que se esforzaba por ganar unos pesos trasnochándose en medio de borrachos bullangueros, por lo que me acerqué a su puestito para darle un consejo: Doñita, aquí nadie le va a comprar café, por qué mejor no se prepara un té con té. Nop’s joven –me replicó–, ustedes se farrean con cerveza y ron, nadies quiere té con té. Yaaaaaaaa –expresé, dejando aflorar mi paceñidad–, usted prepare nomás, yo se lo voy a conseguir clientela. Aún escéptica, la señora tanteó el terreno preguntándome: ¿Y usted, cuántas botellas va a querer? Uuuuuuta, por lo menos doce –respondí con seguridad contagiadora–, y mis cuates y los cuates de mis cuates seguro van a querer igual. Yap’s –dijo, convencida y esperanzada–, ahoritita se lo preparo. Así, doña Lurdes (ese era su nombre) se trasformó en la Luly, y tuvo que llamar a su esposo, su hermana y su hija mayor para que le ayudasen en la preparación y distribución de las botellitas de té con té, que a un precio de diez pesos fueron demandadas con desesperación, llegando incluso a haber amagues de trifulca en la fila de clientes que se formó, pues algunos borrachos coladores no querían darle descanso a sus hígados ni siquiera un par de minutos. Por haber sido el ideólogo del negocio, fui eximido de hacer cola y sólo tenía que gritar “Lulyyyyyyyyyyy”, haciendo la V de la victoria con los dedos, para que pronto me llegasen dos botellas calieeeeeentes de té con té. De ese modo, de dos en dos, mis neuronas fueron muriendo de cien en cien.

El sábado, sin haber dormido, tomamos posesión de nuestra gradería a las 9:30. El sol andino quemaba con furia, como incitando el comienzo de las batallas de globos. Como es tradición, cada gradería se convierte en un grupo unido y solidario durante las batallas, aun cuando al inicio todos sean desconocidos; por eso, cuando un certero y artero globazo impactó en la cara de un tipo que estaba detrás de mí, rápidamente compramos artillería para responder la afrenta realizada a nuestro compañero de grada. Los enemigos, cobardemente, estaban atrincherados detrás de tres ancianitas de dulce mirar y pacífica apariencia, cosa que nos perjudicaba en los intentos de ataque; sin embargo, cuando notamos que las pícaras viejecillas apuntaban con sus temblorosos índices a alguno de nosotros, señalando a sus compañeros de grada el objetivo del próximo globazo, nos dimos cuenta de que ellas dirigían la ofensiva de los adversarios, razón por la que, sin misericordia ni respeto, les hicimos tragar agua con un ataque coordinado y masivo, luego del cual las viejas mostraron sus verdaderas caras, hijoputeándonos de mala manera y amenazándonos de muerte. Por suerte, la aparición de la siguiente fraternidad originó una tregua obligatoria. Era un grupo de caporales no muy numeroso, pero contaba entre sus filas con tres damiselas de carnes generosas y movimientos voluptuosos que respondieron al pedido de la gradería, “beso-beso-beso…”, con picardía alborotadora. El típico ritmo caporal, lógicamente, incitó el “Tigre-Tigre, Tigre-Tigre, …” en los bravos estronguistas que allí estábamos, a lo que los cholis metiches contrapuntearon “chacra-chacra, chacra-chacra, …”, hasta que divisamos, en la gradería del frente, a Carlos Fernando Borja, y señalándolo comenzamos el “que le paguen-que le paguen, …”, que calló definitivamente a la horda celeste y, tras dos horas de lo mismo, provocó incomodidad en el ex jugador y su esposa, quienes se alejaron del sector en medio de un atronador y sarcástico: “no se vayan-no se vayan, no se vayan-no se vayan, …”.

Las rencillas orales entre cholis y tigres continuaron hasta altas horas de la noche, cuando, ya todos bien chispeados, invadimos la avenida para abrazarnos y saltar gritando al unísono: “La Paz-La Paz, La Paz-La Paz, …”. Ese momento noté que los paceños éramos mayoría en Oruro; entonces, dado que una ciudad es sus habitantes, podríamos decir que los urbandinos trasladamos La Paz hasta la capital del folklore, de tal forma que esta croniquilla, a final de cuentas, sobre la Ínclita nomás ha tratado. He dicho.

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