Crónicas Urbandinas

La Paz, desde su nombre, es ficción…

La secta del Félix

Posted by estido en 25 agosto 2007

Bueno, como el libro ya se ha presentado oficialmente, ahora sí puedo publicar el cuento. Sin embargo, ciertas características de la edición dificultan que sea posteado; por eso, lo he subido a la red para que cualquiera pueda descargarlo. Basta con hacer click con el botón derecho del mouse sobre la imagen y escoger (en la lista de opciones que aparecerá) “save target as…” o “guardar enlace como…”.

Claro que también recomiendo que compren el libro, pues además de este texto contiene los 9 cuentos finalistas del Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo 2007.
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Ad infinitum

Posted by estido en 23 agosto 2007

“Por qué”, decía siempre que le indicaban cómo vivir. “Porque Él así lo ha escrito”, le contestaban invariablemente. Entonces, adquirió conciencia del poder de las palabras. Aprendió a leer y escribir mucho antes que los demás niños de su edad, y cuando le tocó hacerse hombre, prefirió no hacer el amor, pues estaba convencido de que escribirlo era más placentero. Como cualquier otro joven, gran parte de sus pensamientos convergían en el sexo, pero a diferencia del resto, tenía una actividad sexual incesante, asombrosa. Prueba de ello son los ciento veintitrés tomos que, durante muchos años, produjo escribiendo el amor.

Cuando decidió que era tiempo de casarse, escribió una mujer y, luego, sus hijos. De esa manera, escribió una familia feliz, perfecta; pero una brisa inoportuna vino a malograr su plenitud, llevándose con sus brazos de aire varias páginas de su vida. No podía volver a escribirlas, nunca podría hacerlo de manera idéntica, jamás podría recuperar a la familia que había creado.

Escribió el dolor y la ira; después borró todo lo que había escrito y descubrió que la soledad era una página en blanco. Decidió, entonces, escribir un reino y se escribió rey. Escribió vasallos, bufones, cortesanos y un harem. Por mero aburrimiento, escribió otro reino y otro rey para poder escribir la ambición, la crueldad y la guerra. Lógicamente, escribió su victoria.

Ya viejo, cansado de su reino, escribió un universo y, de éste, se escribió Dios. Con el pulso cansado, escribió galaxias, constelaciones y planetas. No le quedaba mucha vida, por eso decidió escribir su inmortalidad, encargándosela a los seres escritos de un planeta que también escribió y nombró Tierra. Ellos, acatando su voluntad, lo escribieron inmortal; entonces, adquirieron conciencia del poder de las palabras…

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Dos a uno

Posted by estido en 2 agosto 2007

Llegó corriendo a la cancha, justo cuando el delegado entregaba las tarjetas del equipo a la mesa de control. Hizo notar su arribo con silbidos agudos, que indicaban, mejor que las palabras, que lo incluyesen en la formación titular. No podía ser de otra manera, pues Lucio era el capitán del equipo. Hace seis años que era el líder de ese grupo de albañiles que, sábado tras sábado, competían en la pequeña liga barrial, no porque fuera el mejor jugador, sino porque era el más veterano. Cuarenta y seis años: doce jugando en el “Puerto Acosta” y treinta trabajando de albañil. “Casi no llego, che. Se ha plantado el mini. Todo el desecho he venido bajando al trote”, dijo Lucio, como excusa por el atraso.

Y no era muy frecuente que diese explicaciones a sus compañeros, sobre todo desde que llegó a ser maestro; pero ese día era especial. Doce años habían pasado desde que formara el “Puerto Acosta”; doce años de estar mitad de tabla para abajo; pero ese día, ese 11 de noviembre, jugaban la final. “Carajo, cómo no voy a jugar. Tengo que correr”, pensó, cuando el minibús en el que se dirigía a la cancha quedó plantado con el motor humeante.

Luego de vaciar sus implementos deportivos del maletín de cuerina multiuso que lo acompañaba todos los días, se transformó en el capitán Lucio Chambi. Era un remedo de futbolista: las piernas demasiado delgadas en comparación con el enorme tórax y la prominente barriga. Las medias, que a fuerza de tanto enjuague habían perdido forma y color, chorreaban hasta formar un arrugado bulto encima del zapato. Sin embargo, ese día iba a estrenar un cintillo, reemplazando el pañuelo que solía atarse al brazo, como para gritar a todos: “yo soy el capitán, carajo”.

El equipo rival no era presa fácil. Lo conformaban jóvenes, hijos de comerciantes, universitarios algunos, bien alimentados, con el porte atlético andino. Habían llegado a esa instancia sin perder un solo punto. Eso no importaba, Lucio estaba seguro de ganar. Pero claro, su seguridad sólo tenía como base el inmenso deseo y la esperanza de llegar a ser el número uno, de triunfar aunque sea por unas horas. Treinta años de obedecer órdenes, de tragar “mierdas”, de aceptar “carajos”, de llorar “hijodeputas”, de prácticamente besar los pies del arquitecto de turno, le hacían desear imperiosamente ganar ese partido.

El árbitro sopló el silbato chino para indicar que el partido comenzaba. Monótono. Aburrido. Qué más se podía esperar de una liga barrial. Claro que los que estaban en la cancha no pensaban igual, y menos cuando los muchachos del “Forever Friends” anotaron un gol. Se abrazaron ruidosamente mientras algunos parciales exteriorizaban su alegría y apoyo encendiendo unos cuantos petardos de tres tiros, de esos que generalmente sólo sueltan dos.

Lucio insultó a su arquero, a los defensores, a los atacantes e incluso llegó a murmurar: “Qué pasa pues, Dios, ya no jodas”. Así continuó el partido, hasta que en el minuto veintidós de la segunda parte, Martín Poma, su ayudante de todos los días, anotó el empate. Lucio se arrojó a sus brazos, lo apretó hasta dejarlo sin aire. “Bien carajo, bieeeen. Te has ganado una caja, pendejo”, le dijo mientras lo asfixiaba. Y en el minuto ochenta y cinco, la gloria: penal. “Yo pateo, yo pateo”, gritaba Lucio mientras corría desde el centro del campo.

Tomó el balón con ambas manos, lo aprisionó como si alguien se lo fuera a quitar. “Ahora sí. Quisiera que me vea el patrón. ‘Inútil de mierda’, sabe decirme. Cuál inútil, carajo, yo hago sus casas. Yo voy a ganar”, pensaba mientras acomodaba el esférico sobre el punto blanco que la cal hacía resaltar en esa planicie polvorienta. “Diosito, dirigí mi pie. Si meto voy a bailar con traje de lujo este año, te prometo”. Se fijó en el arquero, un casi niño de dieciocho años. “A este chango lo voy a fusilar”. Tomó bastante impulso; retrocedió unos quince metros. Corrió con todas las fuerzas que le permitían sus piernas escuálidas, cansadas de soportar ochenta y tres quilos todos los días. “Conque inútil, conque cholo cojudo, conque hijo de puta. K’ara de mierda.” Y fue tanto el impulso, que llegó cansado, dando un mediocre puntapié al balón, que llegó suave a las manos del portero. Nadie le reprochó nada. Al minuto, gol del “Forever Friends”. Dos a uno.

A Lucio no lo consolaba ni la cerveza que tenía en la mano. No hablaba con nadie, sólo tomaba. En realidad, solamente algunos jugadores de su equipo tenían ánimo para hablar y reír, los demás tomaban callados. Pero el alcohol afloja los labios. “Bien burro eres, Lucio, cómo has de fallar tan de cerca. Yo hubiera chuteado”, le espetó Andrés Huamán. Lucio se hundió más en la depresión. Tomó el vaso con firmeza, lo bebió de un solo trago y se paró. Todos pensaron que iba a propinarle una golpiza a Andrés, pero pasó de largo. Se acercó al lugar donde los muchachos campeones festejaban: “Changos de mierda, fuera de aquí. A festejar a otro lado, pendejos”. El silenció siguió a las palabras de Lucio; luego, las risas, originadas por un balonazo que impactó en la nariz del maestro capitán. La trifulca se armó. Puñetes, patadas, mordisco, pellizcos, uno que otro botellazo, sangre, dientes… Los albañiles son rudos, no hay nada que hacer, dieron cuenta de los “Forever Friends” en pocos minutos. “Hemos ganado”, gritaba Lucio. Todos sus compañeros lo secundaban. Entonces sí tomaron bulliciosamente. Ya no hablaban del partido, sino de la pelea. “Yo le bajado la jeta al arquero”, “Yo le pateado las bolas al que ha metido el gol”, “Dos botellazos he dado a no sé quién”, y así, cada uno contaba su pequeña hazaña. “Hemos ganado, en algo por lo menos”, pensaba Lucio. De trofeo les quedaba el balón que, luego de golpear al capitán, quedó botando cerca del tumulto. “Esta es nuestra copa”, decía Lucio en medio de carcajadas, mientras levantaba la pelota del “Forever Friends”.

Poco a poco, se fueron retirando del lugar, dejando a Lucio solo, con la responsbailidad de cancelar la cuenta. “Dushentotrenta es, maistro”, le dijo la señora que los había atendido. Lucio, tan metido en la euforia alcohólico-pugilística, pagó sin pedir rebaja. Con el maletín en una mano y el balón-trofeo en la otra, caminó unas cuantas cuadras, completamente extraviado en sus pensamientos. “A ver, que me diga ‘inútil’ de nuevo. A veeeeer. A ver, que me diga ‘indio de mierda’. Le voy a pegar. Sin dientes le voy a dejar al arquitecto. Si será arquitecto, tamaño burro. Yo trabajo, él gana. Él se equivoca, yo cago. A nosotros siempre nos joden…”. Y caminaba por la acera, que de todos modos le resultaba estrecha, pues se esforzaba por mantenerse en medio de ella, como equilibrista de circo. “Al pobre nadies le da, al pobre nadies le da, al pobre nadies le presta, palomitay…”, cantaba Lucio a voz en cuello, mientras se acomodaba bajo el pequeño toldo de lata de una tienda, como si tuviera que resguardarse del sol o la lluvia. Poco a poco, fue disminuyendo el volumen de su canto, que alternaba con imprecaciones contra “el arquitecto”, hasta quedar profundamente dormido, pero eso sí, aferrado a su trofeo.

Soñó muchas cosas. Se vio en el partido, fallando el penal. Se vio en la construcción, agachando la cabeza mientras el arquitecto le mentaba a la madre y a la raza. Se vio en su casita, comiendo con sus cuatro hijos. Se vio en su cama, amansando a su mujer. Sintió alegría, sintió placer, sintió rabia, sintió hambre, sintió pena, sintió dolor, sintió dolor, sintió dolor… Abrió los ojos y alcanzó a ver la mano que retiraba el puñal de su estomago. Cayó al cemento frío. Su sangre brotaba a borbotones, formando un pequeño charco, del cual se desprendía un hilo que se iba haciendo más grueso, hasta que su cauce tomó rumbo hacia la mejilla de Lucio. Movió los ojos buscando su trofeo y lo divisó siendo arrastrado por los suaves toques que un par de pies le propinaban algunos metros más abajo. Levantó la vista tanto como pudo y llegó a distinguir al agresor. Una espalda delgada, cubierta por una vistosa polera que llevaba estampado el número doce y “Forever Friends”.

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Piratería urbandina

Posted by estido en 28 julio 2007

Hace años, la piratería de libros se realizaba rústicamente, de tal forma que al comprar alguno de estos textos existía una alta probabilidad de que tuviera páginas en blanco o que estuviera mal compaginado. Hoy en día, la calidad de los libros pirateados es bastante buena, por lo menos lo suficiente como para poder leer el texto entero sin sorpresas “editoriales”. De todas formas, aún deben seguir circulando los truchitos de antaño que jamás llegaron a venderse; digo esto, porque hace un par de semanas, mientras caminaba por el Prado, me detuve ante la oferta pirata de un puesto callejero, pues me atrajo un título: “El evangelio según Jesucristo”, de José Saramago. Pregunté el preció y pagué sin objetar nada, ya que luego de una rápida revisión, me pareció que la calidad de la impresión bien valía los treinta pesos que desembolsé. Sin embargo, un par de días después, cuando mi lectura había llegado hasta casi la mitad del libro, me percaté de que faltaba una hoja (de la página 234, saltaba a la 237). Lógicamente, fui a reclamarle al vendedor, esperando que me diera un libro completo o me devolviera el dinero. El tipo revisó el libro página por página, a pesar de que ya le había señalado dónde estaba el error, y me lo volvió a dar, diciéndome: “Joven, sólo le falta una hojita, no tiene nada malo, se puede hacer contar esa parte”. Al escuchar semejante despliegue de descaro, casi me caí de espaldas y sólo hubiera faltado que apareciese sobre mí un “¡PLOP!” gigantesco para coronar la escena. Demás está decir que tuve que retornar al hogar con la versión incompleta del libro y con la bilis brotándome hasta por los oídos.

Peores chascos se pueden sufrir cuando se compra un DVD pirata, pues no es nada raro que en algún momento la imagen se distorsione o simplemente se detenga, aunque el sonido siga avanzando. También ocurre que –y muchos lo han debido experimentar– que el contenido del DVD ha sido filmado en una sala de cine, por lo que, además del audio de la película, se escuchan risas, murmullos, jadeos, carraspeos, crujidos de papas fritas o llantos de bebés; y por si eso fuese poco, de tanto en tanto la sombra de los espectadores con vejiga chica atraviesa la imagen y, si la escena es interesante, la sombra se detiene hasta que su propietario sacia su curiosidad. Como en los libros, de nada sirve reclamar; los piratas siempre tienen un argumento para justificar los defectos de lo que venden: “¿Me puede cambiar esta película?”, dije con suprema ingenuidad. “¿Por qué’ps?”, me respondió. “Porque la calidad no es buena; la peli la han filmado en un cine”. “No creo, joven; a mí me parece que la han filmado en varias calles o en un buen estudio”. “No te hagas al opa; sabes a lo que me refiero. Esta copia la han grabado con una filmadora dentro de un cine, por eso se escucha la bulla de la gente y se ven las sobras contra la pantalla”. “Aaaaah. Más bien usted ha tenido suerte y le ha tocado la versión para home theater”. “¿Quí cosaaaaaa?” “Sí, pues, joven; en esa versión se incluyen efectos especiales para que el que la mire sienta que está en el cine. En todo caso, me tendría que aumentar cinco pesitos, porque esas son más caras”. ¡PLOP! (mientras un cocodrilo invade una casa cercana).

Y la piratería ha extendido sus tentáculos hacia el rubro “servicios”. Un primo mío, que vive en un edificio del centro citadino, me mostró un volante mal fotocopiado que había sido introducido en su departamento por debajo de la puerta. Palabras más, palabras menos, el volante indicaba: “¿Estás cansado de la TV nacional? ¿No tienes dónde ver los partidos de la Copa Libertadores? Ya no sufras: ¡afiliate a Under Cable! ¡Por sólo 10 $US mensuales!…” Obviamente, mi primo se afilió; pagó, además del primer mes adelantado, otros diez dólares para cubrir los costos de instalación. Con eso, el gerente-propietario de Under Cable compró treinta metros de cable coaxial para “compartir” su conexión legal, estirándola hasta el departamento de mi primo y, seguramente, también hasta los de muchos copropietarios del edificio. Como el negocio le salió muy bien, al poco tiempo abrió un café internet en la planta baja del edificio y, casi inmediatamente, creó la empresa “UnderNet”: “¿Estás cansado del Dial Up? ¿Gastas mucho en teléfono cuando descargas música? Ya no sufras…”

Los piratas informáticos, debo reconocerlo, tienen cierta vena humorística. Lo comprobé cuando, al intentar instalar un software que adquirí por diez pesitos, apareció en la pantalla una llamativa presentación que explicaba cómo hacerlo, mostraba el número de serie para activar el programa y, con letra de menor tamaño, decía: “Si tiene problemas con la instalación o el software no funciona, escriba a mecagoenvos@pelotudo.com y quéjese con su abuela, carajo”. Por suerte, pude instalar el programa sin problemas, ya que dudo mucho que ese fuera el mail de mi abuela y, menos aún, que ella hubiera querido devolverme mi plata.

En fin, en defensa de los piratas urbandinos, debo decir que gracias a su laburo muchos pueden acceder a la música, el cine y la literatura. Es una actividad ilegal, lo sé, pero también sé que en un país con ingreso per cápita tan bajo, sólo pirateando se puede otorgar al pueblo la posibilidad del acceso a la cultura.

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¿Dos millones? ¡Yaaaaaa!

Posted by estido en 22 julio 2007

A eso de las once de la mañana del viernes 20 de julio, la policía, a duras penas, logró rescatar a un monrero –que se había metido en una vivienda de Villa Armonía– de un grupo de seis o siete vecinos que querían lincharlo en la plaza del barrio. Sin embargo, la furia de los linchadores no se debía al intento de robo, sino más bien a que el sujeto no había respetado el paro cívico y estaba trabajando en vez de haber acudido al cabildo. “Seguro es chuqisaqueño este maleante”, decían algunos; “camba debe ser”, opinaban otros. Los gendarmes, a modo de ganar tiempo y calmar los ánimos, pidieron al sospechoso que mostrara sus documentos, y éste sacó su pasaporte peruano, con lo cual salvó la vida y, además, consiguió que los vecino le pidiesen disculpas, pues lógicamente, al ser ciudadano extranjero no tenía porqué participar en la movilización paceña. Así, el peruano pudo irse tranquilo, e incluso una doñita, arrepentida por los palazos que le había dado, llegó a decirle: “va disculpar, joven, otro día vuelva nomás”.

Probablemente, la acción de esos vecinos pueda ser injustificable, pero sí entendible, dado que el paro cívico paceño –como no ocurría desde que este cronista tiene uso de razón– fue acatado sagradamente; en las calles no había ni siquiera dulceras, es decir, el paro fue tan contundente que hasta el comercio informal apoyó la medida, cosa que ya es memorable. Sin embargo –y no lo cuento por desputero–, no pude dejar de advertir que una salteñería de la Plaza Abaroa atendió con normalidad; claro, era obvio, pues se trataba de las “Salteñas Chuquisaqueñas”.

Como se pudo apreciar en las imágenes televisivas, el cabildo tuvo una concurrencia multitudinaria; sin embargo, ¿será que –como algunos dijeron– asistieron más de dos millones de personas? Haré un cálculo básico y el resto lo dejaré para los ingenieros. Asumamos que en un metro cuadrado caben cuatro personas, por tanto, en cien metro cuadrados caben cuatrocientas, en mil caben cuatro mil y así, sucesivamente, podemos deducir que para dos millones de ciudadanos se necesitan quinientos mil metros cuadrados. Es aquí donde deben entrar los ingenieros –quienes deben saber el ancho del autopista y de las avenidas aledañas a la Ceja de El Alto– para estimar, de acuerdo a las imágenes aéreas, si efectivamente el cabildo tuvo tan millonaria asistencia.

A priori –de acuerdo a datos censales–, me imagino que para que el cabildo haya convocado a más de dos millones de personas, necesariamente la hoyada ha debido quedar desierta –sin linchadores, obviamente–; es más, hasta los presos de San Pedro han debido ser trasladados al magno evento; los prostíbulos seguramente quedaron sin funcionarias; los cuarteles han debido parecer pueblos fantasmas –con bolas de paja atravesando sus patios–; los hospitalizados –camillas incluidas– han debido salir a tomar un poco de sol altiplánico; los cleferos y alcohólicos, también han debido aportar con su granito de arena decidiendo ir a inhalar y beber a la noble urbe alteña…

Que el cabildo fue un éxito, no lo dudo; pero no debemos caer en la alharaca, ni en la hiperbolización. De lejos, de todos los cabildos organizados en la historia de este país, fue el más concurrido, lo cual no implica que se deban largar cifras de asistencia alegremente. Aunque es necesario mencionar que tradicionalmente somos medidores; pareciera que esa maldita canción del Conejo Riky –“gusanito medidor…”– ha quedado incrustada en nuestro subconsciente. De hecho, el “ojo de buen cubero” se puede apreciar en cualquier transmisión futbolera, ya que los relatores, sin ninguna duda, suelen decir: “remató desde treinta metros…”, “el balón pasó a diez centímetros del poste…”, “los pillaron medio metro adelantado…”

En fin, hayan sido dos millones o doscientas mil personas, quedó claro que La Paz no quiere que la sede de gobierno sea trasladada. Pero más importante aún –según mi punto de vista– quedó demostrado que los paceños expresan un sentimiento más nacional que regional; digo esto por un hecho sencillo, y sin embargo relevante: de entre esa muchedumbre reunida en la Ceja, la bandera que más flameó fue la boliviana; luego, la paceña y, después y muy pocas, la wiphala.

Si el año pasado me preguntaban sobre este tema, con seguridad hubiera respondido que preferiría que la sede de gobierno se trasladase a otro departamento. Hoy, las cosas han cambiado, pues me parece que se está tratando de ponerle una zancadilla a la Constituyente. Hace algún tiempo ironicé sobre el cambio de escudo, pues me parecía una discusión irrelevante. Hoy no ironizo, pues la discusión me parece relevante, pero creo que no es el momento apropiado, ni la manera correcta de hacerlo. Ahora bien, si me aseguran que el cambio de sede de gobierno va a reducir la pobreza, eliminar la discriminación y el racismo, borrar la corrupción, aumentar el empleo o generar industria, entonces, de hecho, la apoyaré decididamente.

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Con o sin trenzas

Posted by estido en 17 julio 2007

“El reinado de CHOLITA PACEÑA 2007 duró minutos”, así titula un diminuto artículo publicado en La Prensa, en el que se cuenta que Mariela Mollinedo –quien había resultado ganadora- fue despojada del título por utilizar trenzas falsas. La escueta nota, sin embargo, alcanzó resonancia internacional, pues varios periódicos del mundo la han reproducido e incluso incrementado (Perfil, El Nuevo Herald, El Universal, Chicago Tribune, The New Zeland Herald, Spiegel).

Debo decir que apoyo totalmente la decisión del jurado, pues estos concursos deben premiar, ante todo, la belleza natural de las candidatas. Las trenzas postizas, en este caso, podrían ser comparables a los anabólicos en el atletismo; es decir, es hacer trampa de manera descarada.

Para prevenir que un escándalo semejante vuelva a repetirse, creo que debería constituirse una comisión de jaladores, quienes serían los encargados de comprobar la autenticidad de las trenzas, además que también podrían calificar el estilo del trenzado, verificando –lupa en mano– cuántos pelos están fuera de su sitio, de tal forma que se le asigne justa y real dimensión al peinado tradicional de la chola paceña. Para evitar exageraciones malintencionadas, deberían establecerse ciertas reglas, como que los jaladores sólo jalen tres veces cada trenza para realizar la comprobación, o que sea obligatorio que se laven las manos antes de hacerlo.

Y considerando que la elección de Miss Bolivia ya está cerca, creo que también en este certamen es necesario asumir medidas similares. Obviamente, en este caso las trenzas no interesan, pero sí se debería verificar la naturalidad de otras zonas del cuerpo, pues si un par de pichicas postizas originaron la descalificación de Mariela, me parece que igual castigo deberían sufrir quienes se han tuneado empleando silicona. Por tanto, urge que se conforme la comisión de tocadores.

Es probable que la señora Gloria Limpias –quien organiza el máximo evento de belleza en Bolivia– objete esta propuesta aduciendo que es un costo extra difícil de financiar; por eso, la comisión de tocadores tiene que estar conformada por ciudadanos desinteresados, que estén dispuestos a sacrificar su tiempo sin cobrar honorarios, sólo con el noble propósito de que nuestra futura Miss sea una digna representante de la auténtica y natural belleza boliviana. Siendo yo un cholo patriota, me ofrezco como miembro y organizador de esta comisión.

Demás está decir que la comisión de tocadores tendrá sobre sus hombros muchísima más responsabilidad que la comisión de jaladores, pues, al fin y al cabo, como lo demostró Mariela Mollinedo, una cholita se ve igual de linda con o sin trenzas; sin embargo, ¿Miss Bolivia se vería bien sin tetas?

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No estaba muerto, andaba de parranda…

Posted by estido en 16 julio 2007

Muerto, aún no. Sólo estoy muriendo, como todo aquel que ha nacido. Sin embargo, en ese morir, sé que debo darle tiempo al vivir. Robándole las palabras a un maestro, se podría decir que hay que morir viviendo.

Las exigencias cotidianas, biológicas y culturales nos obligan –si no a todos, a muchos- a sumergirnos en la rutina laboral, pues sólo así se puede conseguir lo necesario para prolongar el morir, siempre con la esperanza de que algún momento el orden de los verbos se invierta. Y así estoy actualmente, ocupando la mayor parte de mi vigilia detrás de un escritorio; pero debo admitir que lo tedioso y sofocante de una ocupación así –en mi caso- se disimula bastante bien, incluso llegando a ser agradable, pues el azar ha tenido la buena leche de que el escritorio contiguo esté ocupado por un jefe al cual, desde mi época universitaria, admiro y respeto, de tal forma que la jornada laboral se transforma, generalmente, en jornada de aprendizaje y tertulia. Así, a veces pienso que soy extremadamente afortunado, ya que además de estar aprendiendo de la experiencia y conocimiento de Rubén Vargas, -¡aunque usted no lo crea!- me pagan por hacerlo.

En fin, lo anterior fue sólo para explicar el porqué de mi desaparición. Obviamente, no voy a poder dedicar el tiempo que desearía a este blog, pero tampoco pretendo relegarlo al olvido. Prueba de esta voluntad es el nuevo diseño que hoy –saludando de Julio el gran día- las Crónicas Urbandinas estrenan. Conciente estoy de que no es gran cosa, mas si consideran que mis conocimientos informáticos son limitados, podrán darse cuenta de que me ha demandado mucho trabajo.

Y ya que estamos celebrando la efeméride paceña, quiero repetir un post antiguo, porque creo que es lo mejor que he escrito sobre este hueco.
Del Illimani, ahicitos
Habitamos una ciudad bulímica, que vomita febreros y octubres, para volvérselos a tragar, de tan hambrienta. Sí, pero también habitamos una ciudad mágica, cuenca de cíclope tuerto, construida con ingenio y, sobre todo, con imaginación. Y aunque no tuvimos un Arzáns que nos fundara en la ficción, tenemos una memoria colectiva que se encarga de erigir imaginarios, de crear una verosimilitud que hace posible la vida en medio del caos de esta ciudad con nombre, más que irónico, farsante. Sí, La Paz, desde su nombre, es ficción. Ficción que habitamos y que nos habita, que es escape y retorno, y que nos reclama, a aquellos que hemos sido embaucados por sus coqueterías, perpetuar en el lenguaje la imposibilidad de lo absoluto.

Así, pues, del Illimani, ahicitos, no sólo habrá un hueco lleno de hormigas multicolores, sino también universos enteros, prestos a ser explorados, conquistados y colonizados. Porque habrá acaso en la nasal voz de los postmodernos copilotos andinos algo más que la promesa de un destino, algo similar a un coro polifónico que irrumpe en medio de la sinfonía bocinesca, en medio de un escenario caótico repleto de extras y efectos de humareda, para conjurar el hechizo del frío, que entumece piernas y corazones, con la naturalidad que impone el hambre a los 3600 días de vida.

Habrá acaso debajo de los toldos multicolores algo más que frutas de temporada, ropas chilenas made in Bolivia o radio grabadoras Panatonic, algo más cercano al ingenio que al contrabando, una especie de picardía regida por las leyes de sobrevivencia, que manda al carajo los miles de artículos del aparato legislativo/justiciero.

Habrá acaso en las paredes algo más que blancura monopol, algo parecido a versos clandestinos, a memorias de poetas anónimos que plasman su impotencia, frustración, alegría, desengaño, esperanza, furia, ideología, ánimo, amor, odio, calumnias, verdades, amenazas o declaraciones, en ese maravilloso e inacabable papel que se extiende por cuadras y cuadras y se ofrece, tentador/seductor, a las brochas o aerosoles de la creatividad urbana, que no se cansa de escribir cosas tales como: Cristo viene… ¡Hazte pepa!

Habrá acaso en la ínclita ciudad algo más que el reflejo del Illimani, algo más que calles orinadas, crucificados en pelotas, marchadores de tiempo completo, burócratas que esperan el viernes para ocultar el aro de matrimonio y gastarse la quincena con una negra interesada, minibuses–sardineras contagiadores de gripe, discos de Julio Iglesias con tapa de Los Panchos, perros cagadores/cogedores/mordedores, trasvestis cuarentones con minifaldas fucsias, bailarines de tilín, carteristas/albertos/monreros/campanas/juglares que han aprendido las historias del tío. Habrá acaso algo más que eso –y también eso, por qué no–, junto –revuelto–, en paz –¿será?– y amor –¿será?–, para cantarlo, contarlo, pintarlo, gritarlo, archivarlo y hacerlo conocer para perpetua memoria.

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San Juan Bloguero Urbandino (6º encuentro)

Posted by estido en 20 junio 2007

Como se había anunciado hace algunas semanas, nuestro 6º Encuentro Bloguero Urbandino será en San Juan (sábado 23). Los datos están en la imagen/invitación que acompaña a este post (denle un clik para ampliarla). Para mayores informes: 70149590 – estido@gmail.com.

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Primero será el fútbol, luego…

Posted by estido en 16 junio 2007

Como buen cholo urbandino, siempre me he sentido muy orgulloso de vivir tan arriba. Este profundo orgullo incluso me ha hecho soltar una que otra cursilería, como la que me salió cuando, estando de paseo en Cusco, una gringa me preguntó “¿Tú eres peruano?”, y yo le contesté “Nooooooooo, yo vivo 3600 metros más cerca de las estrellas”, ocasionando que la mochilera pelirroja abriese ostensiblemente los ojos y replicara, con una mezcla de incredulidad e ignorancia, “¿vives en Hollywood?”.

Y claro, por eso resulta comprensible que sintamos nuestro orgullo pisoteado cuando cualquier hijo de vecino, alegremente, se atreve a vituperar la bendita altitud de la Ínclita. Así de ofendidos nos sentimos, hace algún tiempo, porque cierto DT extranjero señaló que jugar fútbol a esta altura resultaba “inhumano”. Me imagino que dijo eso en medio de la calentura originada por la derrota de su equipo, tratando de achacar a la altura paceña las consecuencias de la mala vida de sus dirigidos, quienes, la noche previa al encuentro, fueron seducidos por las fotos 100% originales de los anuncios XXX de la prensa, y contrataron los servicios de algunas damiselas, con las que no sólo desordenaron las sábanas, sino que también brindaron copiosamente por la belleza del cielo andino. Un partido de fútbol es una actividad física exigente, es cierto, pero no implica ni el 10% del esfuerzo que requieren los placeres del catre; por eso, no es de extrañar que luego de saborear la “carne buena del altiplano” toda la noche, sus dirigidos no hayan tenido el resto físico necesario para patear pelota noventa minutos.

Ahora bien, esa anécdota nos conduce hacia otra barrabasada, pues algunos turistas comenzaron un rumor que, últimamente, está adquiriendo demasiado cuerpo: “en esta altitud, el sexo puede ocasionar infartos o embolias”. Ese disparate carece de sentido, porque con una mínima preparación física y una máxima cachondez, los jóvenes cholos practican sanamente todo tipo de actividades amatorias en las partes más altas de esta ciudad. Así lo pude comprobar hace dos meses, cuando me dirigí hasta el mirador de Alto Pampahasi con la intención de tomar fotos panorámicas de la Ínclita y un par de muchachos corpulentos me impidieron el ingreso, indicándome que los fotógrafos del Extra tenían la exclusividad del evento. “¿Qué evento?”, les pregunté. “La maratón sexual, pues, ¿acaso no sabías?”, me contestaron, empleando un tonito burlón y señalando un afiche contiguo al letrero que identificaba al Mirador; y digo “identificaba”, pues a partir de esa noche los organizadores de la maratón optaron por hacerle una ligera modificación para que el lugar quedase rebautizado como “Tirador”. En fin, el hecho es que al día siguiente todos los atletas sexuales se encontraban muy bien de salud, con amplias sonrisas (incluso los perdedores) y con ganas de volver a competir. Por tanto, quedó demostrado que el sexo se puede practicar/ejercer/disfrutar/padecer a cualquier altitud; aunque, en honor a la verdad, los cholos paceños tenemos la ventaja de poder lograr con más facilidad que nuestras circunstanciales parejas “toquen el cielo”, o que por lo menos lo rocen, porque está bien cerquita. Lamentablemente, ese rumor malintencionado está originando, cada vez más, que las turistas se priven de una experiencia celestial. De cierto modo, se está vetando la actividad sexual en La Paz sólo por su altura, y creo que la Cancillería debería pronunciarse al respecto, pues es un grave atentado contra las relaciones internacionales.

Estos absurdos rumores sobre los efectos de la altura se están diversificando. Hace algunos años era normal encontrar turistas ebrios en los boliches, pues uno de los principales atractivos turísticos de este hueco es la, mundialmente conocida, Cerveza Paceña; sin embargo, desde que se comenzó a hacer tanto revuelo por los 3600 metros, los extranjeros evitan consumir bebidas alcohólicas, pues creen que aquí el trago sube más rápido y que, por ende, existe un gran riesgo de intoxicarse. Conociendo estos antecedentes, no me sorprendió mucho –aunque sí me indignó bastante- que un ciudadano español finalizase un post sobre su viaje a La Paz con una recomendación/veto en mayúsculas: “EN ESA CIUDAD EVITEN LAS BEBIDAS, PUES OS ASEGURO QUE BASTARÁN DOS COPAS PARA QUE VUESTROS CUERPOS DEJEN DE PERTENECEROS”. Me imagino que este hijo de… la madre patria es demasiado pollo o, peor aún, ni siquiera lo debe ser, ya que seguramente todavía no salió del cascarón y por eso es tremendo huevón. Entre paréntesis, este tipo me hizo recordar un chiste que, pensándolo bien, debe nomás estar basado en hechos reales:

-¿Aló? ¿Pepe?
-¡Manolo! ¡Qué gusto escucharos!
-Igualmente, hombre, igualmente.
-¿Y a qué se debe este milagro?
-Pues nada, que te llamo para saber si tenéis tiempo para hacer un viajecillo de la puta madre.
-Tiempo sí tengo, Manolo, pero ¿a dónde queréis viajar?
-¡A La Paz, Pepe, a La Paz!
-¡Joder, hombre! ¿Y eso dónde queda?
-¡Vaya tío más ignorante! Queda en Bolivia, hombre, en Sudamérica.
-¡Hostias! ¿Y para que queréis que viajemos tan lejos?
-Pues nada, que me contaron que allá se folla de puta madre.
-¡Joder leche! ¡Eso me agrada!
-¡Claro! Por eso mismo os he llamado.
-Pero no os quedéis mudo, proseguid, decidme más detallines.
-Pues nada, que me contaron que ni bien uno pisa el aeropuerto ya comienza a follar.
-Noooooo…
-Que sí. Y también me contaron que en cualquier bar, basta con tomar un trago para que se inicie una orgía de puta madre.
-Noooooo…
-Que sí, coño. Además, me contaron que cuando uno entra en el cine no puede ver la película, porque antes de que apaguen las luces ya comienza la follada.
-Joder, Manolo, ¿y quién te contó todo eso? ¿Es gente de fiar?
-Pues claro, Pepe, me lo contó mi propia hermana, coño.

Recordar este chiste me hizo dar cuenta de que los vetos a beber y a follar en la Ínclita forman un círculo vicioso: una turista sobria tiene la posibilidad de reflexionar fríamente y, de ese modo, autosugestionarse sobre el peligro físico de tener sexo a 3600 metros sobre el nivel del mar, y como no quiere arriesgar la vida en un motel paceño, decide mantener su buen juicio evitando el alcohol.

Por el momento, estos “vetos” a los placeres urbandinos no son oficiales; pero si el veto de la FIFA prospera, es muy probable que las autoridades correspondientes de cada país se pronuncien oficialmente sobre otros aspectos que atañen a la altura paceña. ¡Se imaginan! ¡El sexo y el trago podrían ser vetados! Por eso, es de vital importancia que logremos revertir la medida de la FIFA, seamos futboleros o no, pues de ello depende que nuestra “dieta” sexual no quede reducida al chuño y al cuñapé (sin desmerecer ambos manjares, por supuesto).

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Minificciones III

Posted by estido en 10 junio 2007

En la retaguardia

“Usted, Iriarte, quédese aquí y cave una trinchera de veinte metros”, le había ordenado el sargento antes de partir con el resto del pelotón para intentar retrasar el avance del enemigo. Él, sin dilación alguna, emprendió la tarea con entusiasmo, contento por no haber tenido que arriesgar la vida en la refriega. A medida que avanzaba su labor, llegaba a sus oídos el eco de disparos distantes, confundidos con el griterío aterrador de los heridos. Lamentaba la suerte de sus camaradas, pero, precisamente por eso, disfrutaba cada paleada de tierra.

Al final de la tarde, Iriarte terminó su faena. Salió de la zanja para poder apreciar mejor su obra. “El sargento va a quedar satisfecho”, pensó, creyendo que había cavado una magnífica trinchera; sin embargo, un francotirador se encargó de sacarlo del error: mientras se desplomaba, se dio cuenta que había cavado una desmesurada tumba.

La apuesta

“Dos”, dijo con seguridad y recibió el par de naipes. Sin llegar a desprenderla por completo de la mesa, vio que la primera carta era un rey de corazones. Aunque estaba entusiasmado, su apariencia y actitud no se alteró en lo más mínimo. Levantó apenas un extremo de la segunda carta y descubrió el rey de espadas. Ya no tenía por qué contenerse: volteó sus cinco naipes sobre la mesa y se paró gritando jubilosamente: “Te gané, mierda, te gané”. Su esposa lo miró con indulgencia y suspiró profundamente antes de decirle: “Bueno, pero es la última vez que apostamos quién lava los platos”.

Caso resuelto

Cuando tenía cuatro años, Martina por fin pudo pararse sobre una silla para alcanzar la jaula del canario. Sacó al animal con delicadeza y fue corriendo hasta el baño, donde lo sumergió en el inodoro hasta que se percató que el ave ya no se movía. Luego de un tiempo, le tocó turno al gato; después, al perro, claro que con distintos métodos de tortura. Sus padres, advirtiendo el talento natural que tenía, decidieron alentarla y, sobre todo, profesionalizarla. Así, la inscribieron en una academia de artes marciales, le consiguieron un profesor de esgrima y, cuando tuvo la fuerza necesaria como para disparar con firmeza un arma, comenzaron a llevarla al polígono de tiro para que perfeccionara su puntería. Obviamente, no descuidaron las clases de actuación, pues estaban concientes de que un asesino profesional debía ser un artista del disfraz.

La población, atónita y espantada, se enteró de todo eso cuando la policía reveló los detalles del caso que, tras varios meses de investigación, había llegado a resolver. Con diez años de edad, Martina ya había adquirido los conocimientos necesarios para comenzar a ejercer su oficio. Su padre renunció al trabajo para dedicarse por completo a manejar la carrera de su hija. Sabía que ella generaría bastante dinero y no estaba dispuesto a compartirlo con su esposa; por eso, diciéndole que debía demostrar su frialdad y profesionalismo, le encargó a Martina que matara a su madre y le dio una muñeca nueva como pago. La niña, feliz por la muñeca, aceptó el trabajo sin dubitación y se fue a jugar al patio. Tarareando una melodía infantil, acomodó la muñeca en la canastilla de la bicicleta que su mamá, horas antes, le había dado al contratarla para deshacerse de su esposo. Más tarde, después de un normal y ameno almuerzo familiar, mientras sus padres dormían la siesta, Martina canturreaba “ta, te, ti, ta, te, to, ta, te, tu, el que use serás tú”, marcando el ritmo con los toquecitos que su índice daba a los cuchillos sucios del fregadero…

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La Muralla

Posted by estido en 4 junio 2007

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar.

Luis Alberto Spinetta

No recordaba cuándo fue la última vez que la había escuchado; de todas formas, y aunque la radio del taxi no tenía una fidelidad adecuada, oír nuevamente “Muchacha ojos de papel” rescató del olvido un período de su vida. Tenía unos quince años, pocos más o menos, cuando la voz de Spinetta y las disonancias de su guitarra le abrieron, en la mente y el corazón, un horizonte nuevo, alejándolo del “Para el pueblo lo que es del pueblo” que, con su monotonía y arenga, había tomado el lugar central de toda guitarreada.

El indolente de su hermano, ajeno a los trajines de la época, a las ideas revolucionarias y, por consiguiente, a su música, quién sabe cómo se daba modos para conseguir cintas de ese músico argentino que insertaba poesía en melodías inverosímiles. Así, seguramente en una tarde de ocio, antes que escuchar alguna marcha militar en la radio, prefirió escarbar entre las pertenencias del hermano y poner en la radiograbadora la primera cinta que pudo rescatar de entre ese caos de ropas, botellas, toallas, libros, cuadernos, discos, y otras tantas porquerías que ni siquiera eran identificables. Apretó el “play” y cambió su vida: la voz del Flaco penetró sus oídos y los desvirgó, reventando el himen que durante tantos años le había obstaculizado el placer de sentir la buena música.

El cambio fue notorio, y eso le hubiera costado ser repudiado por su pequeño grupo de revolucionarios trasnochados, de no haber finalizado, justo ese año, la larga presencia de las dictaduras en la conducción del país. Para Boris, democracia fue sinónimo de rock.

De su primera vez con el Flaco, a comprarse una guitarra y comenzar a tocar y cantar él mismo las canciones de su ídolo, transcurrieron apenas algunos meses. La labor no fue muy fácil, pues los acordes de Spinetta eran de una complejidad extrema; sin embargo, con las ganas que le puso y los sabios consejos de su vanguardista hermano, en cosa de un año, Boris ya amenizaba guitarreadas con las melodías de ese gaucho magistral. Y no faltó algún destetado con ínfulas de musicólogo que le dijera que esa música era de los setentas, simple resabio de una rebeldía pasada de moda. Pero Boris sólo respondía con una mirada de desprecio; el Flaco jamás sería anacrónico.

Años después, con la melena crecida y una barba incipiente contrastando con la palidez de su rostro, se alejó de las guitarreadas para ganar espacio en boliches subterráneos, en compañía de tres amigos que lo secundaban en el escenario: Boris Paredes había formado el grupo La Muralla. Con el ego bastante crecido, mucho más luego de fumarse unas yerbas buenas –como él decía–, no tenía el menor pudor a la hora tomar el micrófono y, con voz de trasnoche, proclamar que él era como un muro de contención que evitaba que la buena música se derrumbara finalmente en este país.

No, definitivamente no recordaba cuándo había escuchado por última vez la voz del Flaco; pero sí tenía en la memoria la última vez que había entonado una de sus canciones. Fue la misma vez que el dueño de La Caverna le dijo que la onda había cambiado: “No es nada personal, viejito, pero tu grupo ya no tiene público. Si por lo menos te decidieras a grabar algún disco, a meterle más ritmo a las rolas… quién sabe, talvez así…”. Sólo una mirada de desprecio, nada más, ese ignorante no se merecía ni siquiera el “hijo de puta” que Boris tenía atravesado en la garganta. Él jamás iba a someterse a la tiranía comercial de las disqueras. “Si aquí no nos quieren, ya encontraremos otro lugar donde sepan apreciar la buena música”, les dijo a sus compañeros, quienes para ese entonces ya habían hecho algunos contactos y tocadas clandestinas con otras agrupaciones, menos fieles al rock, pero que ofrecían, en una sola presentación, los ingresos que La Muralla no recaudaba en un año entero.

La muralla se fue derrumbando ladrillo a ladrillo, y ni siquiera el pilar principal pudo resistir el embate del huracán.

En cosa de dos meses, el grupo se disolvió y sus intentos de formar otro fracasaron rotundamente. Agobiado por algunas deudas, incitado por los ex compañeros, atraído por los billetes, Boris Paredes se fue acercando, poco a poco, a las movidas tropicaleras que reinaban en los boliches de la ciudad. Al principio, asistía a las presentaciones de sus ex compañeros sólo por evitar la soledad que comenzaba a aprisionarlo. No podía dar crédito a lo que sus ojos veían y, menos aún, a lo que sus oídos escuchaban: los muchachos, enfundados en cuerinas ajustadas, tocando sucesiones de cuatro acordes comunes, acompañaban a un gordito fosforescente que agitaba permanentemente sus rulos artificiales, dotando a su mímica de un histrionismo exagerado, mientras berreaba: “que no quede huella, que no y que no, que no quede huella…”.

Si ese desorejado podía congregar a unas quinientas personas sólo con el respaldo de un ritmo pegajoso, sin prestar la menor atención al tono de la canción, él podía llenar estadios. Conseguir grupo no fue difícil, sus cualidades vocales eran innegables. Pero claro, con eso no bastaba; todavía tuvieron que pasar algunos meses hasta que el ritmo le fue familiar y pudo comenzar a contonearse con la soltura del gordito encrespado.

El debut no fue auspicioso; no porque el grupo fuese malo, sino porque ya había demasiada competencia. A pesar de ello, quedó gratamente sorprendido cuando se realizó la repartición de las ganancias. Si así les iba en una mala noche, después de unos meses, cuando ya estuviesen más consolidados en el ambiente tropicalero, calculó, ganaría lo suficiente como para liberarse de deudas, ahorrar una buena suma que le permitiera vivir austeramente un par de años y dedicarse, aunque tuviera que hacerlo solo, a entonar las canciones de Spinetta.

Los meses calculados pasaron sin pena ni gloria. Y así vinieron otros más, hasta que sumaron tres años. Su grupo era una suerte de equipo de media tabla, no tan malo como para descender, ni tan bueno como para campeonar. Boris se encontraba tan desanimado como resignado, y de repente, mientras caminaba por una calle del casco viejo, vio una tienda de instrumentos folklóricos e inmediatamente surgió la idea, ese momento de iluminación que puede transformarlo todo. Por qué no introducir esos instrumentos al grupo, combinar ritmos nacionales con la pegajosa cumbia; no se perdía nada intentando. Sus compañeros no aceptaron de buen agrado la sugerencia, pero su insistencia y la amenaza de dejar el grupo si no lo complacían determinaron el nuevo rumbo musical –no muy alejado del anterior, por cierto– de Los Indomables.

Durante los ensayos, un aire de “se los dije” aparecía en la mirada de Boris cada vez que contemplaba el disco de oro que habían ganado. Su idea los había lanzado al primer puesto en las radios especializadas; tocaban de miércoles a domingo, ya sea en discotecas o fiestas particulares, con frecuencia salían de viaje al interior del país para realizar presentaciones y no faltaban las oportunidades para llevar su cumbia chicha más allá de las fronteras.

“…sueña un sueño despacito entre mis manos…”, seguía el Flaco en la radio, mientras el taxista, de tanto en tanto, levantaba la vista para observar por el retrovisor ese rostro que le parecía familiar. “Tú cantabas en La Muralla, ¿no?”, le dijo a Boris, sacándolo de sus recuerdos.

–¿Qué?
–Tú cantabas en ese grupo que tocaba canciones de Spinetta, ¿no?
–Ah, sí. Hace mucho tiempo ya.
–Sí pues, yo los fui a ver unas cuantas veces al boliche ese, ese… cómo se llamaba pues… la… la…
–Caverna. La Caverna.
–Sí pues, La Caverna. Lindo era ese local. Buena música, buena onda… pero después se ha jodido. Ustedes dejaron de tocar y vinieron otros grupos que hacían cosas más de moda, sin tanto sentimiento, ¿no?
–Sí, tuvo su buena época.
–Sí pues. Pero a ti casi no te he reconocido, has cambiado harto.
–Los años no pasan en vano…
–No, no es eso. Estás con otro aire, medio cambiado… no sé. ¿Ya has dejado la música?

Seguro lo estaba jodiendo, por lo menos eso pensó Boris. Cómo podía ser posible que no le haya escuchado cantar alguno de sus grandes éxitos, sobre todo el que estaba de moda, una reedición con injertos folklóricos de “Que no quede huella”. Era líder del grupo más exitoso, revolucionador de la cumbia chicha, ¿y este tipejo no lo sabía? Sin embargo, a pesar del orgullo herido, estaba conciente de que el taxista tenía razón, había cambiado mucho. Y mientras los acordes de la guitarra del Flaco, que se entremezclaban con sus pensamientos, comenzaban a atormentar su memoria, una nostalgia inmensa, de esas que fácilmente devienen depresión, lo invadió de repente.

–Creo que sí, hace tiempo ya no hago música.
–Qué pena, bueno era tu grupo.
–Los años no pasan en vano…

Y el recuerdo llegó. Un flash del pasado que lo encandiló, alejándolo de sus ansias previas, del nerviosismo agradable con el que había abordado el taxi. Era una gran noche, tenían que abrir el Festival Internacional de la Cumbia, un evento importante que por primera vez se organizaba en su ciudad. Sí, por fin recordó. Fue el día que cumplió veintitrés años. Sus compañeros de música habían organizado una tocada en su honor, con muchos invitados que alternaron en el escenario. Luego, se habían quedado en La Caverna para proseguir el festejo en compañía de varios discos del Flaco. Ebrios, compartiendo porros, juraron solemnemente dedicar sus vidas a rendir tributo musical a Spinetta. Sí, esa fue la última vez que lo había escuchado.

–¿Y no piensas volver a tocar?
–Tal vez.
–¿O la cumbia ya te ha agarrado?
–¿Qué?
–Es que como estás yendo al festival…
–Ah. No. Vivo por ahí.
–Qué huevada, te van a torturar los chicheros. Lo que es yo, jamás pongo esas radios tropicaleras en mi auto. Spinetta, Charly, Fito, a veces algunas bandas mexicanas, rock nacional, toda esa onda, tú sabes, el rock es más que música; creo que tú dijiste en un concierto algo así, no me acuerdo bien, que el rock es una filosofía, una forma de vida, ¿no?
–Ah… Sí, yo lo dije; eso era… eso es el rock.
–Bueno, ya llegamos. Que la pases bien.
–¿Cuánto te debo?
–No es nada, viejo; ha sido bueno charlar con un rockero de la vieja guardia.
–Gracias.

Bajó del taxi rápidamente y corrió hacia la puerta de ingreso de los artistas. Parecía como si quisiera escapar de la mirada curiosa del chofer. Saludó displicentemente a los conocidos y se encerró en su camerino. “Te has atrasado, pendejo, en quince minutos tenemos que subir al escenario”, le gritó una voz del otro lado de la puerta, “apurate”. Boris estaba listo, había preferido ir cambiado a la actuación, pues se sentía orgulloso del atuendo que esa noche iba a estrenar. Se miró al espejo y casi no se reconoció. La voz del Flaco le había hecho retroceder en el tiempo y le costaba identificarse con el gordito del espejo –enfundado en un traje de cuero negro, con flecos en las piernas y mangas, las botas con punta de metal, y el cabello rizado en peluquería–, tan lejano de aquel muchacho esmirriado que vestía jeans deshilachados, despreocupado totalmente por la apariencia física, con el cabello largo y lacio, que empuñaba su guitarra con firmeza para tocarla con pasión. Su guitarra, ¿qué sería de ella? Nunca la volvió a tocar. ¿Para qué?, si él era el vocalista, la estrella. Además, las disonancias de su compañera no servían para la cumbia. “Ya es hora”, le gritaron. Salió del camerino y buscó al guitarrista del grupo.

–Pepe, ¿trajiste tus dos guitarras?
–Sí, ¿por qué?
–Prestame una.
–¡Para qué!
–Quiero hacer algo diferente.
–¿Qué cosa?
–Quisiera hacer una canción yo solo, antes de tocar nuestro hit.

Pepe lo miró contrariado, pero Boris era el líder. Accedió. Subieron al escenario precedidos de una grandilocuente verborrea del presentador. Recibimiento atronador. Aplausos, gritos, “Boris, te amooooo”. Los Indomables dieron comienzo al Festival. Una tras otra sus canciones fueron coreadas y bailadas por el público. Se acercaba el fin de la actuación, debían tocar su hit. Boris le pidió la guitarra a Pepe. Los demás integrantes del grupo se miraron sin entender nada. “Creo que se le ha ocurrido algo nuevo para introducir el tema”, les dijo Pepe para calmarlos.

Se acercó al micrófono, agarrando temblorosamente la guitarra. “Hace muchos años, cuando muchos de ustedes eran niños, yo me inicié en la música…”, el público calló, “…tocando unas canciones bellísimas…”, algunas sentimentales comenzaron a lagrimear, “…y hoy quisiera compartir con ustedes, mi público, que siempre me ha apoyado…”, los aplausos brotaron espontáneamente, “…esa parte de mi vida”. En medio de la ensordecedora aclamación de los presentes, Boris comenzó a tocar los acordes del Flaco. “Muchacha ojos de papel, a dónde vas…”, el publicó calló, “…quédate hasta el alba…”, sus compañeros se miraron perplejos, “…muchacha, pequeños pies, no corras más…”, las sentimentales recogieron sus lágrimas, “…quédate hasta el alba…”, algunos silbidos se escucharon, “…sueña un sueño, despacito entre mis manos…”, Pepe se acercó a sus compañeros, “…hasta que por la ventana suba el sol…”, la rechifla se hizo general, “…muchacha, piel de rayón, no corras más…”, el baterista miró a Pepe esperando la señal, “…tu tiempo es hoy…”, algunas latas de cerveza llegaron violentamente al escenario, “…y no hables más muchacha, corazón de tiza…”, Pepe bajó el brazo con energía, “…cuando todo duerma, te robaré un color…”, el baterista entendió la seña y comenzó a marcar el ritmo, acompañando el canto de Boris. Inmediatamente, los demás se acoplaron. Boris los miró de reojo y le fue imposible no dejarse llevar por el ritmo que sus compañeros habían comenzado. La canción del Flaco quedó convertida en tropicalera introducción del hit, pues con una diestra maniobra, Pepe empezó a llevar la melodía hacia la canción que tanto éxito les había dado. Boris, impotente, resignado, comprendió la intención del guitarrista y comenzó a cantar con la voz quebrada, cosa que originó una aclamación espectacular del público, el hit de Los Indomables. “Esta canción que traigo, amigo, es una más de dolor…”, se escuchó en el Festival, mientras un par de lágrimas jugaban veloz carrera sobre las regordetas mejillas de La Muralla.

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EL JUEGO/DESAFÍO SIGUE EN PIE, CONTINÚEN ESCRIBIENDO.

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Hijoputismo

Posted by estido en 25 mayo 2007

“¡Hijo de puta!”, le grita a la cara. “Sí, ¿y qué?”, le responde el otro, “por lo menos, yo sé cómo gana plata mi vieja, mientras que la tuya se ha vuelto millonaria milagrosamente desde que es diputada”. Semejante argumento pone fin a la discusión y evita que la cosa llegue a mayores. Sin embargo, no es muy frecuente que alguien realice tal despliegue retórico cuando algún cholo atrevido enloda el honor materno; de hecho, generalmente ocurre que el hijo de la agraviada salta sobre el ofensor y lo somete a un despiadado masaje facial.

Pero, ¿por qué la gente se irrita tanto cuando se le dice “hijo de puta”? Si lo analizamos con calma, no es un insulto directo, pues en realidad se está ofendiendo a un tercero. Y a veces es muy saludable emplear esa lógica, tal como me ocurrió hace algunos años, cuando un gorilón de dos metros de altura y tres metros de ancho, buscando pleito, se agachó para mirarme directo a los ojos y gruñirme: “hijo de puta”. Tratando de contener la tembladera, simulé naturalidad para contestarle: “Mirá, viejito, no sé qué problemas tendrás con mi vieja, pero deben ser graves para que la insultes tan feo; mejor sería que con ella nomás arregles el lío, yo no tengo nada que ver en su peleas”.

Además, la prostitución es un oficio honesto e incluso altruista, pues las nobles meretrices otorgan placer a aquellos pobres desdichados que, por feos, están condenados a jugar solitario toda su vida; esos tipos que cuando uno los mira piensa: “a éste, en vez de parirlo, lo han cagado”. Viéndolo de ese modo, “hijo de puta” no podría considerarse como insulto. Creo que muchos han debido reflexionar sobre esto y, respetando la dignidad de las trabajadoras sexuales, han optado por insultar a las madres ajenas diciendo: “hijo de perra”.

Claro que esa modificación es simplemente un eufemismo que, en todo caso, resulta ser un doble insulto, pues no sólo ofende a las madres, sino también a las putas. Obviamente, el descriteriado que empezó a hijoperrear planteó una analogía entre las perras y las putas, lo cual no tiene ningún sustento lógico. Me imagino que la analogía se basó en lo siguiente: que las perras se meten con muchos perros, y las prostitutas, con muchos hombres. Sin embargo, no se consideró que las perras lo hacen por instinto, sin técnica y gratis; mientras que las putas lo hacen por voluntad, empleando técnicas amatorias y cobrando por su laburo. Por lo tanto, es inadmisible que se compare y equipare a las dignas samaritanas del catre con las calenturientas hembras de la especie canina. Afortunadamente, la sabiduría popular ha enmendado tremendo error, creando una definición concisa para hacer notar la diferencia: “puta es la que se encama con todos; perra es la que se encama con todos, menos contigo”.

Ahora bien, es necesario mencionar que el urbandino es un ser ambiguo y complejo: hijoputea para insultar y también para halagar. Es común que los cholos paceños reconozcamos las destrezas del prójimo exclamando, por ejemplo, “¡el Vicho es un hijo de puta para el fútbol!”, “¡el Cucas es un hijo de puta para el álgebra!”, “¡el Tajos es un hijo de puta para los golpes!”. En este caso no se trata de un halago a terceros, sino más bien de un lamebolismo directo. Si bien esta forma de hijoputeada no implica un agravio a las progenitoras, ni menoscaba la dignidad de las discípulas de Magdalena, incurre en una exageración que, indirectamente, subestima la calidad reproductiva de las mujeres que no ejercen el oficio más antiguo del mundo. Me explico: si todo ser que posee algún tipo de habilidad extraordinaria es un hijo de puta, quiere decir que las putas engendran a los superdotados; entonces, las arquitectas, secretarias, empleadas, profesoras, videntes, pildoritas, meseras, abogadas, cocineras, etc., engendran de normales para abajo. Obviamente, las meretrices han aceptado con gusto la exageración; es más, la han asumido como cierta y creen firmemente que son incapaces de procrear seres mediocres. Por eso, se enfurecen cuando algún cholo calumniador dice que los parlamentarios son sus hijos.

En fin, el hijoputismo urbandino es una exquisitez lingüística.

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EL JUEGO/DESAFÍO SIGUE EN PIE, CONTINÚEN ESCRIBIENDO.

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Variaciones de estilo

Posted by estido en 19 mayo 2007

Hace varios años, realicé unos ejercicios de estilo. Basándome en un relato de Jaime Sáenz (de su libro “La Piedra Imán”), debía reescribirlo de distintas maneras, respetando, en cada caso, una restricción específica. Bueno, el primer texto (“En líneas generales”) presenta un resumen del relato de Sáenz; los demás son algunas de las variaciones que escribí.

En líneas generales

Jaime compró un impermeable liviano y oscuro, cuyo aroma le parecía del Japón. Fue una prenda especial, porque carecía de botones y bolsillos, lo que le obligó a utilizar un cordón para amarrárselo en la cintura, sirviéndole este artificio para sujetarse los pantalones también. Un día, el Malevo Sanjinés y el Japonés Uría, bebedores consuetudinarios, le preguntaron de improviso si quería venderles su impermeable, a lo que él contestó que no. Entonces, le expresaron su admiración por la prenda y le preguntaron en dónde lo había comprado, respondiéndoles Jaime que lo adquirió en Japón. Ambos personajes empezaron a manosear el impermeable, razón por la que él, sin perder la compostura, retrocedió, se lo sacó y lo hizo desaparecer en un santiamén, a través de la sisa de su chaleco. Esta acción dejó boquiabiertos a sus amigos, quienes, finalmente, lo llevaron a tomar chicha. Sin embargo, tercos y molestosos, le pidieron con insistencia que les volviera a mostrar el impermeable, a lo que él accedió; pero luego, lo hizo desaparecer en la manga de su saco. Con el ánimo de calmarlos, les dijo que encargaría del Japón dos impermeables idénticos para ellos, pero que eso tardaría un poco porque ese país estaba en guerra.

Variación con idiolecto:

Economista

El individuo sujeto de estudio, que estaba en edad económicamente activa, seguro era desempleado. Digo esto, por la pobre indumentaria que vestía: un impermeable sin botones, cerrado con una cuerda atada en la cintura. Sus amigos, tal vez comerciantes minoristas -lo digo también por su apariencia-, hacían gala del circulante que portaban tratando de adquirir la desastrosa prenda. La transferencia de bien por efectivo no tuvo lugar, tal vez por la excesiva demanda opuesta a la escasa oferta. Y posiblemente, para luego recurrir a la especulación, el desempleado ocultó su impermeable. Después, sin respeto por los que no tienen ni para la canasta familiar, los tres sujetos se dirigieron a incrementar el alto índice de consumo de bebidas alcohólicas. En medio del despilfarro monetario, discutieron sobre el alto arancel a la importación de ropa del Japón.

Variación con sinécdoque:

Tesis

El ladrón de este siglo no sabe aplicar el cuento del tío, roba cosas baratas, no posee dedos finos, se deja sorprender fácilmente, se involucra emocionalmente con la víctima y se deja engañar por la misma.
Qué otra cosa se podría concluir, luego de observar a ese par de almas viciadas, fingiendo querer comprar esa ropa oscura, fea y sin botones. Y que luego de manosear la tela, viendo frustrado su objetivo por un par de manos ágiles, toman copa tras copa con esa mente despierta que termina engañando sus egos.
Tesis demostrada.

Variación con quiasma:

Relato de un robo frustrado
(¿O frustrado robo de un relato?)

Es común el robo de un abrigo, pero ellos no le trataron de robar un abrigo común. Éste era oscuro, sin botones y con un extraño olor a japonés, aunque debo decir que los japoneses no huelen extraño. El hecho es que el par de cacos le quisieron hacer el cuento del tío, aunque su tío nunca les contó cómo hacerlo. Talvez por eso no lo hicieron bien, y viéndolo del otro lado, qué bien que no lo hicieron. La víctima, al darse cuenta de sus intenciones, ocultó el abrigo en su chaleco, y entonces comprendieron que no era ningún chaleco su víctima. Para disimular que eran malos, tuvieron que llevarlo a tomar chicha, y qué chicha tuvieron que él sea bueno. Digo esto, porque él, lejos de enojarse, les prometió que les conseguiría abrigos iguales, aunque ellos se enojaron al saber de cuán lejos los traería.

Variación con octosílabos y anadiplosis:

Rimitas I

Jaimito tiene un abrigo,
un abrigo con cordón,
el cordón es una suerte,
una suerte de botón.

Sus amigos lo quisieron,
lo quisieron atracar,
atracar por el abrigo
y el abrigo hizo volar.

Entonces le propusieron,
le propusieron beber,
beber un balde de chicha,
chicha de mal proceder.

Después prometió comprarles,
comprarles a ellos un par,
un par de abrigos iguales,
iguales a su gabán.

Variación lipogramática:

Propongo

Os nombro: coso. Oblongo coso, no rojo, fofo, con ocho hoyos, sólo hoyos. Conozco dos cholos locos por vos, coso rotoso con foco cordonomorfo. Son coro lloroso los cholos: “Lo compro, lo compro, propón costo”. ¡Oh coso oloroso!, os propongo: go to hondo bolso, ¡pronto! Cholos choros, dos por dos ojos son pocos, ¡look look!: no porto coso. Choros doctos, como otros no conozco, os propongo: compro por los toldos ron coco o ron tropoff, lo tomo con vosotros, por nosotros, fondo fondo, bolos todos. Bolos cómodos, connoto: como hoy no doy coso, no por roñoso o por codo corvo, os los compro otro, propongo. Otro no, otros: dos cosos rotosos, sólo con hoyos, oblongos, fofos, no rojos, olorosos, con focos cordonomorfos, from Hong Kong, os doy otro otoño. No comploto dolo, soy cholo honroso.

Variación con soneto:

Rimitas II

Caminaba Jaime por una cuesta,
con un abrigo oscuro y sin botones,
cuando un par de sujetos muy bribones
le hicieron por el mismo una propuesta.

Como negativa fue su respuesta,
agarraron su impermeable a jalones,
por lo que él, sin esperar más razones,
lo ocultó sin dar lugar a protesta.

Sin desánimo, a beber lo llevaron,
e iluminados por unos faroles,
por el abrigo de nuevo rogaron.

Él, con la cabeza llena de alcoholes,
pedir, de donde el suyo lo importaron,
un par igual para ellos prometioles.

Variación libre:

Numerológicamente

Te lo digo, hermano, los números dicen todo. Por ejemplo, el número de tu impermeable es el once. ¿Por qué? Porque “impermeable” tiene once letras. El once es un número terrible. Sólo para demostrarte que es verdad: “ningún botón” suma once letras. Ya ves, once es igual a once, por lo tanto, tu impermeable no tiene ningún botón. ¿Es así o no?
Ahora bien, esos dos amigotes tuyos, el Japucho y el Malevo, siempre me dieron mala espina. “Japucho” tiene siete letras y “Malevo” tiene seis. Sumadas ambas palabras dan un total de trece letras. Ellos te quisieron quitar del medio, ¿verdad? Pues si tú quedabas fuera, ellos se quedaban con el impermeable: “tú” tiene dos letras, y trece menos dos es igual a once. Aystá, los números no mienten, hermanito, los números no mienten.
Pero además, “sisa” tiene cuatro letras, y “chaleco”, siete. Sumadas todas dan once. Restando esas once de las once de “impermeable”, da cero. Tal como pasó: hiciste desaparecer el impermeable en la sisa de tu chaleco. Si esto de los números no son coincidencias, hermanito.
Pero veamos lo demás. Como ya te dije, “Japucho” y “Malevo” suman trece letras. Si sumamos a eso las de “Jaime”, tu nombre, nos da un total de dieciocho. “Chicha” tiene seis letras, por lo tanto, los números dicen que ustedes tres se tomaron tres baldes de chicha. Hermanito, los números son mejores que los brujos.
Y para rematar, “promesa” tiene siete letras, sumadas a las de “impermeable”, dan un total de dieciocho. “País del sol naciente” tiene dieciocho letras. Obviamente, dieciocho es igual a dieciocho. Eso es lo que hiciste: prometiste conseguirles impermeables del Japón.
Qué tal metal, ¿ya me crees que los números lo dicen todo?

Variación metafórica:

Por refresco

El atacante avanzaba sin marca, con el balón de trapo que sólo mantenía su apariencia circular gracias a una cuerda atada en su parte media. De repente, lo rodearon dos defensores que trataban de adueñarse del esférico, pero el atacante, con hábil gambeta, lo escondió, dejando mal parados a sus marcadores. Una vez finalizado el encuentro, el atacante, que resultó ser el dueño de la pelota, ingería líquidos para refrescarse junto con los dos líberos. Como si se tratara del reprís, el volante ofensivo volvió a demostrar su habilidad con el balón, repitiendo el quiebre de cintura con el cual lo ocultaba. Los defensas quedaron sorprendidos y le pidieron la pelota, tal vez para practicar, pero el nueve les dijo que mejor les conseguiría unas iguales cuando un japonés que le regalaba trapos volviera de sus vacaciones. Después de un pequeño descanso, los tres volvieron a la construcción.

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Ahora, a prepararnos para el 6º

Posted by estido en 19 mayo 2007

Bastante concurrido resultó el 5º Encuentro Bloguero Urbandino. Por un momento, pensé que fracasaría, pues a eso de las 20:30, recibí una llamada de Vania, diciéndome que había perdido el vuelo y que estaba en lista de espera para el siguiente; pero en la misma situación se encontraba Miss Litoral y Vania creía que a la reina le darían preferencia. Sus palabras textuales fueron: “Entre la Miss y yo, obviamente que le van a dar el pasaje a ella”. “Tú te cagas, di que eres asesora personal de Evo Morales y listo”, le repliqué yo. Al parecer, la estrategia dio resultado, pues Vania consiguió el pasaje y llegó a la Ínclita a las 22:30. Bueno, para no hacer más largo esto, les dejo algunas imágenes de la velada:




El 6º Encuentro Bloguero Urbandino será el 24 de junio, San Juan, en la casa del Viejo Can (Perro Rabioso). A falta de fogata, encenderemos las piedras volcánicas para preparar anticuchos, que serán debidamente acompañados con sucumbé y té con té.

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A preparar los hígados para el 5º

Posted by estido en 13 mayo 2007

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