Crónicas Urbandinas

La Paz, desde su nombre, es ficción…

Archive for 25 abril 2007

4º ENCUENTRO BLOGUERO URBANDINO

Posted by estido en 25 abril 2007

Después de haberle dado reposo a nuestros hígados durante cuatro meses, es momento de que volvamos a reunirnos. Además, este Cuarto Encuentro Bloguero Urbandino tendrá un invitado especial: nuestro querido cumpa MARCO MONTELLANO, quien leerá fragmentos de su poemario Narciso tiene tos.

La cita es el lunes 30 de abril, a las 19:30, en el ETNO-café. El programa es el siguiente:

19:30 Bienvenida con cohetillos y coctelitos multicolores.
20:00 Lectura a cargo del cumpa Marco Montellano.
20:30 Ronda de secos de ajenjo.
21:00 Última presentación del monólogo “Jacinto”, del actor urbandino Pedro Grossman.
21:30 Farra general.
23:30 Levantamiento de cadáveres.

Quedan invitados todos los blogueros, lectores y eventuales curiosos.
Caballeros: Traje informal
Damas: Sin traje

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Casta

Posted by estido en 20 abril 2007

Husmeando en el disco duro, encontré este textito, que es el primer cuento que escribí en mi vida.
CASTA
Arsenio Miranda era el soltero más distinguido y cotizado del pueblo; sus padres poseían varias hectáreas de tierra, casas en la capital, caballos e incluso un auto, cosa que era un lujo y una extravagancia en esas épocas. Pero aparte de la fortuna que poseía su familia, él tenía méritos propios para ser el dueño del corazón de la mayoría de las mujeres de Lomas Verdes, incluidas cinco de mis siete hermanas.

Tenía un porte atlético y un rostro agraciado que en la infancia fue el causante de la burla de sus compañeros de juegos, ya que tenía la hermosura de una niña, pero en su juventud, adornado con una barba muy bien recortada, fue la envidia de los hombres del pueblo, lampiños de raza. Se destacó como el mejor alumno en la escuela, tocaba la guitarra como los artistas que escuchábamos en la radio y cantaba mejor que ellos. Por si todo eso no bastara, no había mejor pugilista que él, y se valía de esa aptitud para salir en defensa de las jovencitas que se veían asediadas por algún paisano pasado de copas en las fiestas del pueblo. En resumidas cuentas, y según la mayoría de las mujeres, incluyendo las casadas, su único defecto era el nombre, pero a pesar de ese desliz bautismal, Arsenio era la gloria de Lomas Verdes.

Arsenio tenía 23 años y nunca se había comprometido seriamente con nadie porque sus padres jamás habrían consentido que su “príncipe”, como le llamaban, se hubiera casado con alguna de las muchachas del pueblo, pero eso sí, no tuvo reparos en ofrecer su cuerpo a ninguna mujer, por más niña o anciana que fuera, tal como ocurrió con Doña Pasiva Vda. de Beristal, una encantadora ancianita de 74 años, abuela de Néstor Beristal, en ese entonces el mejor amigo de Arsenio.

Doña Pasiva fue, mientras vivía su esposo, una dama elegante que frecuentaba todos los acontecimientos sociales del pueblo -bastante pocos en honor a la verdad-, alegre y bulliciosa, la típica persona que habla casi gritando para hacer notar su presencia. Pero después de que su marido pasara a mejor vida -tal vez a peor, dependiendo sus pecados-, sólo se dejaba ver en las misas matinales, los sábados de feria y en los festejos patrios, siempre vistiendo de negro, sin rastros de pintura, lo cual dejaba al descubierto los inmisericordes estragos causados por el tiempo y las penas.

Arsenio, como mejor amigo de Néstor, acompañaba a éste a la casa de su abuela para visitarla y a nadie causó sorpresa que Arsenio fuera solo cuando Nestor cayó enfermo y tuvo que recluirse en cama dos semanas. Sin embargo, alguna lengua anónima empezó a hacer circular rumores sobre una supuesta aventura del joven Miranda con la anciana, y como ocurre en estos casos, nadie había visto nada, pero todos sabían todo.

Debido a que la amistada de ambos no sufrió cambio alguno, yo pensé que Nestor no se había enterado de que el repentino cambio de actitud de su venerable abuela se debió a una apasionada noche -¿o varias?- junto a Arsenio. Y es que el cambio no fue algo sutil, ya que la anciana, que solía vestir un luto riguroso y sólo se dejaba ver en contadas ocasiones, empezó a asistir a todo acto público elegantemente vestida, perfumada y pintada como una jovencita; pero a las pocas semanas se encerró en su vieja casa y jamás se volvió a saber algo de ella. Muchas personas aseguraron que los padres de Néstor la mandaron a un asilo en la capital, y otras tantas, que la viuda había pasado a mejor vida y por no asumir los gastos del entierro, sus desalmados parientes ocultaron el fatídico hecho dejando que el cadáver se hiciera polvo en su vieja casona.

En una noche de copas, común entre los solteros del pueblo, aprovechando que al calor de las mismas me portaba más locuaz y desinhibido, le pregunté a Arsenio qué es lo que le pudo atraer de una mujer que tenía arrugas hasta en las nalgas; sin perder la sonrisa, se acercó a mi oído y me dijo: “Lo hice por compasión, como con todas”. Esa respuesta me encolerizó, ya que en ese momento me di cuenta de lo pretencioso y soberbio que era. Él no pensaba tener nada serio con ninguna mujer porque se creía “pariente de Dios” y consideraba que ninguna mujer era digna de su persona, pero en su estúpido razonamiento se creía muy bondadoso y compasivo por el hecho de acostarse con cuanta mujer se lo pidiese. Y la cólera se convirtió en furia incontenible al recordar que cinco de mis hermanas estaban locas por él y que tal vez ya se lo habían pedido. Sin poder contenerme, me abalancé sobre él y aunque lograron separarnos, suerte mía, desde ese día quedó sentado que Arsenio Miranda y yo éramos enemigos.

Un día, de esos en los cuales la monótona vida de un pueblo parece ser el destino final de la vida de sus habitantes, Néstor Beristal regresó de pescar acompañado de una tímida muchacha que aseguraba estar buscando a su padre, ya que su madre había fallecido en un accidente y lo único que le pudo decir antes de expirar es que su padre vivía en Lomas Verdes. Esta muchacha era encantadora de pies a cabeza, tenía el pelo negro y largo, perfectamente rizado, sus ojos del color de la miel, los labios más finos que jamás se habían visto en el pueblo, usaba faldas largas a pesar del calor reinante, pero la humedad que su cuerpo emanaba hacía que se le pegaran a sus firmes muslos, causando revuelo en todos los hombres que la vieron llegar a la plaza. Para rematar, su nombre era Casta.

–¿De dónde salió esta mujercita? -preguntó Arsenio a Néstor.
–Parece que viene de la capital en busca de su padre -le contestó-. La encontré caminando hacia el pueblo cuando regresaba de pescar.
–¿Y quién es el padre de esta hermosura?
–No lo sabe, tampoco sabe el nombre, pero dice que alguna vez vio una foto de él y que así podrá reconocerlo.

Después de contestadas todas sus preguntas, Arsenio decidió presentarse a la jovencita.

–Disculpe si la molesto, señorita, pero me he enterado de su terrible historia y no puedo más que ofrecerle mi ayuda para encontrar a su señor padre -dijo Arsenio, con un inusual aire de inocencia.
–Le agradezco su interés señor…
–Arsenio Miranda, para servirle con toda devoción.
–Le reitero mis agradecimientos, señor Miranda, pero creo que la única forma de encontrar a mi padre será tocando puerta tras puerta, viendo la cara de todos los hombres con edad para tener una hija de 19 años.
–Pues yo soy el único que tiene un coche en el pueblo y me sentiré honrado de servirle de chofer, además de que conozco a todas las familias del lugar, lo cual puede facilitarle las cosas. Le ruego acepte mi humilde ayuda.
–Muchas gracias; estoy sola en el mundo, la ayuda de un caballero decente como usted me viene caída del cielo -respondió Casta, esbozando una enigmática sonrisa.

Las palabras de Arsenio eran las de un ejemplar caballero, caritativo y solidario, dispuesto a ayudar una joven en apuros, cosa que sorprendió a todas las personas que lo conocíamos bien. Él era muy “compasivo”, pero de bondadoso y solidario no tenía nada. Rápidamente un rumor corrió por todo el pueblo, y es que un día saturado de monotonía era la ocasión precisa para que los rumores se extendieran y se deformasen. “Parece que apareció la media naranja de Arsenio”, murmuraban las bocas de todos.

Ajenos a estos comentarios, Casta y Arsenio se dedicaron toda la tarde y parte de la noche a buscar al padre de la muchacha, pero la búsqueda resultó infructuosa porque ninguno de los arrugados rostros que vio Casta se parecía al del hombre que alguna vez su madre le había enseñado en una fotografía. La dulce joven descargó todas sus lágrimas en el poderoso pecho de Arsenio, parecía que la vida había terminado para ella. Arsenio la abrazaba y acariciaba tiernamente su cabeza, y algunos que vieron la escena aseguran que también llegó a derramar unas cuantas lágrimas. Él le ofreció alojamiento en su casa, y aunque sus padres no aceptaron de buen gusto la iniciativa, tuvieron que ceder ante los deseos y el buen corazón de su “príncipe”.

Nadie sabe qué pasó en la casa de los Miranda esa noche, pero al día siguiente la sorpresa de los habitantes de Lomas Verdes fue mayúscula al enterarse de que Arsenio Miranda y Casta Lacretti contraerían matrimonio ese mismo día. Los padres de Arsenio hicieron todo por convencerlo de que esa muchacha, por más bella que fuera, no le convenía, pero de nada sirvió, él había tomado una decisión definitiva. Entonces optaron por hablar con el padrino del novio, Nestor Beristal, para que éste disuadiera a su hijo de lo que ellos consideraban un capricho que traería consecuencias funestas para la familia.

–Néstor, no entiendo cómo pudiste aceptar ser parte de este disparate -dijo, casi gritando, don Narciso Miranda.
–Don Narci, tiene que entender que Arsenio es mi mejor amigo y que no puedo negarme a oficiar de su padrino -replicó Nestor, con una gran sonrisa que denotaba su complacencia ante la inminente boda.
–Por lo visto, estás feliz por el desdichado rumbo que está por tomar la vida del que dices ser amigo -poniéndose el sombrero, Don Narciso trataba de ocultar los ojos vidriosos, pero su voz delataba que el llanto estaba a punto de brotar de ellos-. Sobre tu conciencia pesarán las desgracias que a mi hijo le tocarán vivir.

Dicho esto, Don Narciso se alejó, casi arrastrando los pies, mirando a la tierra como si estuviese implorando que se abriera y lo metiera en su vientre.

La ceremonia empezó ni bien se hizo presente el cura del pueblo vecino, faltando veinte minutos para las seis de la tarde, si mal no recuerdo. Nunca la iglesia había estado tan concurrida, parecía que absolutamente todos los pobladores de Lomas Verdes habían acudido a presenciar el inesperado matrimonio; incluso los dos presos de la celda de la comisaría, maniatados y con dos guardias de escolta, eran parte de la concurrencia. Tuvieron que sacar los bancos al traspatio de la iglesia, porque ese era el único modo de que la sofocante cantidad de gente entrase a saciar su curiosidad; únicamente dejaron el de la primera fila, donde estaban sentados los inconsolables padres del novio, quienes no sólo parecían estar totalmente opuestos al matrimonio de su hijo, sino también parecían presentir alguna desgracia, que de hecho ocurriría minutos después. Don Narciso y doña Arsenia Miranda no cesaban de rogar a su hijo que cambiara de determinación, amenazaban con desheredarlo, con quitarle el apellido e incluso con suicidarse, pero Arsenio parecía estar hipnotizado y ni siquiera prestaba atención a las palabras del sacerdote, porque no dejaba de contemplar la hermosa figura de Casta. Al darse cuenta de que su “príncipe” se casaría con la bastarda y que la deshonra caería sobre el dignísimo apellido Miranda, adoptaron la fatal decisión de quitarse la vida justo cuando su hijo pronunció el “sí, acepto”. El espanto fue general, las señoras se desmayaban, cayendo unas sobre otras, los niños gritaban, las jóvenes se tapaban los ojos, no faltó algún desequilibrado que reía a carcajadas y, en medio de toda esa barahúnda, de esa tragedia impensable, se escuchó la atronadora voz de Arsenio:

–¡Padre, usted no se mueve de su lugar! -gritó con las cejas tan juntas que parecían una sola-. Esta boda se terminará de celebrar, porque nada ni nadie evitará que esta noche haga mía a esta mujer.

Todos se quedaron atónitos ante esa insensible y desquiciada actitud, el silencio se apoderó de la iglesia y los cuerpos con las sienes perforadas de Don Narciso y Doña Arsenia Miranda permanecieron sentados, como si siguieran presenciando la boda de su único hijo.

Terminada la insólita ceremonia, Arsenio cargó a su esposa con todo el poder de sus brazos y se la llevó hasta su casa, sin siquiera dar una mirada a los cadáveres de sus padres. La gente se recuperó del asombro y organizó el velorio en la misma iglesia. En medio de los llantos -algunos sinceros, otros de rigor-, los presentes comentaban a media voz lo que acababan de presenciar, nadie hallaba una explicación lógica al súbito cambio de Arsenio, por lo cual la superstición pueblerina, muchas veces sabia, fue la única capaz de explicar semejantes acontecimientos. La mitad del pueblo aseguraba que Arsenio había sido poseído por el diablo y la otra afirmaba que Casta era el diablo.

Durante tres semanas y cuatro días, los flamantes esposos no mostraron la cara, y los vecinos afirmaban que nunca habían escuchado a dos amantes hacer tanto bullicio a toda hora del día. Después de ese lapso, salieron para dar un paseo por la plaza; Casta era la viva imagen de la felicidad, radiante y más hermosa que nunca, pero Arsenio ya no era el mismo, había perdido bastantes quilos, extrañamente estaba lampiño y crecientes arrugas comenzaban a formarse en su rostro.

Algunos días después, cuando volvía de pescar, me encontré a Casta, quien cargaba una pequeña maleta en la mano, caminando con dirección al pueblo vecino. No pude evitar la curiosidad, o más bien la atracción, y me acerqué a ella.

–Buen día señora Miranda -la salude sin poder sacar los ojos de su escote-. ¿Dónde se dirige tan temprano?
–Buen día -me contestó, sin disimular la gracia que le causaba la dirección de mi mirada-. Me voy del pueblo.
–¿Cómo, y Arsenio? ¿Es que se pelearon?
–Nada de eso, simplemente ya hice mío a ese hombre, ahora voy en busca de otro.

Ese mismo instante, ante esa respuesta, la imagen de inocente y desdichada jovencita con la cual llegó al pueblo quedo destrozada y desterrada de mi memoria.

–Pero parecían tan felices…
–La felicidad no existe si no hay vida, y ese pobre ya esta casi muerto -una sonrisa se dibujó en sus tentadores labios.
–Pero Arsenio va a sufrir mucho -y otra apareció en los míos.
–Es problema de él, de todas formas yo jamás lo amé, es un simple fanfarrón soberbio que nunca amó a nadie hasta que me conoció y aún así lo negó, lo importante es que me sacié de él.
–Pero si no lo amaba, ¿por qué se casó con él?
–Por venganza -mientras pronunciaba estas palabras su semblante adquirió una expresión de felicidad siniestra-. Por venganza.

Y dicho esto se alejó poco a poco de mi vista, del pueblo y de la vida de Arsenio.

Pasó mucho tiempo hasta que Arsenio volvió a salir de su casa, y no lo hizo por voluntad propia, sino porque llegaron funcionarios de un banco de la capital a embargarle sus propiedades, debido a que su padre, que en paz descanse, había realizado importantes inversiones para lo cual había recurrido a créditos bancarios y al fallecer nadie había cubierto el importe de la deuda.

Así pasaron los días, los meses y los años, hasta el presente, donde escuchar todo mi relato y creer que el borracho que descansa en la plaza del pueblo, sucio, con el cuerpo que parece un saco conteniendo a unos huesos por derrumbarse y que por las noches duerme al pie de las tumbas de sus padres, en compañía de las ratas, era el gallardo Arsenio Miranda, resulta difícil, pero para los que conocemos su historia resulta comprensible. Y para ser honesto, yo sólo llegué a comprender esos extraños acontecimientos pocos años atrás, en el velorio de Néstor Beristal, cuando intentando ir al baño, por equivocación entré en el que fuera su dormitorio y me quedé petrificado al observar, en la mesita de noche, un retrato de Casta, o mejor dicho, de Doña Pasiva Vda. de Beristal en su juventud.

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3D en La Paz

Posted by estido en 12 abril 2007

El cine tridimensional es, básicamente, sólo una ilusión óptica. En la Ínclita, además de los lentecitos bicolores, para captar las imágenes en 3D de las pocas películas que llegaron en este formato, el espectador tenía que usar, y muchísimo, la imaginación. No había mayor diferencia entre ver el filme con o sin las dichosas gafitas rojiazules, pues la tercera dimensión sólo aparecía por instantes y de manera borrosa.

La mayoría salíamos puteando, sintiéndonos estafados y, sobre todo, jodidos, pues nos parecía demasiada desigualdad que el tercer mundo estuviese condenado a la segunda dimensión. Sin embargo, luego de alguna de esas proyecciones truchas, un amigo daltónico me dijo, inflando el pecho, que él sí había podido percibir la tercera dimensión. Yo, como buen cholo envidioso, le repliqué: “Qué bien, hermanito; pero sería mejor que pudieras percibir los colores del semáforo, y mucho mejor todavía, que pudieras vestirte solo, sin que tu mamá te combine la ropa”. Obviamente, luego de notar que el cuatecito lagrimeaba, le pedí disculpas: “Perdoná, hermanito, es que estoy puteando porque yo no he visto nada; además, tu viejita siempre te lo combina bien tus trapos”.

Una vez se anunció la proyección de una porno en 3D y, como no podía ser de otro modo, junto con el Junior decidimos acudir al estreno. Como aún éramos menores de edad, para prevenir cualquier contratiempo que nos pudiera poner en vergüenza pública, fuimos a comprar las entradas a las tres de la tarde (la película se iba a proyectar a las siete de la noche). Como yo tenía cara de viejo, me vendieron los boletos sin ningún problema y luego nos fuimos a caminar y comer para hacer hora. Faltando quince minutos para las siete, llegamos al cine, donde había una larguísima fila en la boletería. Sin mirar a los costados, tratando de ocultar la cara, nos dirigimos a la puerta de ingreso. Yo entré primero y apresuré el paso para refugiarme de las miradas curiosas, pero antes de que pudiera perderme en la oscuridad de la sala, la vocecilla nerviosa del Junior me detuvo: “Willyyyyyyyyyyy, Wiiiiiillyyyyy, ven un cachito”. Cuando compramos las entradas, pensamos que todo ya estaba resuelto; si no nos habían pedido carnets, asumimos que tampoco lo harían al ingresar. Sin embargo, el tipo de la puerta no pudo dejar de notar que el Junior tenía (y aún tiene) cara de adolescente pajero, por lo que le pidió que demostrase su mayoría de edad. Entonces, engrosé la voz y fruncí el ceño para decirle al tipo: “No hay problema, es mi sobrino, viene conmigo”. Me miró y esbozó una sonrisa antes de gritar: “Felipeeeeeeee, devolveles su plata a estos changos, no pueden pasar”. Y con dos tomates en vez de rostros, tuvimos que ir hasta la ventanilla del Felipe, quien nos devolvió nuestros billetitos, en medio de la carcajada general de los viejos calenturientos de la fila.

Otra ocasión, no menos vergonzosa ni menos frustrante, acudimos a la premier de una película de Freddy Krugger en 3D. Las pesadillas donde el quemado asesinaba a medio mundo nunca me asustaron, pero, ingenuamente, creí que talvez con la tercera dimensión alguito me harían temblar. Obviamente, ya en los primeros diez minutos me di cuenta que eso no pasaría, por la sencilla razón de que, una vez más, el 3D había sido un blef. Seguramente los dueños del cine estaban concientes de que mucha gente protestaría por el engaño, cosa que ha debido impulsarlos para ingeniar un 3D, sin tecnología alguna, pero con picardía urbandina. Así, disfrazaron de Freddy a un tipo, quien se acercaba a la gente distraída para meterles un susto de dimensión mayúscula. Yo escuchaba los gritos y pensaba: “Qué les pasa a estos huevones, si esta película no asusta nadita”. En esas reflexiones andaba cuando sentí dos toquecitos en el hombro; instintivamente, me di la vuelta y me topé con el disfrazado, quien se acercó a mi cara agitando los brazos y gritando como endemoniado. Lógicamente, casi me da un paro cardiaco y, con los ojos cerrados, a tiempo de gritar como monja manoseada, reaccioné golpeando al Freddy trucho con mi botella de coca cola hasta que, ya sujeto por otros espectadores, pude calmarme y escuchar al infeliz, que seguía atontado en el piso, suplicar clemencia: “Perdón, jefe, perdóooon, chiste era”.

Desde hace una década, por lo menos, que ya no volvieron a ofrecerse películas tridimensionales en la Ínclita. Supongo que la ingenuidad urbandina llegó a su máximo nivel y, por fin convencidos de que la tercera dimensión no existe en el tercer mundo, los cholos de este hueco dejaron de acudir a las salas que lucraban con esas mamadas. Sin embargo, debo confesar que todavía tengo la esperanza de ver una porno en 3D, claro que ahora no iría con el Junior.

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Un año más, por favor

Posted by estido en 8 abril 2007

Corría el año 1986; junto con mis padres vivía en Puerto Suárez, localidad fronteriza del departamento de Santa Cruz. Se iba a disputar el tercer partido para definir al Campeón Nacional de la Liga Profesional del Fútbol Boliviano, pues en los cotejos jugados en tierras colla y camba, los elencos locales habían derrotado a los visitantes; por tanto, Cochabamba iba a recibir a The Strongest y Oriente Petrolero en su estadio, el Félix Capriles, donde uno de los dos daría la vuelta olímpica y el otro lloraría en los vestidores.

La televisión nacional no llegaba hasta ese rincón del país, y obviamente los canales brasileros no iban a transmitir ningún partido de nuestro fútbol; sin embargo, la onda corta de la radio Panamericana podía ser sintonizada, aunque no nítidamente, para seguir las acciones de la final. Junto con mi viejo nos acomodamos en torno al receptor y compartimos la emoción, el nerviosismo y la alegría de un partido que el Tigre dominó de principio a fin, aplastando a los refineros con tres goles y manteniendo la valla invicta, con una inspirada actuación del caudillo Galarza, que esa noche incluso se dio el gusto de atajar un penal. The Strongest se coronó Campeón y en Puerto Suárez se escucharon las explosiones de los petardos que un par de collas, padre e hijo, hicieron reventar para hacer explícita su algarabía.

Dos décadas y un año han pasado desde entonces. El Tigre ha tenido sus momentos buenos y malos, pero jamás he dejado de sentir orgullo por su garra e historia. Hoy se festejan los 99 años de mi equipo, del equipo de mi viejo. El próximo año, el del Centenario, seguro habrá una fiesta gigante y espero que el cáncer no se porte choli y permita que mi padre esté a mi lado para festejar juntos, como lo hicimos ese lejano 1986.

¡VIVA EL TIGRE, CARAJO!

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Nadie manda en la memoria

Posted by estido en 5 abril 2007

Poco antes de jalar el gatillo, aún vislumbró la posibilidad del perdón, pero la desechó inmediatamente, pues sabía que su memoria no tendría igual misericordia y jamás le otorgaría la paz del olvido. La decisión ya había sido tomada: cerró los ojos y disparó.

“Nadie manda en el corazón”, le dijo Frida, intentando calmar sus temores y distraer sus escrúpulos. “En el corazón, no; pero la voluntad nos obedece”, contestó Edy, apartando torpemente el rostro ante el intento de caricia que ella quiso ofrecerle. Frida se molestó por esa actitud, y dado el contexto, su enojo era justificable, pues estando ambos en la cama, desnudos y todavía estremecidos por el orgasmo previo, resultaba hipócrita que Edy le saliera con semejante ataque de moralidad.

Frida tenía treinta y siete años; Edy, veintidós. Sin embargo, los quince años de diferencia no eran el problema; tampoco representaba un obstáculo perturbador el hecho de que ella estuviese casada, pues si bien la sociedad seguramente condenaría esa relación, la opinión de los demás nunca había sido relevante en las determinaciones que Edy asumió durante su vida. Pero su padre no era cualquier persona; el viejo jamás se había comportado con él como un progenitor típico, sino más bien como un gran amigo, un cómplice, un compinche. Por eso, Edy siempre había respetado y considerado los consejos y observaciones del Pato.

El doctor Patricio Heredia atendió el parto de su esposa y, de ese modo, fue el primero en sostener a Edy. El recién nacido lloraba entre las manotas del doctor Heredia, y éste, llorando también, le susurraba una promesa: “Hijo, llorá todo lo que puedas, porque te prometo que nunca más, mientras yo viva, volverás a hacerlo”. La niñez del doctor fue dolorosa; su padre lo golpeaba a diario, ya que siempre lo culpó por la muerte de la madre, quien había fallecido al dar a luz. Cuando se independizó y llegó a tener éxito en su profesión, tuvo la suerte de encontrar una mujer que, además de hermosa, supo hacerle olvidar las miserias del pasado. El doctor quería que su hijo jamás tuviera que depender del olvido, por eso se esmeró en darle una vida cuidadosamente llena de detalles felices, incluso tragándose su propio sufrimiento cuando, a los pocos meses de nacer Edy, su mujer fue asesinada por un asaltante desquisiado.

En ella pensó momentos antes de lanzarse del puente: “Ya es hora de que volvamos a estar juntos”. El funeral fue bastante concurrido, no sólo porque el doctor había forjado amistades sinceras y gratitudes eternas, sino también porque todos conocían la maravillosa relación que había tenido con su hijo, y estaban seguros de que Edy necesitaba todo el apoyo posible en ese infausto momento; él no había perdido a su padre, al doctor Patricio Heredia, sino a su hermano, a su entrañable Pato.

Dos años antes, causó sorpresa entre el círculo de allegados que el doctor anunciase un nuevo matrimonio; pero a nadie sorprendió que el padrino fuese Edy. Obviamente, todos habrían condenado que la flamante señora Heredia decidiera divorciarse, mas no cambiar de apellido. Qué importaban los demás. “En las malas, nadie te dará una mano; o sea que cagate en lo que la gente opine de tu vida”, le había dicho muchas veces el doctor. Pero no era la condena social lo que le preocupaba a Edy, sino la condena paterna. Era la primera vez que pensaba en el Pato como un padre; claro que Frida era ajena e insensible a tales conflictos internos. Ella se había casado con el doctor por interés, porque deseaba colgar para siempre el uniforme de enfermera y hacerse cargo de los deberes –y beneficios– sociales de la mansión Heredia.

Diez meses de encamadas clandestinas, de orgasmos sufrientes, esa tarde llegaron a su límite; Edy decidió acabar con la infamia e irse del país. Frida no lo aceptó, no lo entendió. Ruegos, amenazas, juramentos; intentó todo, pero Edy se levantó de la cama sin ceder un milímetro de su posición. Se vistió apresuradamente y salió del cuarto. La oscuridad del pasillo estaba contaminada por la tenue luz que escapaba a través de las rendijas del dormitorio principal; se frotó los ojos para asegurarse que veían la claridad de su culpa y, una vez asumida la certeza de su visión, lentamente se acercó hacia el cuarto de su padre.

Abrió la puerta y lo vio sentado en su vieja mecedora. No necesitaba hacer preguntas estúpidas: “¿A qué hora llegaste?” “¿Escuchaste algo?” “¿Nos viste?”. La expresión del Pato era una respuesta anticipada. Se postró a sus pies e imploró perdón, llorando por segunda vez en su vida. “Hijo, no te preocupes, nadie manda en el corazón; si la amas, tienes mi bendición para ser feliz con ella”, le dijo a tiempo de limpiarle las lágrimas con sus manotas. Hablaron más tiempo y el doctor siempre repitió su bendición. Cuando el silencio y la oscuridad se apoderaron de la casa, el doctor salió de ella y se zambulló en el bullicio y claridad del espacio que divide el puente de la avenida.
Al retornar del funeral, Edy se encerró en el cuarto de su viejo. Husmeó en el ropero y sacó el revólver. La voz del Pato retumbó en su memoria: “Nadie manda en el corazón”; pero ni esa bendición le servía para perdonarse a sí mismo. “Tampoco en la memoria”, pensó.

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