Crónicas Urbandinas

La Paz, desde su nombre, es ficción…

Archive for 27 enero 2007

Minificciones II

Posted by estido en 27 enero 2007

Solidaridad de género
Poco tuvo que ver la mañana gris, aunque no faltarán los que le adjudiquen algún rasgo premonitorio. Tampoco influyó el alcohol, aunque los abogados seguramente intentarán hacerlo ver como atenuante. Menor importancia tuvieron los celos, aunque ella llorará frente a los jueces arguyendo las constantes infidelidades. Lo de la posesión demoníaca será un pataleo de ahogado, aunque un teólogo acreditado conferirá una alta posibilidad a dicho argumento. Lo cierto es que Inés del Rosario Encinas García será condenada, pues, a pesar de todos los intentos, los jueces darán absoluto crédito a la declaración del sacerdote que, minutos después de que ella cometiese el crimen, escuchó su confesión. Si traicionó el secreto que su condición de confesor le obligaba guardar, fue porque el crimen lo estremeció de sobremanera; no sólo porque Sor Inés haya ultimado al padre Tomás golpeándolo salvajemente con un crucifijo metálico de gran tamaño y, después de muerto, le hubiese cercenado los genitales a mordiscos, sino porque consideró que la monja asesina debía ser castigada para sentar un precedente ejemplar, habida cuenta que su vida, y la de otros curas, podría correr peligro si otras religiosas del convento actuaran de similar manera.
La séptima señal
Al despertar esa mañana, presintió que sería un gran día. La primera señal fue la erección matutina; hace años que ya no las tenía. La segunda, que su esposa no lo rechazara y disfrutaran siete minutos de intenso placer. Luego del mañanero, se dio una ducha cantando a todo pulmón: “Hoy puede ser un gran día, dale una oportunidaaaaad…”. Al salir rumbo al trabajo, saludando cordialmente a los vecinos y extraños con quienes se encontraba, observó una mata de tréboles silvestres en la jardinera colindante con la parada del micro. Instintivamente, se agachó para observar mejor y descubrió la tercera señal: un descomunal trébol de cuatro hojas. Se lo puso, a modo de adorno y amuleto, en el bolsillo superior del saco. Inusualmente, el micro llegó casi vacío y, por primera vez en los doce años que cumplía ese peregrinaje rutinario, pudo sentarse cómodamente –cuarta señal– y no soportar codazos y hedores de la muchedumbre que generalmente se ensardinaba dentro de la vetusta carrocería albiazul. En la oficina, la quinta y sexta señales le iban a ser anunciadas por la secretaria del gerente, esa beniana sabrosa que siempre lo había tratado con desprecio: “Guido, el jefe te está esperando, apurate, parece que te van nombrar gerente financiero; luego buscame, podemos ir a tomar un trago esta noche…”.

Al día siguiente, quizá exhausto por la maratón sexual de la noche previa con la secretaria buenona, su miembro se negó a despertar. De todas formas, no importaba, pues su esposa despertó con un inusual humor de perros. En la parada del micro, cuando intentó ubicar otro trébol de cuatro hojas, se topó con la enorme bosta del pastor alemán de su vecino. El micro tardó en llegar y, cuando lo hizo, estaba completamente lleno, por lo que tuvo que realizar el viaje hasta el trabajo casi colgado de las agarraderas de la puerta. Al entrar a la oficina, saludó pícaramente a la secretaria, pero ella, prácticamente gruñendo, le respondió: “¿Qué te pasa a vos, con tantos problemas que tenés todavía te querés hacer al gallito?”. Sólo comprendió esas palabras cuando, al tratar de ingresar a su nuevo despacho, lo interceptó un inspector de la Renta notificándole que la oficina sería cerrada por evasión de impuestos y que él tenía que comparecer a prestar declaraciones, pues, en su calidad de ejecutivo, alguna responsabilidad debía de tener en el asunto. Emprendió el retorno a casa bastante deprimido, pero trató de darse ánimos recordando todo lo ocurrido el día anterior. “Hay días buenos y hay días malos”, pensó, “mañana me toca el bueno; así es la vida, un equilibrio constante”. Sin embargo, ya en su casa, la séptima señal del infortunio lo esperaba para desequilibrar la balanza.

Nota suicida
Hoy cumplí cuarenta y seis años, y creo que no tengo motivos para vivir. No quiero que quines me conocen juzguen que soy un cobarde, por eso dejo esta nota, para que comprendan mis motivos. A mis seis años, mi padrastro me violó; cuando se lo conté a mi madre, ella reaccionó como mujer celosa y prefirió mandarme a vivir con mis abuelos. Probablemente por ese trauma, siempre fui tímido y miedoso; así, en el colegio, no hubo compañero que no me golpeara y humillara. Durante el primer año de universidad, mis abuelos murieron, y no me quedó más remedio que comenzar a trabajar y dejar los estudios. En el trabajo, donde fui mensajero a sueldo y encargado de limpieza ad-honorem durante veintisiete años, no sólo trabajé doce horas diarias, sino que jamás me concedieron vacaciones, además que mi salario prácticamente no fue incrementado. Ningún jefe que tuve recordaba mi nombre, siempre fui el “chico”. Mi esposa me dio tres hijos, todos de distintos padres. El único que yo pude engendrar, luego de una discusión estúpida por un vestido que yo no podía comprarle, ella lo abortó en la clínica de uno de sus amantes. Al final, se marchó con alguno de ellos, dejándome la responsabilidad de educar y mantener a sus tres hijos. Cuando ya todos estaban en la universidad, a costa de un sinfín de privaciones y sacrificios míos, su madre apareció de repente para contarles que yo no era su padre. Fue como liberarlos de una vergüenza, pues ese mismo día recogieron todo lo que pudieron de nuestro cuarto y se fueron a buscar a sus verdaderos progenitores. Años más tarde, me encontré con el mayor en la calle; él estaba muy elegante, junto con otros pitucos, hablando a voz en cuello sobre inversiones y otras vainas. No pude contenerme y lo abracé con cariño; él, sin embargo, me propinó un cabezazo y amenazó con matarme si no me esfumaba. Hace poco, mi madre me buscó y me pidió perdón por lo mal que se había portado. Obviamente, yo le perdoné todo y nos prometimos que recuperaríamos todo el tiempo perdido. Me contó que su esposo había muerto dejándole algún dinero con el que quería comprar una casita donde pudiéramos vivir mejor. Lo que ella tenía no alcanzaba, pero sumando mis ahorros, sí podíamos soñar con tener un hogar propio. Tras buscar y visitar varias opciones, dimos con una casita en El Alto que estaba al alcance de nuestras posibilidades. Así, bastante emocionados, decidimos comprarla pronto, antes de que alguien se nos adelantara. Ayer le di todo mi dinero para que realizara la transacción, pues yo no podía (nunca pude) pedir permiso en el trabajo para acompañarla. Hoy, que habíamos planeado festejar mi cumpleaños en nuestra casa propia, me desperté temprano y descubrí que ella no estaba, como tampoco su ropa, mi celular, mi televisor y mis sueños. Ya no soporto esta vida, por eso decidí acabarla. Pero quiero aclarar que ninguna persona tiene la culpa de mi muerte; tomé la decisión yo solo.

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Alasita nuestra de cada día

Posted by estido en 23 enero 2007

A los veinticuatro días del mes de enero de todos los años se registra un gran alboroto en la ciudad de La Paz. La gente sale de sus oficinas, no a conseguir un micro o trufi que los lleve hasta sus hogares para disfrutar –si eso es posible– de un fugaz almuerzo familiar, o a los pollos Copacabana, los que viven muy lejos, sino a comprar pequeñas replicas de billetes –los euros ahora están de moda–, casitas de vidrio, lotecitos de arcilla –con árbol incluido–, reducidas réplicas exactas de títulos profesionales, el infaltable carnet de borracho, autitos, camioncitos y/o la ineludible maletita –que ya viene cargada con pasaporte, dinero, una herradura, unos wairurus y un sapito de plomo– para los que aspiran realizar algún viaje. Tampoco faltan aquellos que adquieren las últimas novedades tecnológicas –celulares, computadoras, dvd players, televisores, etc– o los tradicionales periodiquitos –impresos por los principales diarios del país–, como también las masitas –es mejor comprarlas los primeros días–, que gozan de un privilegiado lugar, en la primera cuadra de la feria anual de Alasita.

Sí, una gran parte del pueblo paceño, sufrido, esperanzado, suplicante, se vuelca a las calles, dirigiéndose, los que salieron más temprano, al ex parque zoológico, o, los que fueron más lentos, a las distintas plazas e iglesias donde de seguro los tentáculos de la feria se han extendido, por lo menos por este día, para hacer “empanaditas” con los tentáculos del cristianismo. Y en medio de esa masa hormigueante, algunos políticos distribuyen billetes y promesas –todo de alasita, por supuesto– y el pueblos recibe ambas cosas, en medio de un torrente de fe pagana, quizá más fuerte que la fe católica/cristiana/musulmana/judía/etc, tan hábilmente adaptada a las costumbres milenarias de un pueblo con memoria, aunque a veces parezca que tiene muchas ganas de tomar “veneno para olvidar”, como reza la letra de un chicherío musical que seguramente saldrá, orondo, bullicioso, sarcástico, del parlante de una radio de alguno de los cientos de puestos que permanecerán casi un mes en el territorio que antes fuera la penitenciaría zoológica de esta ínclita ciudad.

Tradición urbana, sí; pero también tradición milenaria. Antes de la llegada de las tres carabelas, antes de la cruz, antes de la espada, antes de alasita había la fiesta de Chhalasita, que en una traducción aproximada sería “cambiame”, que, de acuerdo con el calendario actual, se realizaba el 21 de diciembre, a mediados del año aymara. Esta fecha corresponde al solsticio de verano –Kapac Inti Raymi–, el inicio de la temporada de lluvias y, por consiguiente, de la fertilidad de la tierra. No había toldos entonces, no había billetitos ni masitas, sino illas: amuletos multiplicadores que atraían la suerte, pequeños atados que contenían hojas de coca, granos, wairurus, piedras y conchas del lago, y que eran intercambiados entre los antiguos aymaras, para ser bendecidos por los primeros rayos del sol.

En esas épocas, tampoco se conocía al gordinflón petizo, de mejillas rosadas, con la boca abierta en espera de un cigarrillo y las patillas generosas, muy acorde con la moda colonial. No, en esas épocas reinaba el Iqiqu, antiguo dios de la suerte y la abundancia, representado en una estatuilla pequeña, con figura jorobada y miembro erecto. Sociedad acogedora, verdaderos propiciadores del pluri/multi: un jorobado, un enano, o cualquier ser con anomalías físicas, no era rechazado, más al contrario, era tomado como un ser bendecido, marcado por los dioses. Claro que para los “refinados” gustos estéticos de los chapetones, era mejor hacerle unos retoques y hacerle parecer ligeramente a un tal Francisco de Rojas, regordete español, acaudalado terrateniente que tuvo a bien mandar a Paulina, su sirvienta, a atender a su hija, casada con el gobernador de la ciudad de La Paz. Ese hecho no tendría mayor relevancia de no mediar un acontecimiento importante: el cerco de 1781, donde Túpac Amaru y Túpac Katari, comandando una multitud de indígenas, no permitieron el ingreso de ningún producto a la hoyada. En esa situación, la hija de Rojas seguramente habría muerto de hambre, pero la bondad de Paulina, ayudada por las provisiones que le daba Isidro Choque, su enamorado, posibilitaron la supervivencia de tan ilustre dama y la posterior mitificación del dios aymara, presente en el cuarto de la indígena. Un agradecido Segurola –el Gobernador– restituyó la fiesta aymara, que había sido prohibida por la Iglesia, cambiándole la fecha al 24 de enero, fiesta de la Virgen, para también celebrar la victoria española ante el feroz cerco. Del trueque se pasó al libre mercado, de Chhalasita a Alasita, del “cambiame” al “comprame”, y así se mantiene hasta nuestros días, con algunas modificaciones, sobre todo en los productos que carga el regordete bonachón: nuestro fumatélico Ekeko.

La costumbre no se limita a la ciudad del Illimani, sino que se ha extendido a otras regiones, donde se le ha dado otros nombres y también se le determinaron fechas distintas. Pero la esencia se mantiene: las miniaturas, símbolo de la esperanza, de lo que los ávidos compradores desean algún día poseer –ver en grande–, se comercian y se bendicen, reciben agua bendita y humo de incienso, son avaladas por curas y yatiris. Sin embargo, el Ekeko sólo mantiene su reinado en La Paz, pues en las otras regiones es ignorado, ya que sólo interesa el ritual de la compra, el sentirse millonarios por un instante, propietarios de casas, autos, computadoras, pasaportes, etc.

Urbes de alasita, país de alasita. Muy lejos de esa raza gigante, de ese pueblo indomable, de esa cultura inmensa, la modernidad ha confinado a museos las miniaturas preciosas del incario, abandonándonos al libre mercado, a la desesperada compra de medio día de diminutas reproducciones de artículos que la globalización –o bobalización, como diría el Papirri– nos impone. Pequeñas réplicas de metrópolis, así son nuestras ciudades. Miniaturas que esperamos crezcan tan rápido como el Ekeko termina un astoria. País de alasita, en todos los sentidos. En el de feria, explícitamente representado en las calles maltratadas, orinadas, vejadas por miles de comerciantes que han volcado su fuerza productiva debajo de toldos multicolores. País que grita a los cuatro vientos el “comprame”, grito bien escuchado por los saqueadores, por los experimentados mercaderes de Wall Street, que no tienen Ekeko, pero saben hacer crecer las riquezas que extraen de nuestros suelos.

Mentalidad de alasita, que solamente concibe una patria chica, república en miniatura, dejando el pluri/multi sólo como slogan político, olvidándose de ayoreos, guarayos, chiquitanos, yuquis, Itonamas, sirionos, urus, lecos, chacobos, aymaras, pachahuaras, moxeños, canichanas, quechuas, tacanas, mujeres, niños, ancianos, homesexuales, drogadictos, alcohólicos, desempleados, minusválidos, mineros, obreros y/o policías. Mentalidad en miniatura, que no se la puede cargar al Ekeko para por lo menos tener la esperanza del crecimiento.

Y es muy bueno tener un Ekeko, pues basta con ofrecerle unos cuantos cigarrillos para lograr fortuna, y si ésta no llega, el pretexto está a la mano: el Ekeko se ha enojado. Mucho más fácil que trabajar o reconocer lo errores propios, los motivos por los que originamos nuestras propias miserias. Así, alasita no sólo es la feria de la esperanza, sino también la feria del pretexto. La fe ayuda a sobrevivir, pero no a progresar. Pocos son los que así lo entienden, pocos serán los que luego de cargar al Ekeko con un camión, trabajen duro para comprarse uno real; la mayoría, fieles extraordinarios, habituados al “la fe mueve montañas”, esperarán ver crecer las miniaturas que compraron, regateo de por medio, con la ilusión de que el milagro les toque este año.

Gran costumbre/tradición, que surte por igual esperanza y pretexto. Quizá por ello ha trascendido los cerros paceños, diseminándose por todo el país. Alasita en todo el país, en distintas fechas, con distintos nombres. En cualquier fiesta religiosa –la de la Virgen de Urkupiña, por ejemplo–, hábiles artesanos exponen sus diminutos trabajos, a los miles de fieles que acuden con la esperanza del milagro. La virgen no carga más que a su hijo –amén de las joyas y preciosos mantos–, pero sí bendice, sí puede interceder ante el Todopoderoso para que el camioncito de hojalata se convierta en un Volvo de diez toneladas. Muy lejos, en tiempo y distancia, han quedado los rituales del trueque y la fertilidad de la tierra; esto es la urbe, que obliga a sincretismos contradictorios, que permite el politeísmo democrático –magistral habilidad integradora de la Iglesia– necesario para cimentar cada vez más la fe del pueblo. Fe gigante, que no necesita de ekekos para crecer; fe inmensa que posibilita un estoicismo de ficción.

Así, alasita no sería una feria anual, sino una realidad cotidiana. Y no hay aparapita con pinta de próspero empresario –regordete, sonrosado, sonriente–; solamente están los reales –muy lejanos a los sabios aparapitas saencianos–, con las abarcas sin huella, con el bollo de coca inflando el cachete, con las manos callosas, con el refrigerador de a de veras –2 metros de alto, 50 litros, 90 Kgs.– que carga en la espalda mientras sigue a una emperifollada doña que le dará un peso –si es que es generosa– y luego tomará taxi rumbo a su hogar, para estrenar su nueva adquisición y posteriormente agradecer a al Ekeko, que lleva cargado un refrigeradorcito, junto con una computadorita, un televisorcito y un par de celularcitos, productos que seguramente crecerán para que un aparapita real los cargue hasta el taxi y agradezca la bondad de la señora que le regala un peso –medio almuerzo–, que él tiene la esperanza que crezca, o que se multiplique, pero lamentablemente no tiene un Ekeko, y si lo tuviera, de seguro no compartiría un astoria con él.

Los datos antropológicos e históricos utilizados en el presente ensayo han sido extraídos de:

CÁCERES, Fernando. 2002. “Adaptación y cambio cultural en la feria de alasitas”. Ponencia presentada en el 3er Congreso Virtual de Antropología y Arqueología.

VARGAS, Miguel. 2003. “El Ekeko. Los caminos del enano más famoso”, en Revista Escape, Nº 90.

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Hemos ganado, chancho pelado…

Posted by estido en 23 enero 2007

Por motivos de salud, tuve que alejarme de la computadora; sin embargo, ya estoy bien nuevamente. Y qué mejor medicina que una victoria del poderoso TIGRE.

Espero que todos los miembros del otro equipo que aceptaron la apuesta de una botella por clásico sepan demostrar honor y paguen su deuda.

Estronguistas: ¡KALATAKAYA HUARIKASAYA!

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En blanco y negro

Posted by estido en 16 enero 2007

Y hoy te preguntas por qué un día se fue tu pequeña;
si le diste toda tu juventud, un buen colegio de pago
el mejor de los bocados y tu amor
amor sobre las rodillas, caballito trotador
.
Joan Manuel Serrat
Eran tiempos duros, inclementes, de esos que quedan marcados en la memoria con mayor nitidez que los instantes felices, cuando la familia Fuentes llegó a la ciudad. Probablemente por eso, el primer recuerdo de Jacinto sobre esta ciudad de nombre farsante es la imagen de un presidente colgado de un farol en la plaza principal. Sus padres quedaron desconcertados, pues si habían decidido salir de Lomas Verdes, era, precisamente, por escapar de la violencia colectiva que había desatado el prodigio de una virgen negra en su pueblo natal. Lo hecho, hecho está, sentenció su padre, y le tapó los ojos para que ya no viese el cadáver siendo golpeado, como piñata en día de fiesta, por la turba enardecida. Tardía fue la reacción, pues Jacinto ya había captado y almacenado ese instante en un rincón privilegiado de su joven memoria. Huyendo del gentío, cuidando a su rebaño, papá y mamá Fuentes buscaron el caserón donde vivía el compadre Max y alquilaron una pieza para instalarse con sus nueve hijos. Qué será de ellos ahora, Santiago, qué será. Se habrán muerto algunos, seguro, y los otros andarán por ahí, chocándose con nosotros en la calle, y hasta es posible, Santiago, que yo les haya sacado fotografías. ¿Has de creer que no me recuerdo de sus caras? Ancuando se me parasen al frente, soy tu hermano, diciendo, yo no podría creer. Es que igualito que vos, Santiago, yo me he ido a las calles jovencito, casi niño. Por eso también te he recogido, porque me has hecho recuerdo de lo que yo estaba ese día que me he salido de la casa. Tembloroso, con las marcas del cinturón en la espalda ardiéndole en el alma, Jacinto salió de la pieza con mucho cuidado, sin hacer el menor ruido, pues si su padre despertaba por su culpa, seguro recibiría otra tunda. Una cosa era ser propietario de una cantina en Lomas Verdes, y otra, muy distinta, ser garzón en un bar citadino. El cambio de estatus le sentó muy mal al señor Fuentes; en su pueblo era respetado, muchos le debían, muchos le temían, la mayoría lo apreciaba, mientras que acá, y sobre todo en esas épocas, no pasaba de ser el indio Fuentes. A ver, indio, lave los platos rápido, carajo, le gritaba el dueño del bar, más aún cuando el pequeño Jacinto aparecía para llevar a casa los restos de comida que los clientes dejaban y que eran guardados por el señor Fuentes en una bolsa. Cuando regresaba a la pieza, muy tarde y con tragos encima, generalmente desahogaba su frustración con el único testigo de su miseria. Como si yo hubiera tenido la culpa, Santiago, yo nomás recibía los palos, por eso me he ido. Carajo que hacía frío, no como ahora, que estamos calientitos, era jodida la calle, vos sabes, vos también has vivido unos días en la calle, Santiago, sabes que no hay cómo calentarse ¿no ve? Sí, una mierda, y en esas épocas más, porque no había trabajo y todos estaban metidos en las huevadas de la revolución. Por suerte la conocí a doña Cristina, Santiago, como vos me conociste a mí, ¿te acuerdas? Yo estaba durmiendo, creo, o despierto y temblando, ya no me recuerdo bien eso, pero estaba en el portón de su casa cuando ella ha llegado, grave se asustó la doña, me ha reñido un buen rato, pero luego, cuando me ha visto lloriquear, me hizo pasar a su cocina y un buen café con dos panes me dio la doñita. No tenía descendientes y había enviudado hace mucho, por eso la casona le resultaba gigante, a pesar de que tenía algunos cuartos alquilados a estudiantes. Comenzó invitándole un café diario, luego le dio algunas tareas, limpiar los pisos, calentar agua, hacer compras, hasta que poco a poco Jacinto se fue instalando en la casa de doña Cristina. Para la señora, Jacinto era una grata compañía: el niño era educado, aseado, comedido, hasta cariñoso; para Jacinto, doña Cristina representaba la seguridad: techo, comida, plata, hasta mimos. Cierto es que con el transcurrir de los años, Jacinto fue viendo a la señora como a una madre, y a sus quince años, incluso ella le había dicho que tenía intenciones de adoptarlo oficialmente. Qué alegre estaba, Santiago, ¿te imaginas?, yo hijo de doña Cristina Iturralde, pucha, jamás habría tenido que buscar trabajo, al heredar la casa ya habría tenido de qué vivir para siempre. Era grandota la casa, Santiago, y ella sólo alquilaba tres cuartos; yo hubiera alquilado más, y también habría vendido el traspatio, que era bien grande, para que construyan un edificio o una galería, qué sé yo, pero seguro que hubiera ganado un platal. Pero mi suerte siempre ha sido mala, Santiago, nunca me llegó a adoptar la doñita, Dios la tenga en su gloria, porque se murió sin firmar los últimos papeles. Y aparecieron los infaltables parientes lejanos, sobrinos salidos de una dimensión desconocida, pues durante los cuatro años que Jacinto vivió con doña Cristina, ninguno de esos personajes había asomado la cara, ni siquiera para pedir regalos en navidad. La casona fue repartida entre seis sobrinos y un primo, y Jacinto, echado a la calle.

La fotografía ha ido perdiendo el brillo que seguramente alguna vez tuvo; en ella se puede apreciar a un muchacho esmirriado, de mediana estatura, con ropa probablemente prestada, pues se nota que le queda bastante holgada, un rostro sonriente, exhibiendo la carencia de incisivos; con la mano derecha sostiene las riendas de un burro barrocamente ataviado. Sí, Santiago, yo me hice mañudo a la fuerza, qué más me quedaba luego que los buitres me botaron de la casa de doña Cristina. Tenía dieciséis añitos, apenas unos pesos en el bolsillo y mi atado de ropas, qué carajos podía hacer, yo que había sido tratado como un príncipe por la doñita. No sabía trabajar, Santiago, eso lo aprendí luego. En fin, para qué te voy a contar esos años de mierda, robando para comer, para comprar ropa de indios y no morir de frío. Así caí preso, aunque no por mucho, porque en esas épocas las celdas las necesitaban para los detenidos políticos. Pero ahí aprendí a trabajar, porque el fotógrafo de la policía necesitaba un chango que lo ayudara. Todo lo que sé, lo aprendí ahí, con los policías. Una buena cámara tenían, y a veces, cuando el fotógrafo se mamaba, yo me hacía cargo del puesto. Pucha, Santiago, no sabes las cosas que he retratado en esas épocas, les sacaban la mierda a los detenidos, en nombre de la revolución, dizque. Luego los han tumbado a los del gobierno y yo me he quedado sin pega, pero ya tenía un oficio. En la mano izquierda, con alguna dificultad, se puede observar que el muchacho porta una botella; hay algo en su postura que hace presumir que ha consumido el contenido; sobre la montura del burro hay un maletín, al parecer de cuero, que está ligeramente abierto y deja ver los picos de un par de botellas más; un dedo enorme figura en la esquina inferior derecha de la instantánea, probablemente del fotógrafo, un pulgar, específicamente, apuntando hacia el cielo. Hasta mis veintisiete años, Santiago, harto tiempo he trabajado con los canas. No ganaba bien, tampoco mal, pero eso sí, nos alzábamos unas farras tremendas. De putero en putero íbamos, como eran de la policía, a cualquier hora nos atendían. Ahí he conocido hembra por primera vez; tú todavía no, ¿no ve? Ya te va a llegar el momento, Santiago, ya va aparecer alguna hembrita, en las calles hay por montones. Pero todo se acabó cuando tumbaron al gobierno, perdí el trabajo sin derecho a indemnización. Pucha, ahora que me pongo a pensar, qué cojudo he sido, Santiaguito, tanta plata que he tirado en trago y putas. Ahorita podríamos estar bien puestos, con un buen estudio, no sacando fotitos de mierda a los pobretones de la plaza, no. Pero por lo menos tenemos estito, peor podría ser. ¿Ves esta foto, Santiago?, me la tomó don Alfredo antes de estirar la pata. Estábamos borrachos, en Copacabana, habíamos viajado a ganar unos pesos. Bien nos fue, el burrito era un éxito, mirá, tan lindo lo adornábamos. Nunca te conté de don Alfredo, ¿no? Es que no te tenía confianza. Era un viejo de mierda, yo por respetuoso nomás le decía don. Cuando quedé sin pega lo encontré en la calle, le dije que yo también era fotógrafo y que podía ayudarlo; el viejo me aceptó encantado. Me aceptó porque era un maricón. Yo no me di cuenta, ni siquiera cuando estábamos en los bares y algunos changos me jodían. Qué tal la parejita, nos decían, y yo cojudo no me daba cuenta. Pero ese día, ese que me sacó esta foto, yo ya empecé a sospechar y luego, más tardecito nomás, lo confirmé. El viejo, como siempre, me ha hecho chupar grave, mirá la foto, Santiago, el maletín era puro botellas de singani, hasta al burro le hemos dado. Te sacaré unas fotitos, para recuerdo, me ha dicho, y yo, como estaba mula, tranquilo nomás me he dejado sacar las fotos. Hasta ahí todo bien, ¿no ve?, buen tipo el viejo, que me daba comida, trago, hasta ropa me prestaba, y encima me quería sacar fotitos, regio pues. Pero ya en el alojamiento, sacate la ropa, unos desnudos artísticos te voy a tomar, me ha dicho. Yo ingenuo, aunque más que eso, borracho estaba, le he hecho caso. Yo en pelotas y el viejo sacando fotos, que movete así, ponte asá, me decía, y yo cojudo haciendo caso. Mientras, más trago me daba. Pero Santiago, yo, eso sí, nunca he sido pollo, hasta ahora puedo tomar litros y litros y es difícil que me volteen, aunque hace años que no lo hago. Pero como ya estaba cansado, me he hecho el dormido, para que el viejo ya no siga jodiendo con las fotos. Ahí nomás he sentido que me ha querido montar el maricón de mierda. No pienses mal, Santiago, yo no he permitido nada, de un brinco me he parado y le he dicho alguna cositas; claro que el viejo se ha emputado y me ha querido obligar, borracho también estaba, y lo he tenido que cascar un poco, bueno, en realidad, como estaba con harto trago encima, se me ha pasado la mano, ni me he dado cuenta el rato que el viejo ha finado. Al otro día nomás, con la cabeza doliéndome lo he visto a don Alfredo botado en el piso, con su cara deforme, ensangrentada.

Si pudieras recordar algo alegre, ¿qué sería? ¿Talvez aquella navidad en Lomas Verdes, cuando tu padre te regaló el soldadito de madera? ¿O el día que te robaste a la Mary? ¿Te acuerdas? La conociste cuando se acercó para que le tomaras una foto; linda ella, joven, con su vestidito azul hasta las rodillas. Fingiste decencia, le invitaste a tomar helados, al cine; luego, un día de campo, los dos solos, tú tomando cerveza tras cerveza, ella rogando que la llevaras a su casa porque ya era tarde, y tú sin escuchar, sólo viendo sus pantorrillas perfectas, imaginando qué había más arriba, ¿te acuerdas? Ella llorando mientras tú descargabas tu semilla en sus entrañas. Nunca la llevaste a su casa. ¿O talvez sea más alegre el día que nació tu hija? Pequeñita, morenita, idéntica a la madre. ¿Fueron años felices esos? Si recordaras, creerías que sí. Tu mujer nunca reclamaba, nunca se quejaba, y tú pensabas que era porque estaba tranquila, porque te amaba. Y tu hijita, ya en el colegio, con su mandilcito blanco, vestida de una pureza que su madre preservó con un precio alto, ¿te acuerdas? ¿Nunca te diste cuenta que tu mujer hacía el amor con los ojos abiertos? ¿Nunca sospechaste por qué ya no tuvieron más hijos? La violabas casi a diario, y cuando tu virilidad te fallaba, le metías la mano entera. Tú creías que lo disfrutaba, pero cuán equivocado estabas. Es que en la intimidad sólo la conociste a ella y a las putas de la cuadra roja. Nunca supiste lo que es hacer el amor, lo imaginaste solamente. Y cómo alardeabas con tus amigos, o con los que decían serlo, ¿te acuerdas?, con cada cerveza aumentaban las virtudes de tu mujer, las habilidades de tu hija, y todos te envidiaban, o te hacían creer eso, porque tú invitabas, aunque en realidad pagaban el alcohol con el trabajo de sus oídos. Tu memoria es como tu máquina fotográfica, sólo retiene instantes, no el contexto. Esa noche de diciembre, cuando le regalaste a tu hija un traje de baño porque le ibas a enseñar a nadar, ¿te acuerdas?, feliz se puso la mocosa, ninguna de sus amiguitas sabía nadar. Pero no, tú no recuerdas los momentos felices. ¿Te acuerdas de la piscina?, tu hija temblando porque el enero de esta ciudad no significa verano, y tú frotándole las piernas, calentando su cuerpecito mientras se calentaba tu sangre. De eso sí te acuerdas, de las ganas que le tenías, del infierno que soportaste durante todo enero, viéndola con su trajecito de baño. Y la paz de tu esposa, ¿te acuerdas?, libre al fin de tu lujuria, extrañada, pero tranquila, ingenua, sin sospechar que tus ardores ya tenían otra fuente, más joven, más tierna, más tuya. ¿Y también te acuerdas cuando la golpeaste, cuando la dejaste con los dos ojos cerrados, sólo porque te descubrió lamiendo el calzoncito de la pequeña? Fue el fin de las lecciones de natación, ¿te acuerdas? Sí, de eso te acuerdas, porque ya no podías frotar esos muslitos, secarla más con las manos que con la toalla. Te acuerdas porque nunca has podido olvidarla, porque aprisionó tu deseo con su recuerdo, porque no dejas de maldecir a tu mujer por no haberte permitido disfrutar esa carne tierna. Porque eso sí te acuerdas, ¿verdad?, el día que regresaste y las viste a las dos sobre la cama, con espuma en la boca, y el sobre de raticida encima de la mesita, aunque tu recuerdo sea en blanco y negro.

Al principio se desconcertó, no supo que acción tomar, pero, a fuerza de haber visto tanta tortura en su trabajo anterior, tenía la sangre fría necesaria como para calmarse y pensar cómo deshacerse del cadáver de don Alfredo. Esperó todo el día dentro del cuarto y cuando ya todo el pueblo había quedado en penumbras y silencio, salió cargando el cuerpo insignificante del fotógrafo. Lo amarraste al burro, le ataste al cuello un cartel, “Así mueren los perros movimientistas”, decía, y dejaste que el burro se alejara, mientras tú recogías la cámara, tu maletín y los ahorros de don Alfredo. Y regresé a la ciudad en un camión viejísimo, Santiago, nunca nadie reclamó por el viejo maricón. Algo bueno salió de eso, me quedé con la cámara y empecé el negocio que todavía tenemos, Santiago. Claro que en esas épocas era mejor, no había tanta competencia y se ganaba bien nomás. Me podía dar el lujo de pagar farras a los amigos, pucha, buenos tipos eran, siempre acompañándome. En el velorio de mi hija y mi mujer estaban toditos, nos hemos farreado tres días seguidos, y ellos escuchando mis penas, siempre tan comprensivos, ¿qué será de esos tipos?, de repente nomás han ido desapareciendo, cuando la situación económica se ha puesto mala, seguro se han ido a la Argentina, dicen que allá había oportunidades. No tengo ninguna foto de la Mary, ni de mi hija, ¿raro, no? No sé porque nunca las he retratado, tal vez porque pensé que siempre iban a estar conmigo. Nunca te hablé de ellas, ¿no? Tampoco lo voy a hacer, Santiaguito, disculpá, pero las épocas felices hay que archivarlas, porque esos recuerdos duelen jodido cuando estás en las malas. Sin mujer, sin hija, sin deseo, sólo trabajaba por inercia, y lo que ganaba lo destinaba al alcohol. Lo echaron de varios cuartos, porque las deudas del alquiler se le acumulaban constantemente. Nunca más supo de mujeres, a pesar de que no faltaron algunas que se le acercaron, ya por pena, ya por interés, ya por amor. Luego de muchos años en esos trajines, con el hígado prácticamente deshecho, cayó en el hospital, donde lo salvaron de milagro, pero condenándolo a una vida seca, sin ese mar de alcohol en el que los recuerdos se ahogaban fácilmente. Qué jodido fue al principio, Santiago, me moría de ganas de unas cervecitas, pero cómo he visto a la muerte y sé que es una doña bien fea, ya no quise verla de nuevo, aunque hoy por hoy, creo que hasta me enamoraría de ella. Es que la soledad es una mierda, Santiago, tú sabes, tú has estado solito. No es que me queje de tu compañía, pero es que una soledad como la mía no se borra de un plumazo, no Santiago, es bien jodido. El que ha estado tantos años solo, como yo, aunque le apareciese una familia, aunque fueran de plata y bien buenos, igual nomás seguiría solo, porque cuando la soledad te agarra de concubino ya no te suelta nunca más. Le puedes ser infiel, pero te encuentra y te parte el alma, ella no permite huevadas. ¿Vos acaso crees que no he intentado desprenderme de ella?, pucha, por qué si no yo me habría conseguido este puestito, ¿a ver? Yo pensaba que con los niños, con su bulla, alguito siquiera me iba a sentir acompañado, pero nada, Santiaguito, nada carajo. Empezar a vivir sin alcohol fue difícil, pero no imposible. Aún tenía la cámara y podía ganarse el pan, pero la competencia ya era tan grande que las ganancias no permitían una vivienda mínimamente decente. Sin embargo, la suerte no lo dejó abandonado. Una tarde apareció un señor que dijo ser el Director de una escuelita primaria y le pidió que lo acompañase para sacar unas fotos a los alumnitos nuevos. Cumplió el trabajo con diligencia y el Director, al verlo tan mayor, casi anciano, le ofreció a Jacinto el puesto de sereno en la escuela. El trabajo no era mucho, le ofrecían un cuarto medianamente amplio para que viviese, y él sólo tenía que cuidar la escuela durante las noches, abrirla temprano por las mañanas, atender los requerimientos de material hasta las diez, y luego podía dedicarse a la fotografía, teniendo que volver a las cinco para recoger materiales y cerrar la escuela. No le ofrecían un buen salario, pero la vivienda ya era una gran oferta. Así llegué aquí, Santiago, de pura suerte, sin querer queriendo, como dicen los niños. Creía que los niños me iban a remediar la soledad, pero ves, nada la soluciona.

Su cuarto era algo así como una caótica galería: decenas de fotos pegadas a las paredes, y otras muchas, debidamente ocultas debajo de la cama, eran secretas, sólo para su deleite, pues eran las que lo acompañaban durante aquellas noches en las que renacía la esperanza, aunque tenue, de una travesura viril. Decenas de niñas, con sus uniformes de colegio o en traje de gimnasia, le servían de modelos para su colección privada. Inocente afición, se podría decir, pues de las fotos clandestinas jamás avanzó a otra etapa, probablemente contenido por la fidelidad a esa hija que murió sin conocer el incesto. Hasta he tenido que llenar de fotos las paredes, Santiago, para no sentirme solo. Ni siquiera sé de quiénes son, pero en las noches me divertía poniéndoles nombres, inventándome historias de sus vidas. Mirá, por ejemplo este tipo, ¿qué te parece?, cara de rudo, ¿no?, tiene la pinta de portero de prostíbulo. Le puse de nombre Tomás y le di una vida: era dueño de un putero de mala muerte, te digo que era, porque una noche que estaba de mal humor he decidido que su propio padre lo mate. Es que hay vidas que no tienen nada interesante y hay que acabarlas rápido. Qué tal esta, linda chica, ¿no? La bauticé Magdalena y le di una vida de mierda, porque en realidad, Santiago, esta mujer no es mujer, es hombre. No sé porque, es que como ahora se puso de moda lo de la mariconada, talvez me dejé influenciar. No había quejas sobre su trabajo, lo desempeñaba eficientemente, e incluso tomaba fotografías a los niños gratuitamente, cosa que los padres agradecían, de vez en cuando, con algún comestible. Rutinaria, pero no agobiante, era su vida. A sus sesenta y cinco años, con el pasado que cargaba, no podía exigir más. Se encaminaba al encuentro con la muerte haciendo gala de una lentitud exasperante. Tal vez si hubiese muerto en su cuarto y al día siguiente lo hubiesen encontrado los maestros, todos habrían estado tristes, todos habrían hecho una cuota para pagar el entierro, todos lo habrían extrañado, pero Santiago no permitió que así fuera.

En la foto se puede apreciar a un perro pequeño, sin raza identificable, sentado en una silla de mimbre, mirando hacia la cámara. En el fondo se observa una cama destendida, pegada a una pared repleta de pequeños retratos. Cuando lo encontró, estaba tiritando de frío, o talvez de miedo, quién sabe, pero le dio tal pena verlo así, que lo recogió de inmediato y le compró dos panes que devoró en un instante. Jacinto no tenía intención de llevarlo a su cuarto, pero cuando tuvo que volver a la escuelita, le dio pena dejarlo solo en la calle. Como no sabía su nombre, le puso Santiago, vaya a saberse por qué. Tal vez porque yo me hubiera querido llamar así, pero a mi padre le dio la gana de ponerme Jacinto, como mi abuelo. Lindo nombre es Santiago, ¿o no te gusta? Si tú hablaras, serías más regia compañía, pero eres tan quietito, tan tranquilino, que ni siquiera ladras. Pero mejor, Santiago, mejor, porque no creo que al Director le gustaría que yo tenga un perrito aquí en el cuarto. O sea que mejor te quedas calladito nomás, total, con lo que yo hablo nos basta, ¿no ve? Las fotos de las paredes son de cientos de personas, al parecer ninguna conocida, todas tomadas en el mismo lugar, la Plaza de la Fundación. Sin embargo, debajo del colchón hay varias fotos de niñas, algunas en poses muy sugerentes; se nota que fueron tomadas desde la ventana del cuarto. Jacinto salió de la escuela a las once, dejando a Santiago con un buen surtido de panes, como lo había estado haciendo desde que lo encontrara hace tres días; no obstante, el perrito, ya acostumbrado a la compañía, se puso a aullar desesperadamente a eso de las dos de la tarde. Los niños formaron un revuelo en la puerta del cuarto; el Director se aproximó a ver lo que ocurría y decidió usar su llave maestra para entrar en la pieza. Una cosa llevó a la otra y el Director no puedo dar crédito a lo que observó, pero no tuvo otro remedio más que actuar como su conciencia le mandaba. La policía ha recogido todas las fotos, son las pruebas que necesitan para incriminar al violador que ha estado conmocionando a la ciudad, aunque este viejo sólo sea un chivo expiatorio.

Se te ve bien en la foto del prontuario, Jacinto, más joven de lo que en realidad eras. Tu la hubieras tomado distinta, con menos luz de frente y en blanco y negro, ¿te acuerdas?, como lo hacías cuando trabajabas para los policías, qué épocas duras, ¿no? Pero de todos los torturados que viste en esos tiempos revolucionarios, ninguno ha debido quedar como te han dejado. Los presos son sanguinarios con los violadores, Jacinto, sanguinarios. Realmente, la muerte es una doña bien fea, ¿no ve? Por Santiago no te preocupes, el Director se ha encariñado con él.

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PAZ para BOLIVIA

Posted by estido en 12 enero 2007

Primero se llevaron a los negros
pero a mí no me importó
porque yo no lo era

Enseguida se llevaron a los judíos
pero a mí no me importó
porque yo tampoco lo era

Después detuvieron a los curas
pero como no soy religioso
tampoco me importó

Después apresaron a los comunistas
pero como no soy comunista
tampoco me importó

Ahora me llevan a mí
pero ya es demasiado tarde

Bertold Brecht

No esperemos que sea demasiado tarde; pronunciémonos en favor de la PAZ. El país tiene muchos problemas que deben ser solucionados, pero en el actual contexto, nada se podrá hacer. Más allá de nuestras ideologías personales, más allá de nuestras simpatías políticas, más allá de nuestras posiciones sociales, económicas o culturales, lo importante en este momento es conseguir la PAZ para BOLIVIA.

No necesitamos hacer grandes debates, ni armar polémicas, basta con que pongamos el “logo” “PAZ para BOLIVIA” en nuestros blogs para reflejar nuestro deseo. Los que estén de acuerdo, y ojalá sean muchos, copien el “logo” y péguenlo en sus blogs. No subestimemos lo que las pequeñas acciones, hechas por muchos, pueden lograr.

Un abrazo a todos los bolivianos. ¡PAZ!

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Nuestro derecho a opinar

Posted by estido en 9 enero 2007

Muchas veces me refiero a La Paz como “el hueco”; y es que, técnicamente, eso es: un enorme hueco del altiplano. La figura se presta a varias metáforas: cuna, tumba, vagina, pozo, etc. Los poetas, sobre todo, han sabido inventarlas y darle buen uso en sus creaciones. El pueblo, sin embargo, poco dado a leer poesía, inconcientemente asocia la figura del hueco con otras figuras, digamos, menos poéticas: el basurero y el inodoro.

Basta pararse en alguna esquina para confirmar lo dicho. El semáforo se pone en rojo, los autos se detienen y, de pronto, una ventanilla se abre para que el pasajero arroje las cáscaras de la mandarina que acaba de ingerir. Casi al mismo tiempo, un peatón tienen la gentileza de anunciar, con un sonoro “huuuaaaaajjjjjj”, la inminencia del flemazo, para que los demás puedan hacerse a un lado y no ser impactados por la gelatinosa mezcla de moco y saliva que aterriza sobre la acera, dándole un toquecito rojiverde al gris del cemento. Poco a poco, ese sector comienza a adquirir variedad de colores, pues cual si fuera lienzo en blanco, los urbandinos van añadiendo pinceladas de basura a la acera observada.

Si bien cualquier lugar es bueno para desaguar, algunos sectores de la ciudad, quién sabe por qué, son los preferidos y, por tanto, los más concurridos para dicho fin. Algunos pensadores cholos han intentado justificar filosóficamente la incontinencia urbandina, asociando la libertad de expresión con la libertad de vejiga. Así, en una esquina que goza de la preferencia urinaria urbandina, había un letrero que con letras gigantes anunciaba, “PROHIBIDO ORINAR”, al cual, los filósofos populares le modificaron levemente una de las letras, como para que sus reflexiones tengan sustento, quedando el letrero con la siguiente inscripción: “PROHIBIDO OPINAR”.

Hace algunos años, me encontré en la calle con la mamá de un amigo. Mientras intercambiábamos algunas palabras, una vendedora dio un paso hacia la calzada, se puso de cuclillas y soltó un chorro de orina, con naturalidad y calma, para después pararse y retornar a su rutina. La mamá de mi amigo, ofendida ante semejante escena, sólo atinó a decirme: “Estas cholas son unas asquerosas, ni siquiera tienen vergüenza de hacer pis delante de todo el mundo”. Calladito nomás escuché la protesta, pero no pude dejar de recordar a su hijo, con quien, algunas noches antes, habíamos celebrado la victoria de la Selección, con doce botellas de cerveza, en la Plaza Abaroa. Aprovechando que mi primo administraba una cantina cercana, luego de cada botella, me prestaba el baño para descargar la vejiga; sin embargo, mi amigo, como buen cholo, flojo y desvergonzado, orinaba en los árboles aledaños. “Andá al baño, pues.”, le aconsejé, luego de la tercera botella. “No, hermano, tengo que marcar mi territorio”, me replicó, y para dejar por sentado que el meaba donde le daba la gana, con medidos chorritos de orín, escribió su nombre sobre el suelo de la Plaza. Su madre seguía despotricando contra la chola, hasta que ésta, que ya se había cansado de escuchar tanto insulto, se acercó para encararla y gritarle: “¡Yausté quélimporta dónde miorino!”. Colorada de rabia, pero sobre todo de vergüenza, la mamá de mi amigo balbuceó “Chau”, y se alejó presurosa.

Alguna vez intenté explicarme por qué los urbandinos prefieren utilizar las calles y no los baños públicos. A parte de la libertad de opinión, creo que el problema es de vocabulario. ¿Quién habrá tenido la brillante idea de emplear el término “mingitorio”? Y claro, entonces resulta lógico que cuando alguien siente la necesidad de desaguar, si mira un letrero que dice “Mingitorio Público”, no sospecha que eso es un baño y recurre a la buena pared para aflojar el grifo. Por lo menos, yo atravesé por una experiencia similar cuando bordeaba los diez años. Había acompañado a mi madre al mercado Rodríguez y a cada rato me quejaba del peso de la bolsa, no porque realmente hubiera estado pesada, sino por mañudo, para hacerme comprar jugo, chicolac, coca cola, batido, mocochinchi, helado, raspadillo, etc. Obviamente, al cabo de una hora, mi vejiguita ha debido estar como globo carnavalero y empecé a fastidiar a la vieja, “me hago pis, mami”, diciendo. “Sólo a fregar vienes”, me dijo, “andá al mercado, ahí hay baño”. Corriendo, llegué hasta el frontis del mercado, busqué un poco y, al no encontrar baño, le pregunté a una carnicera, “doñita, ¿dónde es el baño?”, respondiéndome ésta, “allicitos, a mano izquierda, clarito está el letrero”. Ya goteando, llegué al lugar indicado y sólo divisé el letrero “Mingitorio Público”; “mierda, dónde será el baño”, me pregunté mentalmente, y como no pude responderme, ni contenerme, le di paz a mi vejiga sobre la llanta de un camión, manguereando con tal potencia que salpiqué de orina los puestos de verdura. “No seas cochino”, me gritó la de las lechugas; “Cómo vas a orinar aquí, levudo, si allicitos está el baño”, agregó el camionero, mientras señalaba el “mingitorio”. Gracias a tal experiencia, ese día aprendí una nueva palabra: “levudo”. El significado de “mingitorio” lo aprendí en el diccionario, hace poco tiempo.

Todos los cholos urbandinos hemos marcado territorio alguna vez, si no varias, y también todos hemos arrojado el envoltorio de un helado, la cáscara de una fruta o un kleenex usado sobre las aceras de la Ínclita, pero, eso sí, en nuestras casas utilizamos correctamente basureros e inodoros, pues, como buenos cholos, en los espacios públicos hacemos pública nuestra desidia y ejercemos nuestro derecho a op(r)inar.

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El blog más votado

Posted by estido en 5 enero 2007

Ayer, Sebastián Molina, de Mundo al Revés , me notificó vía mail que Crónicas Urbandinas había recibido la mayor cantidad de votos en el concurso que ellos habían organizado, buscando elegir al Mejor Blog de Bolivia. Recibí la noticia con mucha sorpresa (y esto no es un cliché), pero también con mucha satisfacción; creo que es una gran noticia para comenzar el año.

No publico esto con el afán de vanagloriarme, sino más bien porque necesaria y sinceramente quiero agradecer a todos los que apoyaron a este blog con sus votos. ¡Muchas gracias! Espero que sigan visitando a la Urbandina y leyendo mis garabatos. Tengan todos un buen año.

PD: Me perderé por algunos días, debido a que me voy a los Yungas a descansar la mente y cansar el hígado. Ya les haré una croniquilla sobre lo jodido que es viajar allá. Un abrazo.

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Magdalena del Mar

Posted by estido en 4 enero 2007

Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo
es como descifrar signos, sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente, tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios.
Eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Violeta Parra

Acurrucada contra el cemento, cubriendo con brazos y manos su desnudez, Magdalena lloraba profusamente sin emitir más que débiles gemidos. Su mente era una revolución de imágenes, de interrogantes. “Por qué, mamita, por qué”, exclamó entre sollozos, como reclamando a la artífice de su génesis por el abandono, la desgracia, su martirio, su pasión. Fue juzgada y sentenciada por un juez que también ofició de verdugo, implacable filisteo que determinó la crucifixión. Implorando respuestas a seres etéreos, mascullando preguntas, o imaginándolas, Magdalena trataba de entender su destino, mientras su verdugo se alejaba de ella, dejándole una llaga en el alma, amén de la que quedaba en el lugar donde un único clavo penetró en su carne, cantando desentonadamente, con voz ronca de borracho, esa canción que tanto le gustaba, …te tienes que acostumbrar a tu propia soledad, a la raíz de tu piel, que te envuelve en bruma…

Después de diez años de matrimonio, con la esperanza de poder concebir casi extinguida, doña Teresa, que hace once años había visitado esta misma iglesia –sólo que en esa ocasión se postró en el altar de enfrente, el de San Antonio– rezaba fervorosamente, debidamente arrodillada sobre unas veinte pepas de durazno. Una figura de yeso, lujosamente ataviada, con túnica marrón y cetro dorado, acomodada sobre un altar en cuya parte superior se podía leer: “San Judas Tadeo, santo de los casos imposibles”, era la destinataria de sus plegarias. Salió del pequeño templo con las rodillas maltrechas, malcaminando hacia la parada de buses para embarcarse en el que la regresaría a la ciudad. El viaje y los dolores fueron prontamente recompensados, pues tres meses después, doña Teresa, que ya contaba con treinta y dos años, quedó embarazada del primero de sus seis hijos.

Don Gerardo, que, sintiéndose frustrado por no poder tener una prole que lo enorgulleciera, había torcido su vida, volvió al recto camino al enterarse de que sus ansias de paternidad pronto serían satisfechas. Y como para demostrar a parientes, amigos y circunstanciales deslenguados que era un verdadero semental, inmediatamente después de tener su primer varón, encargó a la cigüeña, tal como solía decir, otro hijo más; encargo que repitió durante nueve años y hubiera seguido repitiendo si el cuerpo de Doña Teresa, frágil por tanto trajín partero, no hubiera requerido el más extremo de los descansos. Así, quedó viudo y con seis hijos, el último con apenas tres meses de vida. Con el luto en el alma, incapaz de soportar tremenda pérdida, o talvez incapaz de soportar tremenda carga, don Gerardo decidió su destino con una sola bala que atravesó su cabeza de sien a sien.

Los seis niños, merced a las gestiones de una vecina con ciertas influencias, pasaron a ser parte de una institución estatal; pero no fue mucho el tiempo que pasaron ahí, por lo menos los cinco mayores, pues en cosa de un año, uno a uno, fueron adoptados por distintas familias. Ese hecho, por sí mismo excepcional, podría ser atribuido a la casualidad, y las personas que así lo creyeron, obviamente desconocían el origen de los pequeños, además, y principalmente, de desconocer el esmero que había tenido doña Teresa a la hora de elegir sus nombres. Cada uno había sido bautizado con el nombre de algún santo, encargándosele a éste, previa ronda de novenas matutinas y una que otra penitencia y promesa, la protección del pequeño que sería homónimo del canonizado elegido. Al parecer, los santos hicieron bien su trabajo, dada la prontitud con que los niños emprendieron nuevas vidas, amén que en el resto de las mismas, la felicidad fue el común denominador. Sólo el bebé –que por llamarlo de alguna manera los encargados del orfanato, al observar que en los papeles figuraba como “NN”, creyeron adecuado nombrarlo Nené–, ya sea porque no tuvo la suerte de ser encargado a un santo por su madre, o, para regirnos a un pensamiento más frío, porque la casualidad así lo quiso, quedó confinado en la casa de huérfanos. Nunca más habría de cruzarse con alguno de sus hermanos y mucho menos llegar saber que –cosa de santos, casualidad o destino– Vito se hizo un gran bailarín de flamenco; Ana, una eficiente ama de casa; Cristóbal, un destacado corredor de autos; Cecilia, una eximia pianista; y Lucía, una prestigiosa diseñadora de modas.

Nené, que ajeno a su infortunio bautismal vivió una vida tranquila en el orfanato, con algunos problemas, talvez atípicos, pero nada que no fuera posible en un lugar como ese, al cumplir los dieciocho años se enfrentó a dos dilemas capitales. Para empezar, tenía que abandonar el orfanato, pues la beneficencia estatal daba por cumplida su labor con todo aquél que alcanzara dicha edad, cosa que él sabía muy bien, por lo que ya tenía algunos planes al respecto. Lo que más le quitaba el sueño era saber que no podría seguir empachando su mirada con la atlética figura de Goliat –que en realidad se llamaba David, pero debido a su enorme corpulencia, singular fortaleza y por ser, además, el perfecto prototipo del abusivo y pendenciero, se había ganado el mote antónimo–, distracción que no le desagradaba en lo más mínimo.

A la edad en la que las primeras erecciones indican el paso de la infancia a la pubertad, Nené ya sabía que las mujeres no eran parte de su destino, aunque tenía la secreta ambición de convertirse en una algún día. Los muchachos mayores, aquellos que no tenían ninguna enamorada –e incluso algunos de ellos–, ya habían notado los movimientos afeminados del benjamín de doña Teresa, por lo cual creyeron que no sería difícil disfrutar de su cuerpo; pero Nené, a pesar de tener ganas de sentir dentro suyo eso que a él le sobraba, era muy dado al coqueteo, además que su ego se inflaba al percatarse de que más de media docena de chicos lo deseaban y que hasta incluso había habido ciertos amagues de trifulca a consecuencia de sus vaivenes. Uno de los muchachos, que ya estaba pronto a abandonar el orfanato y que por nada del mundo tenía la intención de enfrentarse a la vida sin haber depositado sus fluidos seminales en una piel distinta a la de su mano, lo emboscó en el baño y, apelando a unos cuantos cinturonazos, le obligó a desvestirse. Todo habría culminado en el debut de ambos, pero la aparición de Goliat frustró las intenciones del violador –y quién sabe si también las de la víctima–, originándose una pelea furiosa y disputada, de la que salió airoso el homónimo del gigante bíblico. En ese mismo instante, Nené quedó enamorado de Goliat, y esa misma noche, en la intimidad de la cocina, ambos quinceañeros, cada uno a su modo, conocieron el placer.

Noche tras noche, con contadas excepciones, durante dos años, Goliat gozó de Nené, hasta que éste tuvo la inoportuna idea de confesarle a su amante que estaba completa y profundamente enamorado de él. Lejos de sentirse halagado, Goliat sintió un asco irreprimible que, después de provocarle nauseas, le provocó ira. Sus manos, momentos antes abiertas para las caricias ardientes, se apretaron en puños, y el frágil enamorado recibió el “no” en todo el cuerpo. La paliza dejó por sentado el fin de los encuentros nocturnos, además de unas heridas que tardaron mucho en sanar, sobre todo las del corazón. Después de eso, Nené tenía miedo de acercarse a Goliat, pero no privaba a su vista del cuerpo que tanto tiempo lo había poseído, y pasaba las noches entre llantos e ilusiones, entre sueños y certidumbres. Resignado y con el sentimiento intacto, Nené había construido un mundo de fantasías en el que la sola visión del amado servía para expandirlo, recrearlo, vivirlo, disfrutarlo. Pero pronto tenía que salir al mundo real, al igual que Goliat, y su felicidad inventada terminaría al atravesar la puerta del orfanato. No había nada que hacer, el día determinado llegó y Goliat pasó a ser el recuerdo rosa del primer amor adolescente.

Con suerte inesperada, Nené consiguió trabajo el día después de hacerse independiente. Probablemente algo de solidaridad, mezclada con identificación, hizo que un peluquero travesti lo contratara como ayudante en su salón, además de darle vivienda en un pequeño cuarto que le servía como almacén para los productos de belleza. Con esfuerzo y dedicación, poco a poco Nené aprendió el oficio, de tal forma que a los dos años ya era un cotizado estilista, muy requerido por las damas de alta sociedad. Poco a poco, igualmente, su secreta ambición, que debido al ambiente en el que se desenvolvía dejó de ser secreta, fue cobrando forma: no sólo se dejó crecer el cabello, sino que también se depilaba puntualmente cada semana, tomaba hormonas femeninas y hacía ejercicios todas las noches para redondear sus curvas. Así, a los veinte años, Nené dejó de ser Nené y se autobautizó Magdalena. Y en honor a la verdad, es necesario decir que el cambio le sentó muy bien, pues como hombre parecía un afeminado ridículo, mas con sus atuendos y formas femeninas poseía cierta belleza exótica que alborotaba los deseos masculinos y despertaba envidia en las mujeres.

Al poco tiempo, su jefe, aunque es más propio decir jefa, tuvo que abandonar la ciudad por algunos pleitos judiciales que cargaba de antaño, vendiéndole la peluquería a crédito, deuda que ella pudo cancelar, siendo muy austera y trabajando el doble, en cosa de tres años. Su habilidad innata, unida a su afable carácter, hicieron prosperar el negocio; sin embargo, lo que generaba distaba mucho de lo que ella requería para ser completa y definitivamente Magdalena. Pero como la buena estrella –si así se le puede llamar– parecía alumbrarla, el marido de una de sus clientas le ofreció muchos billetes por pasar una noche con ella. En un principio se sintió ofendida, pero luego pensó que el dinero la acercaba a lo que tanto ambicionaba, razón por la cual terminó aceptando la propuesta. Como ocurre en estos casos, de alguna misteriosa manera, la noticia de que Magdalena alquilaba sus encantos se esparció prontamente y muchos hombres que tenían ganas de cumplir ciertas fantasías, además del dinero necesario para hacerlo, comenzaron a contactarla insistentemente, tanto, que al cabo de unos meses Magdalena tuvo que dejar la atención de su salón a cargo de sus ayudantes para dedicarse a su nuevo y más lucrativo negocio.

En el pequeño departamento en que vivía recibía la visita de unos ocho a doce caballeros por día, los cuales eran muy generosos al momento de cancelar por los servicios, no sólo por el placer obtenido, sino también por la discreción que prometía Magdalena. Si bien la mayoría se complacía poseyéndola, no faltaban algunos que buscaban algo más, por lo que ella, no sin asco y ayudada por algunas cremas y pastillas, tenía que hacer uso de “su estorbo”, tal como denominaba a su miembro, claro que ese servicio adicional implicaba mayores ganancias, mismas que iban a engrosar una ya considerable cuenta bancaria destinada íntegramente a conseguir su objetivo. Tras siete años de ser puta clandestina, Magdalena reunió el dinero suficiente para someterse a la operación que enterraría definitivamente a Nené. El procedimiento no era peligroso, pero sí había algunas trabas legales que eran más fácilmente sorteables en un país vecino. Arregló todo para emprender viaje, pero pensó que antes era necesario cerrar completamente su pasado, debía hacer algo que siempre postergó por falta de valor o por un resentimiento con la vida: visitar la tumba de su madre. Con un par de incentivos monetarios de por medio, consiguió que se desempolvaran archivos en el orfanato y así pudo averiguar dónde descansaban los restos de doña Teresa. No fue poca la sorpresa que se llevó cuando, al estar parada frente al sepulcro de su madre, leyó las palabras de la lápida: “Teresa Magdalena Lozano de Treviño”. “Me llamo como mi madre –pensó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas–, seguro ella me bautizó desde el cielo”. Pero de haber vivido, es muy posible que doña Teresa nunca hubiera elegido tal nombre para su hijo, aun si hubiera sido hembrita, y menos todavía si hubiera sospechado lo premonitorio de sus beatos caprichos bautismales.

La operación fue todo un éxito y la recuperación no demandó más de dos meses, claro que debía seguir un tratamiento a fin de evitar complicaciones. El caso es que Magdalena, sin el estorbo de por medio, se sentía renacida. Su vida había cambiado irreversiblemente, pero no tenía ningún signo de arrepentimiento, estaba feliz y plena. Por consejos médicos evitó realizar esfuerzos durantes seis meses, casi no salía de su departamento y cuando lo hacía era para visitar su salón y contar a las clientas, sin ninguna vergüenza y con mucho orgullo, su nuevo estado. Cuando retomó las riendas de su negocio, había algo en su carácter que la hacía más agradable que de costumbre, lo cual repercutía en su imagen externa acrecentando su belleza. Y es que no sólo había dejado atrás el estorbo, sino que con él, también se fueron todos los años de puterío. Había decidido comenzar una nueva vida, y por qué no, si era realmente una nueva persona. En su situación pasada había tenido que complacer las más diversas fantasías, pero como mujer, era virgen. Eso era algo que la llenaba de satisfacción, pues la distinguía de casi todas sus nuevas congéneres coetáneas. Tenía treinta y un años de vida y la firme intención de entregarse solamente al hombre con quien decidiera formar un hogar. No tenía ninguna prisa, además que, tal como veía la vida entonces, todos sus sueños le parecían al alcance de la mano. Muchos de sus antiguos clientes, al saber lo de su operación, la llamaron insistentemente para contratar sus servicios, pero ella, con toda la dignidad y educación que una dama puede tener, los rechazó tantas veces como la buscaron, y con el paso de los meses, al notar su determinación, dejaron de importunarla con las jugosas propuestas.

Un par de años después, Magdalena había sentado los pies en la tierra. La ciudad era pequeña, todos sabían su pasado, y si bien había varios hombres que la pretendían, ninguno se hubiera arriesgado a las habladurías y desprestigio que acarrearía casarse con un transexual. Sus deseos carnales eran grandes, pero más grande aún era su determinación de entregar su virginidad a un hombre que la amase y que ella amara, a un hombre que la admitiese con todo su pasado y aceptara hacer una vida con ella. Ya había cumplido treinta y tres años y no quería que el tiempo la tomara de concubina, por lo que pensó que lo mejor era emigrar a algún lugar donde no hubiera tantos prejuicios y así poder realizar sus sueños. Con esas ideas en mente, llegó al estacionamiento del edificio en el que vivía. Novata en el volante, demoró unos cuantos minutos realizando algunas maniobras para dejar parqueado su coche. Maquinalmente se bajó y cerró las puertas para dirigirse hacia el elevador. En medio camino, un hombre encapuchado, conocedor de su rutina, que la había estado aguardando agazapado detrás de un pilar, la tomó por la cintura y le tapó la boca, arrastrándola hacia la parte más oscura del lugar. Por su natural debilidad, sumada al paralizante miedo que sentía, Magdalena no pudo hacer nada para defenderse. El sujeto comenzó a manosear su escultural cuerpo, le rompió la blusa y le arrancó el sostén, dejando desnuda la opulencia de sus senos, mil dólares de silicona al descubierto. Magdalena, aterrorizada, apenas pudo articular unas cuantas palabras de súplica: “Por favor, no me haga nada, llévese mi auto, mis joyas. Tengo dinero en mi cartera, por favor”. Como única respuesta obtuvo una bofetada que la dejó de bruces en el cemento, con la falda levantada por encima de las rodillas, dejando a la lasciva vista del atacante un par de muslos soberbios, formados tras largas sesiones de gimnasio. Magdalena se llevó las manos al rostro, como ocultándose por una vergüenza injusta, ahogando los débiles sollozos que salían de sus labios. El encapuchado le quitó la ropa interior con torpeza y se detuvo por un instante, como sorprendido por lo que veía, pero rápidamente se bajó el pantalón y tomó con firmeza su miembro, duro y grueso, cual si lo presumiera con su víctima. Se tendió encima de ella, quien en un arranque de desesperación intentó tardíamente agredir al encapuchado. Éste la agarró de las muñecas, y en esa posición, con los brazos extendidos contra el cemento, Magdalena fue inmediatamente crucificada. Él clavó, lo hizo con furia, clavó frenéticamente no más de tres minutos, que para ella fueron tres siglos. Saciado ya, se paró y arregló su ropa tranquilamente, mientras Magdalena, acurrucada en posición fetal lloraba su vergüenza. “Por qué lloras –le dijo– antes te encantaba”. Y ella reconoció la voz, un tanto ronca por el paso de los años, de Goliat, su primer amor, su único amor. Él le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la puerta del parqueo, cantando en voz baja una canción pegajosa, cuya letra se le había incrustado en el inconsciente, Magdalena del mar, tu vida como provoca…

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Año nuevo, calzón rojo

Posted by estido en 3 enero 2007

Las dos semanas previas al 31 de diciembre, la pregunta de rigor, la perfecta combinación de palabras para romper el hielo y comenzar una conversación es: “¿Qué vas a hacer para año nuevo?” Las respuestas son varias y variadas, pero todas, o casi todas, tienen un común denominador: algo se va a hacer.

Quienes ya tienen un plan, lo explican hiperbolizando sus ventajas y la diversión que promete, pues, obviamente, si ya han decidido qué hacer, tienen que convencerse a sí mismos de que su opción es la mejor. Quienes no tienen nada definido dirán, en caso de ser cholos habladores, “no sé, todavía no sé con cuál grupo he de estar; es que algunos cuates quieren ir al Chapare, otros quieren ir a Coroico, mis primos se van a quedar y van a estar en el Tenis…”; si son honestos dirán que “aún no tengo planes, pero alguito se va a presentar, siempre hay algo para hacer en año nuevo, más bien si sabes de una jodita, avisame”. Claro que también hay excepciones, esos que nos obligan a restar el “casi” del “todos”, pero son muy pocos, pues aunque fuera cierto, quién se animaría a responder: “Nada”. Personalmente, no lo haría, y no porque me de vergüenza la carencia de un portafolio pachanguero, sino porque eso implicaría una segunda pregunta (¿Y por qué no vas a hacer nada?), que al ser contestada (Porque no tengo ganas) seguro implicaría una tercera (¿Qué te ha pasado?), y así sucesivamente hasta caer en los consejos, las invitaciones caritativas o la consabida frase: “Pucha, eres muy raro”.

Para recibir el 2007, junto con un amigo habíamos pensado en un festejo distinto al de años pasados. La idea era hacer la cuenta regresiva en la Isla del Sol, con fogata, tragos y, lógicamente, amigos, pero estos últimos no compartieron nuestra “onda reflexivo-filosófica” y se fueron a Villa Tunari, unos, y a Coroico, otros. Así la situación, contactando a gente amiga que, por uno u otro motivo, también se habían quedado en la ínclita, pensamos organizar una expedición al Valle de las Ánimas y ofrendarle a la Pachamama la quema de una mesita modesta. Además, en ese lugar siempre existe la posibilidad de hacer contacto con alienígenas, lo que hubiera transformado nuestro festejo “under” en pachangón intergaláctico. Sin embargo, haciendo profundas cavilaciones, caímos en cuenta de que los extraterrestres no deben regirse a nuestro calendario, por lo que, si es que hubiéramos llegado a contactarlos, lo más probable habría sido que nos secuestraran para introducirnos sondas por la retaguardia, cosa que, además de incómoda, me habría hecho perder el invicto. “Los extraterrestres no existen”, dijo una amiga con la intención de quitarnos la paranoia. “¿Ah, no? ¿Y quién crees que ha construido las pirámides?”, contestó un fanático de los X Files. “Los egipcios, pues, papito”, retrucó la mina, con tono ofensivo. “¿Ah, sí? ¿Y acaso los egipcios tenían grúas?”, contrargumentó el ufólogo amateur, dejando sin respuesta a la amiga y zanjando la discusión. “Nada serían los marcianos”, intervino otro, “lo jodido son los fantasmas”. “¿Quéeeeee?”, dijimos al unísono. “Los fantasmas, pues, ¿por qué creen que se llama Valle de la Ánimas?”, nos aclaró. Como soy gallina desde chiquito, me impresioné inmediatamente y apoyé mi cobardía con un juego de palabras que consiguió contagiar el miedo: “Claro, ‘valle’ es anagrama de ‘llave’; o sea, ese sitio es la ‘llave de las ánimas’ para abrir el portal hacia esta orilla. Jodido, changos, porque las almas en pena sólo pueden volver al mundo metiéndose en un cuerpo vivo. ¡Imagínense! ¡Peor que sonda marciana es que te encajen tremenda llave!”

De esa forma, decidimos hacer una fogata bailable en Taypichullo, alejados de fantasmas, alienígenas o cualquier otra cosa que implicara prácticas sodomitas. De hecho, fue un festejo distinto al de años anteriores; bebimos, comimos, bailamos y conversamos toda la noche, disfrutando del cielo estrellado que sólo los lugares alejados de la urbe ofrecen. El momento cúspide, las 00:00 del 01/01/07, luego de abrazarnos y desearnos lo mejor, algunos comieron uvas, otros contaron billetes y no faltó la que llevó una maleta de alasita y subió gradas con el diminuto equipaje. “Estás cagada”, le dijo un borrachín, “con esa maletita sólo llegas a Viacha”. Obviamente, salió el tema del calzón rojo, porque hay que traerlo puesto para recibir el nuevo año, no vaya a ser que por no hacerlo el amor no aparezca y la pasión perezca. Quién sabe por qué, pero las mujeres son las más creyentes; sin embargo, hay también varones que se dejan llevar por las supersticiones. En fin, no hablé mucho sobre eso, pues la superstición no es palabra de mi diccionario existencial. Baile, trago, baile, trago… y salió el sol por primera vez este año.

No sé cómo, pero logré conducir hasta mi casa sin problemas; sin embargo, al desvestirme para entrar en la cama, me di cuenta de que no me había puesto calzón rojo; peor aún, ¡había recibido el nuevo año con un boxer negro! No me duró mucho el susto, pues recordé que no soy supersticioso. De cualquier modo, nada pierdo visitando un brujo para que, con “siete fumadas poderosas”, elimine cualquier mal augurio que pudiera comprometer mi vida sexual durante este año. De esa experiencia, ya les estaré contando más adelante.

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